La primera vez que fui a fisioterapia de suelo pélvico pensé que me mandarían hacer ejercicios de Kegel.
Como tantas mujeres, había aprendido que el suelo pélvico era esa parte del cuerpo que se debilitaba después de los embarazos y los partos. Esa red de músculos de la que se habla cuando aparecen pérdidas de orina o cuando una mujer estornuda y cruza las piernas con cara de circunstancias.
La cuestión es que yo no tenía hijos.
Y mi problema tampoco era ese.
Hay algo extrañamente irónico en que una mujer sin hijos termine tumbada en una camilla mientras una fisioterapeuta intenta convencer a su vagina, a su cuello uterino y a todo su suelo pélvico de que dejen de hacer fuerza.
Porque nadie me habló nunca de un suelo pélvico demasiado tenso.
Solo me hablaron del que se cae, del que se debilita, del que necesita fortalecerse.
Siempre de apretar.
Y, sin embargo, mi cuerpo llevaba años haciendo exactamente eso.
Apretaba para soportar el dolor de la endometriosis, para protegerse durante las relaciones sexuales.
Apretaba cuando intentaba hacer vida normal mientras el dolor ocupaba cada vez más espacio.
Apretaba cuando me decían que exageraba, apretaba cuando tenía miedo, apretaba para seguir adelante…
Hasta que un día descubrí que mi suelo pélvico no estaba débil.
Estaba agotado.
Tan acostumbrado a vivir en estado de alerta que había olvidado cómo relajarse.
Entonces empecé a entender síntomas que durante años parecían no tener relación entre sí: la dificultad para vaciar la vejiga, la sensación constante de tensión, el dolor durante o después de las relaciones sexuales, ciertas molestias que se extendían hacia los glúteos o los muslos, la sensación de que mi cuerpo entero estaba haciendo guardia.
Y me di cuenta de algo que me sigue pareciendo revolucionario: no siempre hay que fortalecer, a veces hay que soltar.
En fisioterapia no me enseñaron a contraer más. Me enseñaron a relajar. A respirar. A devolver movilidad a músculos que llevaban demasiado tiempo trabajando horas extra. A entender que un músculo también puede enfermar por exceso de esfuerzo.
Y entonces me pregunté por qué nadie habla de esto.
O mejor dicho: ¿por qué cuando hablamos de suelo pélvico casi siempre hablamos de maternidad?
¿Por qué las conversaciones sobre suelo pélvico suelen empezar y terminar en el embarazo y el parto?
Como si las mujeres que no hemos sido madres no tuviéramos uno.
Es más, los hombres también tienen suelo pélvico.
Como si no existieran las mujeres con endometriosis, dolor pélvico crónico, vaginismo, menopausia, cirugías ginecológicas o enfermedades que afectan a esa zona del cuerpo.
Como si el interés por nuestra anatomía (tan ignorada y pospuesta) siguiera pasando, una vez más, por nuestra capacidad reproductiva.
Quizá por eso me parece importante contar estas historias. Porque hay mujeres leyendo esto que creen que el suelo pélvico no tiene nada que ver con ellas.
Mujeres que no pierden orina.
Mujeres que nunca han estado embarazadas.
Mujeres que llevan años sintiendo dolor, tensión o dificultades para orinar y no saben que detrás puede haber un suelo pélvico incapaz de relajarse.
Mujeres que creen que necesitan fortalecerse cuando, en realidad, llevan demasiado tiempo sosteniéndose.
Y quizá ahí haya una metáfora más grande.
Porque vivimos en una cultura que nos enseña a apretar.
Apretar el abdomen.
Apretar las piernas.
Apretar los dientes (Muy relacionado con apretar el suelo pélvico).
Apretar las emociones.
Apretar para seguir funcionando.
Apretar para no molestar.
Apretar para aguantar.
A veces me pregunto si nuestros cuerpos no terminan aprendiendo la lección demasiado bien.
Mi suelo pélvico cuenta una historia médica, sí. Pero también cuenta una historia de resistencia.
De adaptación. De supervivencia.
Y de lo difícil que resulta recordar algo que debería ser sencillo: que descansar también es una función vital.
Que relajarse no es rendirse.
Y que hay músculos —y mujeres— que llevan demasiado tiempo haciendo fuerza.