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La insoportabilidad del feminismo 

Hay algo que nunca me había parado a analizar, a pesar de que es algo que me ha cambiado radicalmente, y probablemente también a todas las feministas. Es lo que se ha llamado “ponerse las gafas violeta”, que, una vez que te las pones, resulta imposible quitártelas. Todavía no sé si eso es una liberación o una carga, o tal vez vayan la una con la otra.

Durante una comida con unas amigas de la familia, pude ser testigo de cómo esto ha atravesado a todas las generaciones, y fue maravilloso presenciar la escena de una abuela, una madre y una hija respondiendo al patriarca por un comentario que, hace unos años, habría pasado desapercibido (¡o no!, pero desde luego no habría sido rebatido).

Pues bien, el otro día me di cuenta de lo detallistas que son estas gafas, puesto que hasta el más mínimo resquicio de machismo lo filtran, haciendo que el feminismo siga siendo tan necesario como insoportable.

No puedo evitar cuestionarme si es que soy una exagerada o me estoy volviendo loca —que sé que no—, pero algo de ansiedad me genera.

Resulta que me fui a quejar de un despiste (más bien, otro más) de mi pareja (sí, hombre) con mi padre (sí, qué ocurrencia la mía). ¿En qué momento pensé que me daría la razón? Más bien lo justificó con un sencillo: «se le habrá olvidado».

Y me quedé pensando si me hubiera defendido a mí así. Ya sé que no, porque la experiencia me acompaña. Yo no tengo despistes u olvidos: yo soy un desastre, una inútil.

Por supuesto, me quedé callada ante esa molesta sutileza, por mil razones que estoy segura de que todas entenderéis: ¿de qué iba a servir?, falta de energía, cero ganas de entrar en discusión, miedo al rechazo, otra vez ser tachada de conflictiva o histérica, no querer caer en el rol de “educadora en feminismo”, etc.

En ningún escenario mi padre hubiera reaccionado libre de ego. Y creo que lo que peor me sienta es que él —como podría haber sido cualquier otro hombre— ni siquiera es consciente. Se mueven por la vida con ese minúsculo, pero potente, privilegio.

Escribiendo esta experiencia cotidiana, además, me estoy cuestionando si yo habría sido una persona mucho más habilidosa, inteligente y segura de mí misma si me hubieran tratado con tanta tolerancia, en lugar de con constantes improperios durante mis intentos de convertirme en una adulta funcional. Estoy segura de que sí.

Y una, entonces, cae en la cuenta de hasta dónde se cuela el machismo en las vidas de las mujeres y cuánto tenemos que soportar, sin poder evitar hacerse la inquietante pregunta de si es mejor no llevar esas gafas puestas. Aunque tengo claro que la respuesta es no.

Las gafas sí me liberan, me acercan más a quien soy, responden preguntas que antes ni siquiera me atrevía a plantear. Pero también es verdad que un poquito de descanso, de vez en cuando, no vendría mal.

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