La incompetencia incomparecencia de la izquierda
Eric Hobsbawm planteó hace muchos años en sus diferentes escritos que una de las claves en el declive del anarquismo fue su incapacidad de mantenerse organizado de forma estable en el tiempo. Y es que, el fervor de la lucha inicial, que rápidamente conseguían una adhesión popular espontánea, se iba diluyendo con el paso de las semanas. Sin embargo, otros grupos políticos mejor organizados como comunistas o socialdemócratas (de los de entonces, no los de ahora), lograban con el paso del tiempo que ese fervor inicial se tornase en una fuerza victoriosa. Es una lección interesante para entender qué ha ocurrido en Ceuta.
En los primeros días de la crisis, el pueblo ceutí se organizó de manera espontánea para hacer frente a la situación. Más allá de todas las contradicciones que estos procesos suponen, en términos generales ayudaron a las personas más débiles con comida y ropa, protegieron a las más vulnerables e impusieron el orden a quienes no respetaron las cuestiones más elementales de convivencia. No conformes con eso, plantaron cara a los oportunistas fascistoides que por allí aparecieron. Al grito de “Esto es Ceuta y no Torre Pacheco” se enfrentaron bandera española en mano (rojigualda, por cierto) a estos patrioteros que fueron a caldear el ambiente. Incluso, en una genialidad sin precedentes cercanos, les recordaron que ellos eran españoles y no iban a consentir violencia contra quienes huían de la miseria. Por primera vez ese grito de “Yo soy español, español, español” se usaba para defender al pueblo y no para arremeter contra otros. Una lección gigante de conciencia de clase.
Un mes más tarde, el clima es otro. Un mes sin respuesta satisfactoria de las autoridades, con miles de personas sin donde dormir, comer o asearse. Un mes en el que las necesidades aprietan y la convivencia se tensa ha servido para que dentro de ese fervor inicial permeen otros discursos. El 6 de septiembre, por poner un ejemplo, una niña ceutí de 13 años fue increpada en una manifestación por sus rasgos físicos. Se manifestaba por la situación de inseguridad de la infancia de su ciudad ante la vuelta al cole, pero ella, niña ceutí que fue en chándal y sin la bandera de España, fue invitada a “irse a su país”. Sus vecinos le exigieron que enseñase el DNI: la consideraban invasora. De la conciencia de clase al nativismo nacionalista en poco más de un mes.
De nada sirven ahora los discursos teóricos y racionales sobre racismo, derechos humanos o estado de derecho. Cuando las necesidades aprietan, y a veces aprietan tanto que ahogan, nuestra clase necesita soluciones o, como mínimo, discursos que permitan vislumbrar una solución real y tangible. De nada sirven soluciones abstractas, no se come de las ideas. Y la extrema derecha da, y en pocas palabras, lo que a la izquierda nos cuesta cientos de palabras: dar con una solución.
Porque no nos engañemos, culpar al migrante o a la persona racializada de los principales problemas políticos de nuestra clase funciona. Será poco ético, será deleznable, pero funciona (siempre que no seas tú mismo a quien se culpada). Al final, si la lista de espera para operarse es interminable, las ayudas sociales no cubren toda la precariedad existente o no se accede a la vivienda, eliminar a personas de la fila es una solución. Puede no ser real, puede que estudiada de forma racional y objetiva no sea una solución, pero en un análisis visceral y rápido, funciona.
Con la sensación de inseguridad pasa lo mismo. Hoy sabemos que la violencia y los delitos se explican mejor por clase social que por cualquier otra causa. Pero si las clases sociales más bajas, las que soportan más necesidad y más violencia estructural, tienen un porcentaje importante de personas migradas y racializadas, vincular ambas cosas, funciona. Es execrable, pero cuando ves violencia en la puerta de tu casa y nadie da con una solución, ese discurso funciona.
A cada problema, una solución
Lo que está pasando en Ceuta es un ejemplo perfecto de lo que nos está pasando en media Europa. Con un sistema capitalista depredando servicios públicos, una inflación que ahoga el mínimo ahorro de las familias, un rentismo desbocado que hace imposible acceder a vivienda, un salario mínimo reconvertido a salario habitual; la izquierda tradicional europea, socialdemócrata y eurocomunista es incapaz de encontrar soluciones duraderas a los problemas de la gente. Por el contrario, la izquierda ofrece una serie de parches cuyos resultados apenas se aprecian o se diluyen entre la ofensiva del capital y las explicaciones ante la incapacidad de transformación tangible suenan a “el profe me tiene manía” (jueces fachas, mercados, obligaciones de la UE, etc.).
El reformismo de la izquierda se ha tornado en gestión de la decadencia y explicaciones demasiado complejas como para ser útiles, por el contrario, las herramientas clásicas y claras de lucha popular hace años que fueron hipotecadas por populismos electoralistas. ¿Para qué afiliarse a un sindicato si el partido progre va a subir los salarios por decreto con muchísimo menos esfuerzo y desgaste que hacer huelga?
Así, cuando la urgencia aparece, esos políticos incapaces de aterrizar en la realidad material sus propuestas para enfrentar los problemas de la gente no son escuchados. Esos partidos ultramediáticos, de soflama instagramera pero sin implantación territorial, son incapaces de organizar el fervor espontáneo. De nada sirven los partidos duchos en el show politiquero pero que desprecian construir agrupaciones vecinales que se enzarcen en las pequeñas luchas locales. Sin presencia en el territorio organizada; sin militancia de base formada, de nada sirven los discursos grandilocuentes cuando la necesidad apremia.
Ceuta nos demuestra que el reformismo tiene las patas muy cortas y que, sin militancia de base organizada y formada, los partidos de la izquierda nada pueden. El sistema agoniza y las necesidades que surgen son complejas, sí, pero podemos evitar desgastarnos en la pelea por reformas cosméticas y haciendo valer el poder real de la clase obrera para luchar por su vida de forma clara y asequible.
Necesitamos, por tanto, encontrar una solución entendible a cada problema y organizar a la gente para que construya poder desde lo local. Construir una base sólida que esté preparada para cuando lleguen las urgencias y hagan falta las soluciones. Soluciones reales o, como mínimo, donde se dibuje un horizonte de realidad, sin abstracciones. De no hacerlo, será la derecha quienes con cantos de sirena llenos de visceralidad desvíen el fervor espontáneo y solidario en rabia individualista, racista y patriotera.