Estamos haciendo famosa a la gente equivocada: una llamada al consumo responsable de las redes sociales

Desde finales del 2025 la Administración del Ciberespacio de China (CAC) ha anunciado que pondrá en marcha medidas para exigir a celebridades e influencers que acrediten estar en posesión de un título o certificación universitaria para hablar de temas que abarquen economía, medicina, derecho o educación. Se busca con esto limitar la mala influencia que están teniendo estos personajes en los ciudadanos de a pie, ya que esta gente contribuye no solo a la desinformación ciudadana, sino también al adoctrinamiento de grupos de personas cada vez más grandes provocando en ellas lo que se conoce como pensamiento en bloque, un tipo de sesgo cognitivo derivado de la aceptación dogmática de ciertas opiniones que se caracterizan, tanto por ofrecer soluciones simples a problemas complejos, como por provocar un rechazo visceral a cualquier cosa que se perciba como crítica.

Actualmente, debido a la influencia de las redes sociales, que premian rapidez y simpleza por encima de la calidad del contenido, este es un fenómeno global, que además se ha visto agravado a golpe de algoritmo por lo que conocemos como cámaras de eco, esto es, propuestas de contenido configuradas para mostrarnos aquello que consideran que nos es afín, limitando de este modo la exposición a críticas u otras líneas de pensamiento a riesgo de que esta exposición derive en una pérdida de interés por nuestra parte (y por tanto menos tiempo en las aplicaciones). Así pues, esta exposición deliberadamente limitada acaba por inclinarnos hacia el pensamiento en bloque. Si bien ambos fenómenos no son exclusivos de las redes sociales, la combinación entre ambos ha resultado muy productiva a la hora de acaparar nuestra atención, haciendo que, cada vez más, los intereses económicos que hay detrás de esto frenen la problematización de estos fenómenos, incluso a pesar de que se sabe que estas dinámicas merman nuestro pensamiento crítico y dinamitan la posibilidad de diálogo entre las partes. Como resultado cada vez tenemos sociedades más polarizadas cuyos miembros están perdiendo la capacidad de procesar ideas complejas, algo que, desde el punto de vista epistemológico, puede llegar a limitar el avance del conocimiento (y de hecho lo está haciendo). Sabiendo esto, las medidas planteadas por China sientan un importante precedente obligándonos a pensar en las consecuencias que tiene que cualquier persona (con un poquito de suerte y un poquito de publicidad) sea capaz de generar un altavoz de una magnitud que antes de internet era impensable. El tipo de influencia que han generado las redes sociales conlleva un problema que no es nimio: se están sentando las bases para dinamitar la autonomía de pensamiento y generar ejércitos de seguidores que respondan con una fe ciega por los dogmas pronunciados por aquel que han tomado como líder.

En plena era de la posverdad ya sabemos que la verdad ha dejado de importar, pues aquello que posee credibilidad es lo que goza de aceptación social. No obstante, esto no es exclusivo de nuestro tiempo, un ejemplo clásico lo encontramos ya en la exposición que hace Platón de los sofistas. Estos sofistas eran expertos en retórica cuya popularidad comenzó a crecer durante el periodo de crisis que vivía la Grecia Clásica en ese momento. La decadencia de la polis hizo que cada vez más se recurriera a ellos para que enseñaran el arte de la retórica, que a diferencia de la dialéctica utilizada por los filósofos, buscaba proporcionar herramientas de persuasión en un momento de inestabilidad política (similar al que estamos viviendo) en el que la capacidad de convicción estaba por encima de la verdad. La dialéctica se servía de la razón y la lógica para desvelar la verdad a través del diálogo y la confrontación de ideas; la retórica en cambio apelaba a la emoción, y aunque no otorgaba respuestas reales, servía para proyectar esa (falsa) seguridad que se exigía a los líderes para que la población mantuviera la calma en los momentos de crisis. Ahora bien, la diferencia es que los “sofistas” de nuestra época ya no son maestros de nada, son simplemente famosos que actúan como si tuvieran algún tipo de autoridad epistemológica. Usaré aquí como ejemplo a algunas influencers españolas porque son las que el algoritmo nos muestra por defecto a las mujeres de mi edad, pero mi intención es elevar la crítica a cualquier personaje público cuya autoridad esté basada en su alcance (y no en su conocimiento).

Si hablamos de España, las influencers más cotizadas generalmente no tienen ningún tipo de formación que las autorice a hablar de ninguno de los procedimientos que han llevado a cabo, es decir, promocionan y normalizan estos procedimientos sabiéndose ignorantes de todas las consecuencias que pueden acarrear. El ejemplo más notorio posiblemente sea el ácido hialurónico, cuyo auge estuvo respaldado por prácticamente todo el elenco de celebridades del momento. Ninguna de ellas planteó las consecuencias que esto podría tener, ni mucho menos cuestionó su papel en la normalización de procedimientos estéticos. Solo cuando se comenzó a desmentir que este compuesto se reabsorbía y a alertar sobre la hidrofilia salieron diciendo que ellas también habían sido engañadas, pero no hubo consecuencias ni legales ni morales para ninguna y nadie se planteó a cuántas mujeres habrían motivado a realizárselo. Mujeres que además no cuentan con los mismos recursos que sus ídolas, y por tanto, en caso de desastres mayores como reacciones alérgicas o deformidades no tienen las mismas facilidades para solucionarlas. Ocurre lo mismo con otras cosas que podrían parecer más inocuas, como el skincare ¿cuántas personas de las que muestran su rutina ante cámara y promocionan los productos poseen conocimientos sobre cosmética? Parecía algo nimio hasta que llegó la cosmeticorexia infantil y con ella la dermatitis, las alergias, etc. Por alguna razón hemos aceptado que alguien que ha pasado por quirófano pueda dar consejos de aceptación o lifestyle sin consecuencias, y en cambio, las críticas y advertencias de los expertos se nos aparecen como meras sugerencias.

La popularidad de los sofistas tuvo una razón política, la pregunta ahora es: ¿Por qué hacemos famosa a esta gente? ¿Por qué estas personas acumulan miles de seguidores mientras la queja de otros divulgadores y creadores que sí son críticos con su contenido es precisamente la censura en redes (a veces por las propias plataformas como en el shadow banning) y el desprecio social que no aplica en estos casos? Sabemos de sobra quiénes aportan algo y quiénes no, en algunos casos hasta ellos mismos son conscientes de que no tienen capacidad alguna de aportar nada a la sociedad, sino ¿por qué alguien iba a aceptar una campaña del Burger King si no fuera porque sabe que sus ingresos dependen del servicio que hagan al capital? Pero hay un aspecto de todo esto que posiblemente pase desapercibido: existe entre estas influencers y algunos artistas de nuestro tiempo una tendencia a personificar su actividad por separado de la persona que la lleva a cabo o señalar el hecho de que ellos no son todo lo que vemos en redes. Normalmente se habla de un supuesto “personaje” que constituye su marca personal pero que (dicen) se diferencia de lo que ellos son en realidad. Sin embargo, esta diferenciación, derivada de la capitalización de la identidad personal, solo la vemos en personas polémicas como un intento de desligarse de la mala influencia que están ejerciendo. La gente de a pie muestra en redes una pequeña parte de su vida, pero a esta gente, cuya fama se basa en su presencia en redes son precisamente los que no pueden usar esta excusa: es su trabajo exponerse y sus valores están impregnados en todo lo que muestran a través de su altavoz. Si has decidido aceptar un pago de Coca-Cola no tienes legitimidad para alzar la bandera de Palestina, porque de facto estás financiando ese genocidio. No es compatible asombrarse del auge del pensamiento conservador en los jóvenes y compartir pasarela con Carmen Lomana, como tampoco lo es decir que para tener un cuerpo de playa solo hace falta ir a la playa cuando en plena pandemia tu prioridad fue pasar por quirófano a introducirte plástico en el pecho.

La intromisión estatal propuesta por China es una medida entre otras, y visto lo visto estaría bien limitar los ingresos de esta gente, pues a este paso serán los únicos que puedan comprarse una casa a costa de venderse al capital. Dicho esto, que el Estado imponga medidas como va a hacer China también implica asumir que la autorregulación y el pensamiento crítico han fracasado. La pregunta que deberíamos hacernos es ¿por qué les damos un altavoz a estas personas si no aportan nada ni al conocimiento ni a la sociedad? Si bien desde hace unos días estamos escuchando hablar de la caída de los influencers, creo que no deberíamos ser tan optimistas, y menos en un ecosistema digital que se beneficia de los tribalismos y la polarización. El problema no se va a solucionar solo y la perspectiva crítica no es algo que la gente adquiera en masa. Ahora bien, si algo podemos sacar del entusiasmo que ha despertado esta noticia es que muchos creemos que es necesario poner límites a esta gente para hablar de lo que no sabe. Si todavía creemos que una autorregulación es posible estamos a tiempo de consolidar esta caída y mi intención aquí es alentar a ello. Puede parecer una utopía, pero lo cierto es que también hay muchos creadores de contenido que saben perfectamente que si el chiringuito cae, mañana podrían trabajar de lo que han estudiado, y eso quiere decir que sigue habiendo gente en las redes que hacen cosas que merecen la pena. Como consumidores todavía tenemos algo de poder para inclinarnos hacia ese tipo de contenido y de paso dejar de seguir a creadores de publicidad pagada. El consumo responsable empieza por pensar: ¿de verdad nos interesa el contenido de gente sin valores?

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Información básica sobre protección de datos Ver más

  • Responsable: Revoleo.
  • Finalidad:  Moderar los comentarios.
  • Legitimación:  Por consentimiento del interesado.
  • Destinatarios y encargados de tratamiento:  No se ceden o comunican datos a terceros para prestar este servicio. El Titular ha contratado los servicios de alojamiento web a WordPress que actúa como encargado de tratamiento.
  • Derechos: Acceder, rectificar y suprimir los datos.
  • Información Adicional: Puede consultar la información detallada en la Política de Privacidad.

Utilizamos cookies propias y de terceros para obtener datos estadísticos de la navegación de nuestros usuarios y mejorar nuestros servicios. Si acepta o continúa navegando, consideramos que acepta su uso.    Más información
Privacidad