EL PUNTO DE PARTIDA
Tu libro arranca como una enmienda a la totalidad al relato contemporáneo sobre la libertad de las mujeres y el empoderamiento femenino. ¿Qué te lleva a escribirlo y desde qué lugar —personal y profesional— lo haces?
Probablemente no me habría atrevido a escribir este libro si no hubiera recibido la propuesta. Yo también estoy atravesada por ese aprendizaje que nos lleva a muchas mujeres a pensar que lo que sabemos, sentimos o pensamos no es tan importante ni tan interesante como para ocupar espacio con ello.
Pero una vez apareció la oportunidad, lo acepté porque creo que es necesario comprender que si no hay neutralidad en el mundo, tampoco la hay en la atención a la salud mental. Las psicólogas y los psicólogos trabajamos con lo más intímo que una tiene, su historia personal y sus vulnerabilidades, necesitamos hacerlo siendo consciente del mundo que habitamos. Nosotras y las personas a las que acompañamos.
Estamos en un momento de la historia que no paran de repetirnos que ya hay igualdad, incluso algunos se atreven a decir que nosotras hoy tenemos más privilegios, mientras que nosotras en lo concreto, en nuestras vidas no lo experimentamos. Y esto genera a las mujeres una sensación muy grande de desconcierto y de culpa, porque si hay igualdad y somos libres de elegir… ¿por qué yo no puedo con todo? ¿Por qué yo no he elegido un
buen compañero de vida? ¿Por qué no consigo ese ascenso? ¿Por qué no dije que no? No podemos seguir haciendo cargo a cada mujer de las desigualdades que sufrimos como consecuencia de habitar un mundo desigual.
Es desgarrador escuchar día tras día a mujeres tan diferentes entre sí viviendo realidades tan parecidas. Y de ese desgarro, este libro.
EL AMOR ROMÁNTICO Y SUS TRAMPAS
En cuanto al amor romántico, escribes que, las mujeres, hemos interiorizado tanto nuestro papel de “salvadoras” que, muchas,—incluso las feministas— acabamos ejerciendo de maestras emocionales de nuestras parejas. Esto es lo que Angelica Puzio Ferrara acuñó como mankeeping, término que se ha popularizado en internet y que hace referencia, precisamente, al trabajo que hacen las mujeres para satisfacer las necesidades sociales y emocionales de los hombres de su vida ¿Cómo se convierte una compañera en asistente personal (cuando no en madre) de su pareja sin darse cuenta?
Incluso antes de tener pareja, las mujeres ya ocupamos ese lugar de sostén emocional para los hombres que tenemos alrededor. La desigualdad en las relaciones entre hombres y mujeres va mucho más allá de lo romántico. Cuando llegamos a tener pareja ya hemos observado a muchas otras mujeres encargarse de lo social y lo emocional de los hombres y, nosotras mismas lo hemos hecho con hermanos, primos, padres y amigos. Ese “cállate que no te cuesta nada” para que no se enfaden o disgusten; ese, “no seas egoísta y deja que juegue contigo”; el otro, «dale un abrazo al abuelo que se pone triste». Y, por supuesto, las niñas y adolescentes ya son las confidentes emocionales y sentimentales de sus amigos.
Es consecuencia de la doble socialización y los roles de género. Nos enseñan que amar implica comprender, esperar y sostener incluso cuando no hay reciprocidad en los cuidados. A esto hay que añadirle que por la socialización masculina es más complicado que entre varones se hable de la parte emocional y sentimental, por eso muchos tienen amigas confidentes que saben más de ellos que sus colegas de toda la vida. Y, por eso, también cuando empiezan una relación de pareja dan por sentado que su pareja mujer será quien escuche, sostenga y cuide su estado emocional.
Así que cuando llegamos a una pareja heterosexual, los roles están más que repartidos y, por eso, no podemos verlo. Porque en el día a día esto es lo habitual, de forma que es imposible identificar que es un problema. Y, ojo, que como siempre digo el problema no es que nosotras cojamos ese rol, es que ellos sigan estando cómodos recibiendo más cuidados que los que dan y que nosotras sigamos normalizando y justificando la falta de reciprocidad.
En su día, la película de animación Frozen fue celebrada como un giro de guión: quien te salva es tu hermana, no un príncipe. ¿Ha cambiado algo en los relatos culturales que consumimos o es un barniz progresista sobre la misma estructura de siempre? ¿El modelo Disney sigue siendo hegemónico aunque creamos haberlo superado?
El relato romántico no ha desaparecido, simplemente se ha adaptado a una época que necesita hacernos sentir que elegimos libremente aquello que sigue esperando de nosotras. Y encima aparece por muchos más medios. Ahora consumimos este modelo de pareja no sólo en películas, series y libros, también en las redes sociales. De manera masiva. ¿Cómo es la vida de las influencers con más seguidores de España? Casadas jóvenes, madres jóvenes, ellas generan muchísimo más contenido relacionado con la maternidad que ellos y, en cuanto te acercas a saber un poco más de sus vidas, te das cuenta de la enorme desigualdad relacional con la que conviven.
Claro que a día de hoy también existe contenido que busca visibilizar otras alternativas que no sean: príncipe salva a princesa o mujer convierte al malote en bueno tras mucho sufrimiento. Pero el relato que habla de la importancia de tener amistades o de cultivar otras parcelas de nuestra vida como la laboral, los hobbies o la autonomía en general es mucho menos frecuente. Muestra de ello es que socialmente se sigue considerando la familia y la pareja como las relaciones más relevantes y prioritarias. Hasta el punto que la amenaza sigue siendo quedarnos solas – que significa sin un varón al lado que quiera penetrarte mientras tú te encargas de limpiar- y con gatos. Parece que siguen existiendo solo dos realidades: o tienes pareja o eres una amargada. Así que muy a mi pesar, las mujeres seguimos siendo educadas en aspirar a ser elegidas por un hombre, bajo un concepto de amor romántico que potencia las relaciones desiguales y de dependencia.
VIOLENCIAS NORMALIZADAS E INVISIBLES
En Oprimidas hablas de violencias normalizadas. ¿Cuál es hoy la forma de violencia contra las mujeres más invisibilizada y, por tanto, más difícil de combatir?
Qué difícil responder a esta pregunta, porque inevitablemente me voy a la base. Si tengo que señalar cuál es la forma de violencia más invisibilizada, diría que la desigualdad que sigue existiendo entre hombres y mujeres. Más que una violencia concreta, es la estructura que sostiene y vuelve invisibles muchas de las demás. Es muy difícil combatirla porque el discurso oficial insiste en que ya hemos alcanzado la igualdad e, incluso, hay quienes afirman que hoy las mujeres tenemos más derechos o más privilegios que los hombres.
Este mensaje contradice la experiencia cotidiana de muchas mujeres y vuelve difícil que podamos identificar y señalar cuánto de lo que nos sucede tiene que ver con el hecho de ser mujeres.
Y precisamente porque esa desigualdad sigue costándonos verla, hay formas de violencia que continúan profundamente normalizadas. Si tuviera que señalar algo más allá de la desigualdad, como psicóloga y sexóloga te diría que la violencia sexual dentro de la pareja.
Apenas hablamos de ella. En el imaginario colectivo, la violencia sexual sigue siendo la violación prototípica: una mujer que camina sola por la calle y un desconocido que la agrede en un callejón oscuro. Pero esa no es la realidad más frecuente.
La realidad es que hay muchísimas mujeres que acceden a relaciones o prácticas sexuales que no desean por motivos como: “ya toca”, “es mejor así para que no se enfade”, “los hombres lo necesitan”, “si no se lo doy lo buscará fuera”, “a él le gusta y no pasa nada por ceder” o, directamente, por miedo. Sí, también dentro de relaciones estables, con sus novios y maridos. La sociedad no para de extender la creencia falsa de que los hombres necesitan sexo y, nosotras, no paramos de recibir el mensaje de que somos las responsables de la satisfacción sexual de nuestra pareja. El sexo si no es deseado, no es sexo, es violencia sexual.
Seguimos romantizando relaciones de poder y destacas lo extendido que está, hoy en día, el eufemismo “relación tóxica” para nombrar lo que, en realidad, es una relación violenta o desigual. ¿Se trata de un problema de lenguaje o de fondo? ¿Crees que existe una banalización del término “violencia” que puede acabar desactivando su capacidad de denuncia? ¿Cómo nombramos sin neutralizar?
Estamos en un momento de la historia en el que no paran de crear nuevos términos para referir a lo de siempre pero bajando el grado de gravedad y, en ocasiones, teñir de libre elección muchas opresiones. Para mí, “relación tóxica” es un concepto que lo que hace es invisibilizar las primeras capas de la violencia. Esas que hacen referencia a la manipulación emocional, el chantaje o el uso de diferentes estrategias que consiguen limitar la independencia y la capacidad de decisión de una de las dos personas.
Este tipo de estrategias claro que aparecen en más relaciones que en las de pareja y, por supuesto, no siempre entre un hombre y una mujer, pero la clave está en entender que cuando se dan estas estrategias entre hombre y mujer no podemos analizarlas al margen de la cultura patriarcal.
Desde mi punto de vista, nombrar las violencias y señalarlas lo que hace es aportar claridad. Lo que lleva a la banalización o la neutralización no es el señalamiento, es qué se hace con eso. Porque si por un lado señalamos que una realidad es violencia y por otro lo niegan, ahí tenemos el lío. Al margen de que lo que realmente está neutralizando y normalizando la violencia no es que la nombremos es cómo se nombra y la habituación masiva a la que estamos sometiendo a nuestros cerebros con el consumo de escenas violentas tanto en recursos cinematográficos como auditivos o en la lectura. ¿Cómo vamos a conseguir que se revuelvan las tripas cuando hablamos, por ejemplo, de casos de violencia económica si tenemos un grupo de personas en masa consumiendo true crime por entretenimiento? ¿Cómo vamos a conseguir que se asimile que sólo podemos hablar de sexo si hay deseo por las dos partes si tenemos un porcentaje elevadísimo de varones que consumen violencia sexual grabada en la pornografia? Señalar al término y decir que es que “ahora todo es violencia” y que por eso ya nadie se lo cree, es lo fácil. Lo complicado y necesario es señalar todo ese contenido que acostumbra a nuestro cerebro a consumir violencia y que, de esta manera, cuando sucede en la realidad, no se le dé el valor o la relevancia que tiene. Tenemos que seguir nombrando y señalando la violencia porque solo así podremos acabar con ella.
SALUD MENTAL, “LOCURA” Y ANDROCENTRISMO MÉDICO
En tu texto, comentas que, nosotras, somos más diagnosticadas de problemas de salud mental que ellos y tardamos casi el doble en recibir un diagnóstico correcto. Además, existe un problema estructural de base en la ciencia: las mujeres estamos infrarrepresentadas en los ensayos clínicos y los estándares masculinos siguen siendo la norma. Todo esto tiene un nombre: androcentrismo médico. Pero también tiene una historia. Tal y como indicas, la palabra “histeria” no desapareció del manual diagnóstico hace ni cien años. El papel pintado amarillo, de Charlotte Perkins Gilman, lo retrató con una lucidez demoledora a finales del XIX. ¿Seguimos, en el fondo, siendo las histéricas del siglo XXI con diferente nombre en el informe médico?
Sin lugar a dudas seguimos siendo las histéricas, quizá ahora se lleva más llamarnos intensas, inestables, locas o ansiosas. Pero es lo de siempre, se cuestiona la salud mental de las mujeres como raíz de los problemas que padece y no como consecuencia. Esto lo que hace es desviar el foco de atención hacia la mujer y no hacia el contexto que la lleva a experimentar determinada sintomatología.
En el libro señalo cómo es más probable si eres mujer que salgas de una consulta de atención primaria – y también de especialistas – con un diagnóstico o un comentario sobre tu salud mental que con una cita para alguna prueba médica complementaria. Todas hemos ido a consulta médica por algún dolor y hemos vuelto con la sensación de que el problema es que estamos muy estresadas o que nos hemos obsesionado con algo pero que realmente no nos pasa nada físico. Esto no solo nos frustra es que además, nos pone en riesgo.
Parece que el sistema de salud se ha acostumbrado a silenciar malestares mandando a las mujeres psicofármacos que les ayuden a dormir, a estar más tranquilas o anestesiadas pero, ¿cuándo vamos a pasar de recetar mediación a pensar por qué tantísimas mujeres necesitan pastillas para dormir? ¿Por qué tantas mujeres conviven con dolores físicos que se normalizan? O, suponiendo que fuera real que estamos tan estresadas, ¿cuándo vamos
a pararnos a señalar los focos de estrés en lugar de a dar consejos para “tomarnos con calma la vida”?
¿Cuánto de lo que hoy llamamos ansiedad, depresión o inestabilidad emocionalfemenina es en realidad malestar de género patologizado por un sistema que nunca ha sabido —o querido— mirar las causas estructurales del sufrimiento de las mujeres?
Mucho, pero claro, qué voy a decir yo que he escrito un libro que se llama Oprimidas. En ningún momento niego que las mujeres suframos toda la sintomatología que sufrimos, lo que cuestiono es que sigamos señalando a la individua concreta y empecemos a sacar grandes conclusiones que nos permitan mientras acompañamos a quienes sufren, hacer del mundo un lugar más justo y habitable para todas las personas.
Concluyes que no estamos locas, ni histéricas ni ansiosas: estamos oprimidas. Es la tesis central del libro. ¿Cómo reacciona la gente —incluyendo profesionales de la salud— cuando escuchan esa afirmación? ¿Qué es el “doble estándar” en la atención a la salud mental y en qué medida sigue vigente hoy en las consultas?
En realidad es un mensaje que suena provocador pero que ni soy la única ni la primera que lo señala. Al final, no hace falta nada más que pararse a observar cómo mujeres tan diferentes nos traen malestares tan similares. Podemos pensar que es casual, pero entonces lo que estamos haciendo es no querer salirnos de lo que los manuales y la medicina y psicología androcéntrica nos dice.
Por otro lado, la reacción depende de la capacidad de crítica y del sentido de ética y justicia de quien lo escucha. Evidentemente, es incómodo darte cuenta que quizá no hemos trabajado de la mejor manera posible porque hemos tratado como individual un malestar de origen social, pero una vez que lo ves, es difícil dejar de verlo. Y, también, confieso que se revuelven muchos más los hombres que las mujeres, porque les cuestiona menos creer que es que nosotras somos unas exageradas y unas inconformistas a hacerse cargo de que relacionarse con nosotras desde ese lugar de privilegio tiene consecuencias en nuestra salud mental.
Sin embargo, en terapia a las mujeres les genera mucho alivio saber que quizá ellas no son el problema, que hay todo un sistema y un contexto que influye en lo que ellas viven y sienten. Claro que tenemos que aprender a movernos en el mundo que habitamos, pero una cosa es esa y la otra es creer que todo lo que te han hecho o te sucede es única y exclusivamente tu culpa.
El doble estándar hace referencia a cómo se interpreta y atiende a comportamientos, emociones, creencias y malestares de forma diferente en función de si delante tenemos un hombre o una mujer. Esto sucede más allá de la salud mental. Cuando decimos que vivimos en un patriarcado a lo que nos referimos es que en función de nacer hombre o mujer se va a esperar, y por lo tanto potenciar, de ti determinados comportamientos. Nos educan y socializan, tanto dentro como fuera de casa, de manera muy distinta a niñas y a niños, esto hace que desarrollemos formas diferentes de estar e interpretar el mundo.
Eso también atraviesa a los profesionales de la salud que, en función de que tengan delante un hombre o una mujer, van a dar más o menos relevancia a unas u otras cosas. Por ejemplo, si delante tenemos una mujer que está manifestando que le cuesta respirar, es más probable que le pregunten si está pasando una buena etapa, si hay algo que le preocupe y que infieran que lo que le pasa es ansiedad. No hay mala fe, hay una creencia preconcebida de que somos más inestables y, supuestamente, más propensas a sufrir ansiedad.
Lo que está detrás del doble estándar son, entre otras cosas, sesgos cognitivos que están enraizados en la cultura. Es probable que esté influyendo el efecto halo que hace referencia a cuando a través de una característica inferimos cómo es la persona, si es mujer será más sensible y tendrá menor tolerancia al dolor, y el sesgo de confirmación que nos lleva a atender y prestar atención a aquella información que confirma la hipótesi inicial.
Por otro lado, el doble estándar también afecta a que problematizamos unas conductas u otras en función del sexo. Por ejemplo, es más probable que una mujer acuda a consulta porque tiene una supuesto bajo deseo sexual a que acuda un hombre que tiene un alto deseo sexual o que cree que su mujer debe tener sexo para cubrir su apetencia. ¿Por qué? Porque lo primero se considera un problema pero lo segundo, lo esperable y lo natural. El problema del doble estándar no es solo que nos haga interpretar de forma diferente el sufrimiento y el comportamiento de hombres y mujeres. Es que termina condicionando quién recibe ayuda, qué ayuda recibe y qué explicación damos a ese sufrimiento. Y cuando una explicación se repite durante décadas, acaba pareciendo una verdad, aunque en realidad sea un reflejo del mundo desigual.
EL TRABAJO INVISIBLE Y LA ECONOMÍA DEL CUIDADO
Si el capitalismo se sostiene, en gran medida, sobre el trabajo de cuidados que realizan las mujeres -invisible y no remunerado-, y entendiendo que el sistema no es neutral sino que perpetúa desigualdades de género, ¿qué responsabilidad tienen las instituciones que, al menos en el discurso, deberían corregir estas brechas? ¿Hasta qué punto actúan como agentes de cambio real o, por el contrario, terminan reproduciendo y legitimando las mismas lógicas que sostienen la desigualdad?
Las instituciones son quienes deberían no solo poner soluciones formales a las brechas, también generar cambios estructurales para que la brecha desaparezca. Es decir, por un lado necesitamos que se pongan parches al hoy y, por otro lado, asegurar que el mañana sea diferente. ¿Cómo? Asegurando que la educación – formal e informal – deje de estar atravesada por el patriarcado.
El problema es que al sistema le interesa la desigualdad, le interesa porque da – o ahorra – dinero. ¿Por qué el estado sigue sin aportar solución a que las mujeres encargadas de cuidar y criar tengan cotización y salario? Porque si el estado no paga, eso que se ahorran.
Lo que pasa es que en paralelo el mensaje subliminal que se envía es que los cuidados no son importantes. Porque si no da dinero a quien lo realiza, no da poder y, por lo tanto, no se le otorga reconocimiento. Porque sí, tener dinero en el mundo capitalista es tener poder. No es discutible.
La misma razón que está detrás de que no consigamos abolir la explotación sexual, porque da dinero al estado. Que las consecuencias sean que se está lanzando el mensaje social de que el cuerpo de las mujeres es accesible para los hombres o que aprendan a obtener placer al tener relaciones con quienes no les desean, parece no preocupar. El cambio no es de un día a otro porque es necesaria una transformación radical. Pero sí que se van introduciendo cambios que hacen que, evidentemente, la situación legal y formal de las mujeres hoy en día sea mucho mejor que en los 60. Aún así, nos queda mucho camino que recorrer.
Décadas después de que la corresponsabilidad se instalara en el discurso público e institucional, ¿por qué sigue sin traducirse de forma efectiva en la vida cotidiana? ¿Qué resistencias -estructurales, culturales y políticas- están impidiendo que ese principio se convierta en una práctica real?
Esta pregunta es demasiado amplia, voy a intentar dar algunos detalles de mi punto de vista.
Por un lado, la conciliación no existe, son las madres. El sistema laboral no se ha adaptado a la realidad de que en la mayor parte de las familias ambos progenitores trabajen fuera de casa. La jornada laboral establecida no tiene en cuenta que cuando vuelves a casa hay muchas cosas que hacer. Y, las soluciones que se están dando no están poniendo los cuidados en el centro, están poniendo la productividad en el centro. Se prefiere alargar el horario escolar que disminuir la jornada laboral. Otra vez el capitalismo dando la mano a su hermano el patriarcado.
Por otro lado, socialmente se sigue defendiendo que las mujeres somos quienes tenemos que cuidar y muchos hombres se siguen sintiendo muy cómodos siendo más cuidados que lo que cuidan de vuelta. Ahí está la raíz de por qué para nosotras es tan difícil compatibilizar ser madres con trabajar fuera de casa, pero también con hacer deporte, tener espacio a solas y tiempo para nuestras amigas.
LA MUJER PERFECTA Y LA AUTOEXIGENCIA
La trampa de la perfección no es solo que se nos exija demasiado, sino que lo que se nos exige es contradictorio. Y hablas de ese conflicto interno, que Marcela Lagarde llamó “sincretismo de género”, de integrar dos modelos de feminidad opuestos: la mujer tradicional y entregada, y la mujer moderna e independiente. Esa dicotomía de la que también habla Esther Vivas, señalando a la superwoman y el ángel del hogar. ¿Cómo vive una mujer en 2026 esa contradicción en su cuerpo y en su día a día?
Qué pregunta tan interesante. En el libro hablo de diferentes sintomatologías que pueden aparecer porque al final, el cómo vivimos esta realidad depende también de cómo somos en lo individual. De dónde venimos, cómo nos han educado y cuáles son nuestras estrategias y herramientas de expresión y gestión emocional.
Pero en términos generales es una sintomatología muy parecida a una ansiedad basal elevada, esa sensación de nerviosismo, de ir corriendo a todas partes, ese “no me da la vida”, esa cabeza que no para de pensar y repasar todas las tareas pendientes, ese cuerpo agotado que le cuesta coger el sueño, esa duda constante sobre si estaré priorizando bien o si estaré olvidando algo importante, esa sensación de no ser suficiente y esa falta de
bienestar. ¿Lo peor de todo? Que tiene sentido que nos sintamos así, que por mucho que queramos cumplir ese estándar y hacerlo sin “despeinarnos” es imposible. Por eso es tan frustrante.
Necesitamos desarrollar un criterio propio que nos ayude a ver qué vida queremos construir y a asumir que aquello que decidas no atender, va a suponer probablemente que alguien te juzgue por ello. Ser mujer en este mundo es dar por sentada la crítica.
El auge de las tradwives en redes sociales —mujeres que reivindican el rol doméstico como elección libre y satisfactoria— ¿qué lectura feminista merece? ¿Es una expresión de libertad o un retroceso con estética vintage?
A veces pienso que si Betty Friedan levantase la cabeza y viera lo que ha sucedido, se llevaría un buen disgusto.
Las tradwifes son un retroceso que tiene sentido en este momento de la historia donde lo tradicional está queriendo acabar con los avances que las feministas hemos conseguido para todas las mujeres. Las mujeres no solo hemos conquistado espacios, es que además estamos cansadas de seguir siendo las que más cuidamos y esto, les asusta. No es tan diferente a la publicidad que surgió en etapas de posguerra en la que potenciaban la imagen de “la mujer de su casa”. Nos quieren en el ámbito privado. Para que un sistema desigual se mantenga, los opresores necesitan tener de su lado a parte de las oprimidas.. Y, para mí, las tradwives son sólo un reflejo de esto. Yo soy de las que piensa que ni siquiera merece una lectura feminista porque es claramente una promoción del “ángel del hogar”, mujeres a las quelo que les hace sentir realizadas es servir a los demás. Ese ser para los demás y la moral del sacrificio del que tanto hablamos desde el feminismo. Es un intento de romantización del rol tradicional.
El matiz es que mientras que se graban diciendo que su trabajo es cuidar a sus maridos y que ellos salen a producir, están ganando dinero haciendo publicidad y esto les da la libertad de poder elegir si continuar o no haciendo tartas y cosiendo para esos maridos o para otros. Pero eso, no te lo cuentan.
CUERPO, ESTÉTICA Y AUTOCUIDADO SECUESTRADOS.
El capitalismo lleva décadas perfeccionando un mecanismo muy rentable: coger el lenguaje feminista, vaciarlo de contenido político y devolverlo como producto de consumo. Y, de pronto, comprarte una crema carísima o hacerte las uñas es “autocuidado”. Llevamos siglos siendo educadas en la cultura de la presión estética, con nuestros cuerpos convertidos en proyectos permanentes de mejora y corrección y, ahora, el sistema nos vende ese mismo mandato de deseabilidad con un monísimo lazo morado feminista. ¿No es eso, en el fondo, consumismo disfrazado de liberación?
A esto le dedico un espacio en el libro porque es algo que me preocupa mucho. Como bien dices, el capitalismo tiene la costumbre de robarnos términos y convertirlos en algo rentable. Ahora el autocuidado tiene que ver con consumir algo: o bien un café con un libro o bien irnos a pintarnos las uñas. Es como si nos hubiéramos olvidado de algo tan básico como que los cuidados que necesitamos nosotras no son tan diferentes de los que necesitan los demás. Si a nuestras criaturas las cuida descansar, alimentarse, divertirse, aprender, relacionarse, sentirse seguras, recibir amor y respeto, ¿por qué a nosotras nos va a cuidar arrancarnos los pelos de las piernas?
Pero maquillarlo – y nunca mejor dicho – de autocuidado resulta muy rentable porque hace que las mujeres dediquemos muchas horas y recursos financieros a este tipo de tareas que, en realidad, lo que hacen es potenciar que sigamos rechazando nuestro cuerpo y nuestra cara al natural. Y mientras que nos “autocuidamos”, ellos siguen gobernando y enriqueciéndose a través de la industria de la estética.
¿Cómo distinguimos el cuidado real –el que nos devuelve al cuerpo y nos permite el descanso y el disfrute- del que que no es más que la misma obligación de siempre de ser deseables pero vendido como “autocuidado”? y, sobre todo, ¿Qué nos dice de la salud de un movimiento feminista cuando sus consignas más visibles las abandera la misma industria que lleva siglos violentando nuestros cuerpos y nuestra autoestima?
En el libro doy una pista: “sospecha de todo lo que se incluye bajo el concepto de autocuidado pero que jamás consideraríamos como cuidado real si lo aplicamos a otros. Especialmente si esos “otros” son niños o varones adultos”. Si lo que hay detrás de ese supuesto movimiento empoderante y feminista es reforzar los estereotipos de género y ese “para presumir hay que sufrir” o “lo importante es sentirse guapa”, lo que nos dice es que no es feminismo, es machismo disfrazado. Es ese mensaje constante de que tenemos que “arreglarnos” y que nuestro valor depende de la estética, como si sólo fuéramos cuerpo observables y no cuerpos cuidables.
Como bien apuntas, desde pequeñas, nos enseñan a soportar la incomodidad en la ropa, en la postura, en el cuerpo, priorizando la estética a la comodidad o la libertad de movimiento. ¿En qué medida esa “cultura del sacrificio” es una escuela de sometimiento?
La cultura del sacrificio es, efectivamente, una forma de poco a poco enseñarnos a someternos a un sistema y una sociedad que lo que espera de nosotras es que seamos buenas y estemos buenas. Si nos dijeran claramente ese “tú has venido a este mundo a servir y a maltratar tu cuerpo” ninguna lo haríamos, pero en ese refuerzo de pequeñas acciones como destacar lo guapa que estás ahora que has adelgazado o lo buena niña que eres por obedecer a la abuela y darle dos besos, vamos poco a poco aprendiendo que se nos ve más y se nos reconoce más si ocupamos ese lugar que han creado para nosotras. Es como si a las mujeres en lugar de enseñarnos a esforzarnos por las cosas, nos enseñaran a sacrificarnos. Y claro, todas sabemos que no supone el mismo porcentaje de renuncia, energía y tiempo esforzarse que sacrificarse.
En este sentido, propones que, quizás, el mayor acto de autocuidado sea recuperar nuestro cuerpo como guía, volver a habitarlo, aprender a escucharlo, pero ¿cómo se hace eso cuando llevamos décadas aprendiendo a odiarlo?
Quizá el primer paso es aceptar que habiendo crecido con tanto odio hacia nuestro cuerpo, va a ser muy difícil amarlo tal y como es. Durante un tiempo hubo un movimiento que intentaba que amásemos a nuestro cuerpo y nos gustase tal y como es, independientemente de lo cerca o lejos que esté del estereotipo. Ese movimiento “body positive” buscaba que las mujeres con cuerpos diversos se sintieran sexys. Que a mi ya me parece problemático que lo que busquemos es que nos sintamos sexys y no sanas, ágiles, descansadas y saciadas. El caso es que desde hace unos años estamos defendiendo la importancia ya no tanto de que nos guste o no, sino de cuidar el cuerpo que nos permite estar vivas y todo lo que eso implica: sentir, pensar, hacer.
Quitar el foco de cómo es el cuerpo que somos y ponerlo en qué me permite hacer ser este cuerpo. Cuando te das cuenta que sin él y sin esas capacidades nada sería posible, quizá dejas de pelearte con su forma y te permites poder escucharlo, alimentarlo y, simplemente, respetarlo.
MATERNIDAD: ¿DESTINO O ELECCIÓN? ¿DESEO O DERECHO?
Sostienes que la opresión no reside en la maternidad en sí, sino en la falta de libertad real para elegir si ser madre o no, y hacerlo dentro de un sistema que no reconoce ni sostiene los cuidados. En este contexto, ¿qué condiciones materiales, sociales e institucionales consideras imprescindibles para que la maternidad pueda vivirse como una elección libre y no como una imposición o una carga estructural?
Esta respuesta sería demasiado extensa y no quiero hacer un listado de todo lo que haría falta cambiar en el sistema para que la maternidad pudiera ser más disfrutada que sufrida. Algo evidente es que traer criaturas al mundo implica un grado de responsabilidad, preocupación y complejidad vital que no podemos obviar, pero eso es una cosa y otra que, a día de hoy, ser madre sea algo tan sumamente complejo. Y es tan complejo porque vivimos en un mundo profundamente desigual, individualista, capitalista y que considera que los cuidados son nuestra responsabilidad.
Prefiero poner el foco en cómo podríamos hacer para que las mujeres nos sintamos más libres de elegir ser o no madres. Para mí la clave está en dejar de inculcar a las niñas el mensaje de que todas las mujeres somos madres en potencia. Hay niñas que no pueden ni imaginarse que no ser madres sea una opción.
Parece que la no maternidad es la otredad, la opción minoritaria. Y cuando algo ya de base se ve como lo “raro” es menos posible que se elija con convencimiento. Se hace una promoción de que tarde o temprano todas desearemos serlo y que a todas nos hará felices tener descendencia. Si fuéramos capaces de hacer desaparecer este discurso en el que el fin último de la existencia de las mujeres es convertirse en madres, probablemente cada adulta podría pararse a decidir si ser o no madre con algo más de libertad.
Uno de los debates más encendidos del momento: la (mal llamada) gestación subrogada, sitúa a feministas de referencia mundial en posiciones opuestas: el derecho a decidir sobre el propio cuerpo y la mercantilización de los cuerpos de las mujeres más vulnerables. ¿Cómo navegas tú esa tensión?
Yo en este tema lo tengo muy claro, ser madre (o padre) no es un derecho, es un deseo. Son las criaturas quienes tienen derecho a tener una familia, no las personas adultas a tener descendencia. Creo que la sociedad actual está empeñada en hacernos creer que nuestros deseos se pueden hacer realidad, ese “querer es poder” que obvia los límites de la ética y también, de la desigualdad. Las criaturas no se pueden comprar y con los cuerpos de las mujeres no se puede generar negocio.
El aborto sigue siendo un campo de batalla política en muchos países. Escribes que si fueran los hombres quienes se quedasen embarazados, no habría debate. ¿Qué nos dice esa frase sobre quién tiene el poder real de legislar sobre los cuerpos?
Hombre decidiendo sobre los derechos que tenemos las mujeres, sobre nuestra vida y sobre nuestros cuerpos.
Durante décadas el mandato fue el de la madre abnegada. Ahora, se ha añadido una capa más: se espera que, además, sea con apego seguro, presencia constante y una gestión emocional impecable (mientras preparamos galletitas de avena y plátano). ¿No es esto otro mandato de perfección que recae, de forma desproporcionada, sobre las madres?. Y en ese contexto, ¿puede considerarse verdaderamente respetuosa una crianza que no contempla ni cuida a quién cría?
Este es un tema bastante complicado porque genera mucho malestar y mucho debate.
Hace poco escribiste un artículo increíble sobre la crianza respetuosa que no ve a las madres y, por supuesto, pienso como tú. No puede haber crianza respetuosa ni disfrutada si la madre no “existe”. Estamos empujando a las madres a una crianza imposible y frustrante que, además, las desconecta de la observación y la relación genuina con sus criaturas. Madres que estudian, leen e investigan para criar a sus hijas mientras olvidan que llevamos toda la vida cuidando. No podemos seguir diciendo a las madres lo que tienen que hacer porque… ¿qué tiene esto de novedad? Absolutamente nada. Pero si somos nosotras las que no hemos parado de criar.
Las consultas están llenas de madres frustradas porque se han perdido entre tanto mandato, tanta entrega, tanta presencia hacia fuera. Madres que tienen un miedo atroz a traumatizar a sus criaturas y a las que las hacen creer que solo hay un tipo de maternidad posible. Sea como sea tu contexto. Sea como seas tú. Sea como sea tu criatura. A veces siento que hoy en día ser madre es ir por una cuerda floja haciendo malabares y que, si te tambaleas o se te cae una pelota, ya eres negligente. ¿No es demasiado fuerte tachar de mala madre a una mujer que decide – por el motivo que sea – no dar pecho mientras tachamos de buenos padres a quien de vez en cuando pasan a recoger al cole a su criatura? Si algo tengo claro es que la maternidad real es la que te permite elegir entre las opciones posibles y no la que hace lo imposible para elegir la supuesta mejor opción.
CULPA, AUTOEXIGENCIA E INDEFENSIÓN APRENDIDA
La culpa aparece en tu análisis como un mecanismo central de control. ¿Cómo opera en la vida cotidiana de las mujeres esa culpa que no nos deja priorizarnos sin sentirnos egoístas?
La culpa es esa emoción que se nos despierta para señalar que estamos haciendo algo socialmente inapropiado. Esto significa dos cosas. La primera es que no en todas las culturas o lugares del mundo se siente culpa por los mismos actos. Y la segunda es que, si las mujeres experimentamos culpa ante situaciones tan diversas, es porque vivimos en un sistema patriarcal donde hay muchas más conductas consideradas inapropiadas si eres mujer que si eres hombre.
En cuanto al egoísmo, las mujeres, al estar educadas para «ser para otros», hemos aprendido e interiorizado que ponernos en primer lugar es ser egoístas y que, por lo tanto, está mal. Porque nosotras tenemos que ser bondadosas, generosas, entregadas. Y parece que, si eres mujer, una de las condiciones para ser considerada buena es ponerte en último lugar. De esta manera, algo tan básico como priorizarse acaba siendo leído como una conducta socialmente inapropiada y, por eso, aparece la culpa. A veces deshacernos de esa culpa es muy difícil. Quizá el primer paso sea reformular qué significa para nosotras ponernos en el centro. Porque ponernos en primer lugar no implica ignorar que vivimos en sociedad ni renunciar a los vínculos. Implica reconocer que nuestras necesidades también importan. Solo así podemos aprender a sostener el malestar que aparece cuando nos atrevemos a priorizarnos.
Describes la indefensión aprendida como el mecanismo que está detrás de tantas mujeres que normalizan la desigualdad o la justifican con un “siempre ha sido así”. ¿Cómo se rompe ese ciclo?
Lo que explico en el libro es que, a lo largo de los años, las niñas —y posteriormente las mujeres— vamos aprendiendo que somos más débiles, torpes e incapaces que ellos.
Además, tendemos a interiorizar mensajes que refuerzan esa idea: que solas no podemos defendernos, como que es mejor no caminar solas por la calle o que estaremos más seguras si nos acompaña un hombre.
“No es un proceso racional ni consciente, pero las mujeres poco a poco aprendemos que no podemos hacer nada para zafarnos de la situación. Sea ésta una situación de violencia en la pareja, en el trabajo o la familia de origen o, simplemente, una situación cotidiana en la que sentimos que algo no va bien. Es como si nos desactivasen la capacidad de luchar, de pelear y, por supuesto, de defendernos.” Al final terminamos creyendo que no se puede hacer nada —ni a nivel individual ni social— para evitar la violencia o las situaciones de
desigualdad que vivimos. Es como si acabáramos naturalizándolo. Esto, sumado a los discursos esencialistas que defienden que los hombres son violentos por naturaleza y que por eso ejercen violencia, constituyen el caldo de cultivo perfecto para creer que no hay nada que hacer.
El primer paso para romper este círculo, al menos a nivel cognitivo, es comprender cómo funciona, porque la claridad es la mejor herramienta para aprender a movernos por el mundo. Necesitamos comprender que la persona que ejerce violencia lo hace porque elige ejercerla, no porque sea así. Dar agencia al violento.
El segundo paso es empezar a cultivar tanto en la imaginación como en la realidad nuestra capacidad de respuesta ante situaciones desiguales. No hace falta que te imagines reaccionando ante un intento de violación, pero está bien que puedas imaginarte reaccionando ante situaciones como por ejemplo un piropo, un hombre que te silencia en público o te interrumpe, una persona que desacredita tus síntomas… pensar ese, ¿la próxima vez que me pase esto, qué me gustaría poder decir o hacer? Y anticipar que si somos capaces de decirlo o hacerlo, seguramente estaremos nerviosas en el proceso.
Estos son solo algunos ejemplos, pero el objetivo final es desarrollar herramientas —físicas, cognitivas y sociales— que nos ayuden a reconocer que tenemos capacidad de respuesta y de defensa. La indefensión aprendida no consiste solo en creer que no podemos hacer nada. Consiste en dejar de imaginar que podríamos hacer algo.
También hablas del fenómeno de los incels ¿Qué nos dice ese discurso sobre cómo sigue funcionando la lógica patriarcal en el siglo XXI? Y no solo eso, ¿qué estamos haciendo —como sociedad, como sistema educativo, como plataformas tecnológicas y como Estado— para frenar una radicalización que ya tiene víctimas mortales? ¿Y por qué seguimos tratando el odio a las mujeres como un problema de “niños solitarios” y no como lo que es: una ideología política organizada? Tías, esta no voy a responderla, no por nada sino porque este tema solo lo nombro en el libro y no quiero extenderme más.
FELICIDAD OBLIGATORIA Y POSITIVISMO TÓXICO
Planteas que hemos convertido la felicidad en una responsabilidad individual, sostenida por toda una industria (meditación, mindfulness, coaching, retiros espirituales, apps de autoayuda, rutinas de gratitud…) basada en la idea de que todo depende de la actitud: “si quieres puedes”. Sin embargo, en pleno auge del bienestar, los indicadores de salud mental empeoran (crece el negocio y también el malestar). ¿No es esta la gran paradoja capitalismo contemporáneo: convertir un problema estructural en una solución individual, mientras que no se garantiza psicología pública o no se remuneran los cuidados? Como sociedad, propones que necesitamos perder el miedo a sufrir y entender que el malestar es parte de la vida. ¿Cómo se concilia eso con un entorno digital que nos exige mostrar versiones perfectas y felices de nosotras mismas?
Creo que una de las grandes trampas de hoy es que han convertido la felicidad en un proyecto personal. Nos han hecho creer que el bienestar depende fundamentalmente de nuestra actitud, de nuestros hábitos o de nuestra capacidad para gestionarnos correctamente. Evidentemente, hay cosas que podemos hacer que nos pueden aportar bienestar, pero lo que tenemos que tener claro es que hay problemas y realidades que no
dejan de doler ni generar malestar por meditar, hacer ejercicio o tener una actitud más positiva.
Si una mujer está agotada porque trabaja fuera de casa, asume la mayor parte de los cuidados y vive bajo una presión constante por llegar a todo, quizá el problema no es que no haya encontrado todavía la rutina matinal adecuada. El problema es que está sosteniendo demasiado y que como sociedad no podemos seguir cerrando los ojos a estas realidades. Es muy frustrante para una persona que siente que no le da la vida creer que el
problema está en que no saca tiempo para hacer una rutina que aumente su dopamina. ¿Qué actividad sería capaz de bajar el cortisol – y la angustia – que genera no poder llegar a final de mes? ¿Y convivir con un hombre que te violenta? Al margen de lo que me enfadan estas soluciones reduccionistas y que olvidan la complejidad real de la existencia humana, no podemos tampoco obviar que el malestar forma parte de la existencia, igual que el aburrimiento, el enfado, la vergüenza o la pena.
Parece que nos están intentando convencer de que es posible una vida sin la parte incómoda: si hay vida, hay muerte; si hay luz, hay oscuridad. Las redes sociales son un escaparate en el que mostrar parcelas muy pequeñas de la vida de las personas y, además, cada una de nosotras somos responsables de elegir no solo lo que mostramos, sino también qué queremos ver y cómo nos relacionamos con ello. A veces tengo la sensación
que nos cuesta mucho ponernos límites a nosotras mismas y darnos cuenta que quizá, seguir a personas que aparentan tener vidas perfectas no nos cuida. Esto también es autocuidado, ¿no?
Siento que hay veces que señalamos las redes sociales como si hubieran inventado esta presión para aparentar bienestar, pero lo cierto es que ya existía mucho antes. Las redes lo que hacen es ampliar la presión y el número de personas que tenemos al alcance, pero la idea de que hay que sonreír, aguantar y esconder el sufrimiento lleva mucho tiempo entre nosotras. Ese ‘los trapos sucios se lavan en casa’ ya nos enseñaba que había emociones
que podían mostrarse y emociones que debían permanecer ocultas. Anda que no conocemos todas a parejas que se separan y la respuesta es “pero.. ¿cómo puede ser? ¿Si parecían la pareja/familia perfecta?”. En esta sociedad el arte de aparentar lo tenemos bien entrenado.
TERAPIA FEMINISTA Y HERRAMIENTAS DE RESISTENCIA
Propones la terapia feminista como herramienta y no como destino. ¿Qué diferencia hay entre una terapia que replica patrones patriarcales y una que, genuinamente, trabaja desde una perspectiva feminista?
La diferencia principal es que en la psicología con perspectiva feminista no perdemos de vista en ningún momento el contexto ni todo lo que desde la teoría sabemos que implica nacer mujer u hombre en este sistema. Eso nos permite, distinguir qué parte del malestar tiene que ver con características propias de la persona y qué parte está relacionada con aprendizajes, expectativas y mandatos de género que hemos interiorizado a lo largo de la vida.
Un ejemplo fácil de entender sería el de una mujer que acude a consulta cansada de ser quien se ocupa de la mayor parte de las tareas domésticas y de cuidados mientras su pareja apenas se implica. Desde una mirada más tradicional es posible que gran parte de la atención se centre en preguntas como: “¿Se lo has pedido?”, “¿Lo habéis hablado?”, “¿Has sido suficientemente clara?”. Mientras que desde una perspectiva feminista la atención se desplaza de la comunicación exclusivamente individual a las dinámicas de género que están organizando la relación.
La masculinidad tradicional favorece que muchos hombres deleguen los cuidados y consideren que determinadas tareas no son realmente su responsabilidad, como también potencia que los hombres se sientan muy incómodos ante peticiones directas de mujeres. Y la feminidad, por su parte, suele enseñarnos a priorizar el vínculo, a evitar el conflicto y a buscar aprobación. Como consecuencia, muchas mujeres no solo tienen que enfrentarse a la desigualdad, sino también al miedo de dejar de ser queridas si dejan de adaptarse. Por eso, a veces nos quedamos atrapadas en pedir a la otra persona y nos cuesta preguntarnos qué queremos hacer nosotras si ese cambio no llega.
Lo más relevante es que desde el feminismo aportamos claridad porque, cuanto más conoces sobre la feminidad y la masculinidad, mejores anticipaciones vas a poder hacer del mundo en el que te mueves. Y anticipar bien nos lleva a tener una vida mucho más estable y cercana al bienestar.
Afirmas que “la psicología, o es feminista, o no sanará”. ¿Cómo reacciona el mundo de la psicología clásica ante esa afirmación?
La verdad es que en mi experiencia, ninguna psicóloga o psicólogo ha venido a decirme algo en contra de esa frase. Lo que sí puedo decirte es que muchas personas, cuando emprendí el espacio online de psicología feminista, me dijeron que estaba siendo negligente porque lo que iba a hacer no era terapia sino adoctrinamiento, que la psicología tiene que ser objetiva.
Siempre me ha hecho mucha gracia quienes piensan que el feminismo es subjetivo y el machismo, objetivo. Porque en esto sí que soy muy rotunda: lo que no es feminista es machista, no hay un plan B.
Dices que necesitamos dejar de ir a terapia para ser más perfectas y “queribles” y empezar a ir para integrarnos en nuestra imperfección y autonomía. ¿Cómo se hace ese giro dentro de una consulta?
Con mucha paciencia y mucho mimo, sabiendo que es un proceso complejo. Al final llevamos tantos años aprendiendo e interiorizando ese tratar de ser perfecta y queribles que deshacerlo no es cuestión de dos días. Tampoco es un proceso que solo se pueda hacer en terapia, eso lo tengo bastante claro. Las mujeres podemos llegar a ese punto por diferentes caminos porque el objetivo no deja de ser hacernos buenas preguntas, reflexionar y desarrollar un criterio propio. Pero lo que sí os puedo decir es que en terapia trabajamos mucho el ser consciente que en el momento en el que soltamos ese dejar de buscar la perfección y de poner a los demás en el centro, va a haber una reacción que nos haga dudar de nosotras mismas.
Planteas que estar con más mujeres nos sana porque nos ayuda a pasar del relato individual al colectivo. En un momento de hiperindividualismo digital y desconexión emocional, ¿cómo se construye ese espacio de comunidad real?
Esta es una muy buena pregunta y mi respuesta es: no lo sé. Puedo tener intuiciones, pero no tengo la solución.
Mi experiencia personal es que también he encontrado buenas relaciones en lo digital, vínculos con los que compartir, sostenerme y sentirme acompañada. Pero para que eso ocurra hace falta algo que no siempre es fácil: abrirse a la autenticidad y a la vulnerabilidad.
Las redes sociales, bien utilizadas, también nos están sirviendo a las mujeres para crear lazos y escucharnos. De hecho, gracias a ellas estamos pudiendo entrar en contacto con otras mujeres que han vivido experiencias parecidas a las nuestras e, incluso, con mujeres que han sido violentadas por las mismas personas que nosotras.
Yo soy de las que cree que las redes sociales también nos han dado un espacio propio que ocupar y utilizar a nuestro favor. Por eso estamos viendo discursos tan reaccionarios y un uso cada vez más agresivo de estos espacios contra nosotras. Porque primero los conquistamos las mujeres y los usamos a nuestro favor. Nos ayudaron precisamente a esto: a pasar de creer que lo que nos había sucedido era culpa nuestra o que no le había pasado a nadie más, a descubrir que muchas otras mujeres habían vivido experiencias similares.
Y es ahí donde se produce algo muy importante. Dejamos de interpretar lo que nos ocurre como un problema individual y empezamos a preguntarnos si quizá no es casual, sino estructural.
Además, si tenemos en cuenta que la mayoría de las mujeres disponemos de muy poco tiempo libre, estos espacios están funcionando como un parche frente a un malestar muy extendido: la sensación de soledad y la falta de comunidad. Está claro que el objetivo debería ser poder trasladar esos vínculos al mundo presencial y
que, ojalá, todas tuviéramos una red cercana de amigas, vecinas o compañeras con las que apoyarnos en el día a día. Pero mientras llegamos a eso, a mí los grupos de WhatsApp o Telegram de mujeres feministas también me han salvado.
CAMBIOS ESTRUCTURALES: LO PERSONAL ES POLÍTICO
Dices que con la resistencia individual no es suficiente: necesitamos cambios estructurales, políticas públicas con perspectiva feminista, leyes que protejan y educación que cuestione. ¿Cuáles serían, para ti, las tres medidas políticas más urgentes?
Es difícil elegir solo tres medidas, especialmente porque soy psicóloga y no jurista ni legisladora. Aun así, si tuviera que señalar algunas prioridades, creo que la mejor brújula sigue siendo la agenda feminista, que persigue una igualdad real entre hombres y mujeres, no solo en lo formal, también en lo cotidiano. Pero si tengo que mojarme, y sabiendo que voy a dejar fuera muchas cuestiones importantes, diría que para mí hay tres ámbitos que deberían ser prioritarios.
- El primero es una educación no sexista. Esto incluye desde incorporar en escuelas y universidades la parte de la historia de las mujeres que todavía permanece invisibilizada hasta promover una educación afectivo-sexual centrada no solo en la prevención, sino también en el respeto, la igualdad y el trato ético. La coeducación sigue siendo una herramienta fundamental para cuestionar los estereotipos de género desde edades tempranas.
- El segundo tiene que ver con los cuidados. Necesitamos que el reconocimiento de los cuidados vaya mucho más allá de las palabras. Esto implica garantizar derechos para quienes los ejercen, reconocer su valor social y económico y avanzar hacia un mundo donde los varones adultos no puedan escaquearse de cuidar sin sufrir consecuencias. También supone revisar la brecha salarial, la precariedad de muchos
sectores feminizados y un modelo que sigue descansando de forma desproporcionada sobre el tiempo y el trabajo de las mujeres. - Y el tercero es seguir reforzando todas las medidas destinadas a prevenir y combatir la violencia machista. Esto incluye mejorar la protección de las víctimas, aumentar los recursos destinados a la prevención y reconocer y acabar con formas de violencia que siguen estando normalizadas, como la explotación sexual o reproductiva.
La socialización de género empieza en la infancia. ¿Qué pueden hacer los centros educativos —y las familias— cuando el sistema sigue reproduciendo los mismos mensajes? ¿Cómo educamos en igualdad cuando el entorno contradice ese mensaje en cada paso?
Cuando vemos que el sexismo lo empapa todo es normal entrar en un bucle de desesperanza. Pero también es importante poner las cosas en perspectiva. No vamos a acabar con toda la desigualdad en dos días, pero sí podemos contribuir a construir un mundo más justo.
Nuestras criaturas habitan ese mundo, no tenemos forma de aislarlas de la realidad, lo que tenemos que conseguir es que tengan herramientas no solo para habitarlo, también para hacerlo de una forma diferente.
Si tuviera que resumir en dos puntos cómo educar en igualdad – tema que da para dos y tres libros – sería:
En primer lugar, ofrecer a niños y niñas aquello que sabemos que la socialización les va a poner más difícil desarrollar. Por ejemplo, potenciar en los niños la empatía, la delicadeza, la capacidad de cuidado, la expresión emocional, la cooperación o el respeto por los límites ajenos. En las niñas fomentar la autonomía, la fuerza, la confianza en sí mismas, la comodidad, la ocupación del espacio o la capacidad de asumir riesgos. Lo que buscamos es que puedan desarrollar capacidades y formas de estar en el mundo que la sociedad
suele limitar en función de su sexo.
En segundo lugar, educar criaturas con una buena capacidad reflexiva y crítica. Al final,lo que nos lleva a cuestionar las injusticias es la capacidad de pensar, hacernos preguntas y no limitarnos a reproducir lo que vemos. Por eso, creo que educar haciendo preguntas es una de las claves para que esas criaturas el día de mañana se puedan preguntar ¿y esta diferencia a qué se debe? ¿Es esto justo? Nada de esto sirve sin ejemplos reales. Las criaturas aprenden mucho más de lo que observan que de lo que les decimos. Por eso, tanto hombres como mujeres tenemos que poder revisarnos y preguntarnos qué modelos de hombre o mujer estamos ofreciendo a las criaturas que tenemos cerca.
Marcela Lagarde dice que el método feminista implica, todos los días, desaprender lo que ya sabemos ser. ¿Qué actos concretos de resistencia propones para las nuevas generaciones que crecen hiperconectadas y sometidas a nuevas formas de presión?
Si vamos a la raíz, creo que la presión es muy parecida a la de siempre. Lo que cambia son los canales a través de los que llega. Antes podía venir principalmente de la familia, la escuela o el entorno cercano. Hoy también llega a través de las redes sociales, la pornografía, los discursos reaccionarios o una cultura digital que nos expone
constantemente a cómo deberíamos ser, vernos o comportarnos. Es el machismo adaptándose y encontrando nuevas formas de seguir condicionando la vida de las mujeres. Pero no podemos perder de vista que estas nuevas generaciones también tienen mucho más accesible el discurso feminista, ahora no necesitan coincidir con una mujer feminista en su vida o dar con un libro en la biblioteca, estamos ahí, en las redes sociales, ocupando
espacio y hablando alto y claro.
En realidad, cuando repaso los pequeños actos de resistencia que propongo en el libro, me doy cuenta de que sirven tanto para una adolescente de dieciséis años como para una mujer de setenta. Así que si tuviera que dejarles un mensaje a las nuevas generaciones sería precisamente este: que aprendan a contarse bien la historia. Porque cuando entendemos que muchos de nuestros malestares, inseguridades o conflictos no nacen de un defecto individual, sino de las condiciones en las que vivimos, es mucho más difícil que nos convenzan de que el problema somos nosotras.
Y, para cerrar, el libro termina recordando que el feminismo devuelve el síntoma al contexto. ¿Qué le dirías a una mujer que está leyendo esta entrevista, que se siente agotada, culpable e insuficiente, y que todavía no sabe si lo que le pasa tiene nombre?
Le diría, en primer lugar, que la entiendo. Que entiendo el cansancio de intentar llegar a todo y seguir sintiendo que no es suficiente. Que entiendo la culpa, la sensación de estar fallando constantemente, de cuestionarte si eres una buena mujer, una buena pareja, una buena madre, una buena hija o una buena profesional. Y que entiendo también lo agotador que resulta vivir pensando que el problema está siempre dentro de una misma.
También me gustaría decirle que la creo. Creo su experiencia, su malestar y lo que está sintiendo. Porque una de las cosas que más daño nos hace a las mujeres es vivir en un mundo que constantemente nos invita a dudar de nosotras mismas, de nuestra percepción y de nuestros límites.
Y, sobre todo, le diría que no dé por hecho que todo lo que le pasa es una falla individual. Que además de preguntarse qué tiene de malo o qué está haciendo mal, merece la pena preguntarse qué ha vivido, qué ha tenido que sostener y qué se espera de ella.
No sé si lo que le pasa tiene un nombre concreto. Pero sí sé que, muchas veces, las mujeres llegamos a creer que estamos rotas cuando, en realidad, estamos reaccionando a circunstancias que nunca debieron existir.
Y esa es, probablemente, la idea más importante que me gustaría que se llevara del libro: que no es casual. Que muchas de las cosas que siente no hablan solo de ella, sino también del mundo que habita. Porque es muy difícil no sentirse agotada cuando intentas ser libre en un mundo que sigue poniendo obstáculos a esa libertad y que, además, te hace creer que si no lo consigues es únicamente responsabilidad tuya.
Ojalá cada mujer que lea el libro al cerrarlo sienta ese: “vale, ni estoy loca, ni estoy sola”.