Estos son titulares de noticias reales aparecidas en algunos de los medios periodísticos más conocidos de Argentina: «Una mujer fue asesinada en una casa de Berazategui. Se registró un nuevo femicidio en Córdoba. Conmoción en Salta: una mujer fue degollada en la tina de su casa. Se investiga un presunto femicidio tras el hallazgo del cuerpo de una mujer en un hotel alojamiento. Apareció muerta una mujer en una zanja en José C. Paz. Una mujer murió tras ser prendida fuego en Merlo«… ¿Qué tienen en común, además de lo obvio?
Aproximadamente, el 70 % de los encabezados de prensa vinculados a violencia machista están formulados en voz pasiva, usan oraciones impersonales o voz activa intransitiva. Sin entrar en tecnicismos sobre construcciones gramaticales que tenemos archivados desde que salimos de la primaria, la cosa se resume en que el foco de la acción no se encuentra en quien la ejecuta.
Esta observación no es caprichosa. De Foucault a Maturana, de Searle a Sapir y Whorf, innumerables lingüistas, filósofos y antropólogos han advertido que el lenguaje condiciona cómo percibimos, clasificamos y pensamos la realidad, cómo la construimos.
Cuando un texto se presenta con este tipo de estructura elusiva, el autor del crimen desaparece del mapa gramatical —y, por tanto, mental—; la acción queda flotando en el vacío. Al despersonalizar un titular —que, en la mayoría de los casos, es lo único que se lee—, el crimen adquiere una calidad casi burocrática, como un parte meteorológico, que aleja al agresor de la escena. Las pocas veces en que la oración tiene un sujeto activo, es la víctima, y acaba pareciendo como si el arma se hubiera disparado sola o el fuego se hubiese generado por combustión espontánea.
Para que no se ofusquen los que dicen que “hay muchos más hombres asesinados” —y no les falta razón—, pues también aplica. Si leemos: «Un joven pierde la vida en un asalto cuando se dirigía a su trabajo«, no es que se dejó el cierre de la mochila abierto y se le cayó la vida por ahí. Hay un asesino que no se está nombrando, igual que en los femicidios.
Esto de poner el foco siempre en la víctima, al final, es cómodo. Evita tener que darnos en la cara con una realidad: la de que los titulares de hechos violentos deberían estar llenos de pronombres masculinos.
Llegados a este punto, conviene hacer una distinción. Una cosa son los asesinatos que resultan de robos, peleas, ajustes de cuentas y demás incidentes que pueden tener como víctimas a un hombre o a una mujer, indistintamente. Aunque es verdad que son más frecuentes las víctimas masculinas porque, debido al tipo de socialización y los mandatos de género, los hombres son más propensos a participar en “acciones riesgosas”, por decirlo de alguna manera.
Otra cosa es un femicidio, un asesinato por razón de sexo, es decir, cuando un hombre mata a una mujer por cualquier motivo por el que jamás hubiera matado a otro hombre. Lo que tienen en común ambos delitos es la probabilidad de que los cometa un hombre.
Por eso, cuando una noticia se presenta con una gramática que elige poner el foco en la víctima, tácitamente elige también alivianar la atención sobre el victimario. Esto es contribuir a perpetuar una representación mental y colectiva que nos impide hacernos preguntas urgentes sobre los valores culturales, conscientes e inconscientes, que los varones incorporan a lo largo de la vida, puesto que —salvo excepciones patológicas que no distinguen entre sexos— ningún niño nace para asesino.
Conceptualmente, es a lo que Simone de Beauvoir se refería, en El segundo sexo (1949), con su famosa frase: “No se nace mujer: se llega a serlo”. Así cuestionó la construcción cultural de lo que entendemos por “mujer”: una serie de mandatos que la sociedad enseña y exige desde la infancia en forma de roles, obligaciones, forma de vestir, de actuar, pensar, sentir, existir.
Por esta misma regla, también se llega a ser hombre. Se llega a interiorizar una forma de habitar el espacio y las relaciones que claramente es problemática y que no nos escandaliza porque está normalizada, porque se da por defecto, en piloto automático. Se reproduce a sí misma cuando hacemos lo que siempre hemos hecho, de la forma en que siempre se ha hecho, sin preguntarnos por qué, sin que nos haga ruido, porque, justamente, “lo normal” no nos hace ruido.
La cobertura periodística de la violencia machista muestra una excepción estructural respecto de los manuales de estilo, que recomiendan la voz activa, lo mismo que las guías elaboradas por diversos observatorios de medios. No es lo mismo decir: «Una joven fue hallada muerta, se investiga al novio«, que «el novio de una joven hallada muerta está bajo investigación«. El hecho no varía; lo que cambia es la representación mental que produce la estructura a través de la cual se cuenta, el mecanismo por el cual comprendemos el mundo que nos rodea.
No es cuestión de pensar en conspiraciones periodísticas de maliciosa intención, ni acusar en masa a los editores. Son inercias estructurales de la profesión. El problema es que tienen consecuencias muy concretas a nivel de imaginario. Inciden en la realidad, como cualquier otro patrón lingüístico.
La violencia machista no es un accidente o un acontecimiento fortuito, sino un patrón orgánico que, como sociedad, tenemos que aprender a identificar, señalar y combatir. No se puede ser neutral desde ningún sector, y quienes trabajan con las palabras tienen una responsabilidad enorme.
Al desplazar gramaticalmente al agresor hacia un rol complementario, lo que sucede es que disminuye la percepción de culpabilidad ante la audiencia de la noticia y nos impide dimensionar correctamente la magnitud del problema. Cada vez que escuchamos o leemos que «muere una mujer a manos de su pareja«, estamos ante un eufemismo que, por un lado, invisibiliza la violencia expresa y a quien la perpetra y, por otro, suma una capa de violencia simbólica al dificultar, o directamente impedir, la correcta elaboración conceptual del hecho por parte del receptor —en su calidad de individuo o de sociedad—.
El tratamiento responsable de la violencia contra las mujeres, niñas y niños, ya sea de forma directa o vicaria —porque el sistema patriarcal inocula también el entendimiento de que un hijo o una hija puede ser el instrumento con el que violentar a una madre, negando su condición de sujeto y el valor intrínseco de su vida—, exige una gramática que contribuya a la solución del problema, no a ocultarlo en fórmulas tranquilizadoramente elusivas.
Para los medios, queda repensar a conciencia el impacto real de sus opciones de estilo; y, para quienes consumimos la información, una lectura y escucha activa, y la invitación a hacernos más y mejores preguntas, sabiendo que las palabras no solo cuentan: enseñan dónde, cómo y qué mirar.