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De mitos fundacionales y españolidad

Introducción

Cada 12 de octubre amanecemos con una batalla constante en redes entre quienes celebran su españolidad, signifique eso lo que signifique, los nada-que-celebrar y quienes se empeñan en recordarnos una suerte de genocidio por la que arrepentirse y expiar culpas. Así, una ristra insoportable de videos, posicionamientos, discursos embravecidos, carteles y memes pueblan nuestras redes y dispositivos donde hay mucha hipérbole y, en la mayoría de casos, poco espacio para la reflexión. 

Reconozco que durante algunos años caí en el grupo más pesado y pedante de todos: los nada-que-celebrar sin mayor aporte intelectual. Y siento ser tan duro, pero es que anunciar que no tienes nada que anunciar es un oxímoron en sí mismo y, si lo que se pretende es plantear una especie de rechazo a la celebración, ¿no sería más lógico organizar una protesta, una huelga de consumo de celebraciones hispánicas o, como mínimo, un boicot a dichas festividades? Entiendo que por ser festivo, trabajar en una protesta no apetece, pero qué menos que ser mínimamente propositivos. 

Así, despachando de forma rápida el grupo que menos interés me suscita, me gustaría analizar las otras dos propuestas: los del genocidio y los de la españolidad. De entrada, he de decir que cuesta mucho diferenciarlos porque ambos caen en el mismo problema: ambos parten de mitos fundaciones. Y el problema de los mitos fundacionales es que nunca son verdad. 

Los mitos fundacionales, por si alguien no conocía este concepto, son leyendas o relatos que los diversos grupos humanos se cuentan entre sí y que les proporciona un sentido colectivo. Es decir, les dota de una identidad común, explica su origen político, étnico o cultural (habitualmente muy lejanos en el tiempo) y suele ir acompañado de héroes, grandes hazañas o catástrofes y, en ocasiones, incluso seres mitológicos. 

Un ejemplo histórico de ello es la leyenda de Rómulo y Remo en la fundación de la antigua Roma y un ejemplo reciente que tiene consecuencias en la actualidad es el éxodo judío, la travesía en el desierto y la llegada a la Tierra Prometida. Un mito que justifica para el sionismo la creación del Estado de Israel. Así, los mitos fundacionales no son intrínsecamente malos ni buenos, dependen de cómo se articulan políticamente. Y en esto radica la clave del problema.

El origen de la celebración 

Para entender el origen real de la designación del 12 de octubre como festividad nacional, hay que entender el contexto en el que se produce la elección de este día. A la llegada del siglo XX España había perdido todas sus colonias salvo Guinea Ecuatorial y el Sahara Occidental y, todas las nuevas naciones conmemoraban su independencia como el gran día de la nación. Por aquel entonces, España no tenía un día nacional único, sino que cada época priorizaba unas fechas sobre otras. En la Edad Media se celebraba el 25 de julio, Santiago Matamoros, como símbolo de la victoria del cristianismo sobre los musulmanes. Los Austrias utilizaban el patrón de la monarquía San Juan Bautista, 24 junio, como día oficial del reino. Más adelante se pasó a conmemorar el 2 de mayo en recuerdo del levantamiento madrileño contra las tropas napoleónicas. 

Sin embargo, en 1915, Faustino Rodríguez San Pedro, presidente de la unión ibero-americana propuso utilizar el día 12 de octubre, día de la llegada de Cristóbal Colón a América, como “el día de la raza”. La idea era celebrar una supuesta raza hispana que uniera identitariamente a los “pueblos hispanos”. Así, esta fecha fue promovida en los países que se descolonizaron a través de los gobiernos conservadores y nacionalistas que en ese momento dirigían los países. Hoy en día algunos la mantienen con un sentido diferente y otros han dejado de usarla. 

Que se eligiese el 12 de octubre es poco inocente ya que conecta indefectiblemente con el año 1492 uniéndolo así con el otro gran mito fundacional español: la mal llamada “reconquista”. Poco a poco, esa idea original de que sirviera de nexo entre las poblaciones americanas e ibéricas, rebosante de eurocentrismo, ha ido dando paso a una celebración patria en la que las antiguas colonias son “invitadas” como beneficiarias de los avances que la conexión con España les produjo. 

En Latinoamérica su celebración es dispar. Desde el día de la resistencia indígena de Venezuela, hasta el día del “Encuentro entre dos mundos” de Chile las formas de mantener y conservar esta fecha son muy diferentes y, desde luego sigue en disputa política permanente. Es en este punto en el que chocan dos mitos fundacionales gigantes, el mito de los colonos y el mito de quienes se descolonizaron, con un añadido que lo complica todo: el refrito de mitos fundacionales de la diáspora latinoamericana en España.

Los mitos fundacionales

Un mito fundacional tiene mucho de cómo nos hablamos a nosotros mismos. De cómo nos leemos en el mundo y en la historia. Por eso, estos mitos son funcionales cuando se batallan en terreno propio, en tu propio país, nación o cultura. 

Esta es la explicación de por qué el relato de esa España que lleva el progreso a otro continente y que, a pesar de algunas desagradables consecuencias que se disculpan en que no se puede juzgar el pasado con los ojos del presente, es tan funcional al sentimiento patriótico de la derecha española y el rojipardismo. Este espectro ideológico, rojigualdo y ganador de la guerra civil, tiene su sentido de nación y estado completamente alineado con el lugar en el que vive. 

Este nacionalismo no es incoherente con el presente en el que vivimos. Quizá pueda entenderse como inconveniente cuando se relaciona con sus antiguas colonias, pero funciona muy bien hacia dentro. Pese a todo, sí que está desconectado de la realidad histórica, especialmente si se une al mito de que el origen de España se encuentra en ese 1492. No sólo es que el concepto de España de aquella época es muy cuestionable, sino que en aquel momento ni existían las naciones como tal (que siendo generosos podríamos situarlo en el tratado de Westfalia) y que en aquella época histórica la confesión religiosa era más importante que el lugar de nacimiento. 

Igualmente, la idea de que se llevó el progreso es un delirio. De entrada, no se tenía intención alguna de cooperar con aquellas tierras, sino establecer una ruta comercial más próspera que las existentes evitando al imperio Otomano por el camino. De hecho, una vez que la corona de Castilla supo de las riquezas del territorio, se aseguró el dominio de la zona (ejemplo de ello son el tratado de Tordesillas y las bulas Alejandrinas). Luego no hubo una intención de hacer prosperar esa región del mundo, sino de dominarlo y extraer sus riquezas. 

Por otro lado, para la izquierda española (en el más amplio sentido del término) no funciona tan bien esta idea. Herederos del republicanismo, ni se identifican con el modelo de estado actual, ni con el revisionismo nacionalista propio de la escuela nacionalcatólica franquista, ni con el folclorismo de la cabra de la legión, la montera taurina y la gitana flamenca encima del tapete. Es un espectro ideológico huérfano de todo identitarismo patrio.

Una orfandad propia del devenir de su republicanismo. La primera república fue un fracaso. La segunda república, pese a haber sido reivindicada hasta la saciedad, ha sido desfigurada por la propaganda nacional católica. Para más inri, terminó con un genocidio del que ya nadie habla porque se ha reconvertido en una guerra civil: una suerte de matanza entre hermanos fruto de una locura generacional llena de odios y envidias. Igualmente, otros hitos históricos reivindicables tienen mal encaje para la izquierda, han sido revisionados por la derecha y el nacionalcatolicismo o, en el caso de la revuelta de los comuneros, no son conocidos por la mayor parte de la población. 

Con todo, desde los años 90, un nuevo actor político entra en escena, la población migrante. Un sector de la población que trae sus propios mitos fundacionales incorporados pero que, en su condición de extranjeros, no entran a rivalizar en este tipo de disputas. Sin embargo, sus descendientes, migrantes de segunda y tercera generación, tan españoles como el resto, si adquieren la posibilidad de disputar los mitos fundacionales en igualdad de condiciones.

Es es este punto donde se encuentran los huérfanos de patria republicana con los desheredados de la nación española (migrantes). De esta alianza van a surgir gran parte de los discursos que estamos viendo en los últimos tiempos y que propugnan una suerte de expiación de culpa por un supuesto genocidio que todos los nacidos en la península ibérica cometimos. ¿Pero de verdad lo cometimos?

Ni América era el paraíso terrenal, ni hubo épica española en la conquista

Gran parte del discurso que escuchamos hoy en día ensalza la resistencia indígena a la conquista de Colón y pone el foco en las atrocidades cometidas por los conquistadores hasta alcanzar su dominio. Al mismo tiempo, se pone en valor una supuesta sabiduría ancestral que permitía a los pueblos originarios vivir en armonía con la naturaleza y en paz. Nuevamente irrealidades fruto de mitos fundacionales. 

No es cierto que los pueblos amerindios vivieran en armonía con la naturaleza. Los Mayas sin ir más lejos tuvieron que abandonar importantes ciudades como Tikal, Copán o Palenque debido al uso intensivo de la tierra y la tala masiva de árboles y selva. Cuestión similar le ocurrió al pueblo Anasazi o Rapa Nui entre otros muchos. 

Tampoco es cierto que vivieran en paz entre ellos. América estaba llena de imperios que habían conquistado a otros pueblos para extraer de ellos sus riquezas. Así los mexicas sometieron a los pueblos como el Tepaneca o Xolchimilcas entre otros muchos. Los Incas a los Chimues, Pincuches, Collas o Lupacas y realizaron “mitimaes” (deportaciones masivas) a muchos otros pueblos. Los Caribes, por su parte, esclavizaron a las mujeres Arahucas. Y estos son solo algunos ejemplos notables, pero se podrían poner otros muchos. 

Así, la llegada de los españoles a América supone el choque entre imperios, los imperios españoles y los imperios amerindios. ¿Es moral o políticamente diferente este choque al que acabó con el imperio Bizantino en manos del Otomano en 1453? Sinceramente, no lo creo. Es más, ¿fue la primera vez en la historia en la que un imperio conquista a otro para apropiarse de sus riquezas y explotar la región económicamente? Ni mucho menos. Ejemplos de esto tenemos cientos en la edad antigua, como Roma con el Egipto Ptolemaico. Pero en el mismo contexto histórico de la conquista de América, podríamos hablar de las conquistas Venecianas al imperio otomano en los Balcanes. 

Un hecho diferencial y que a menudo se menciona es el drástico descenso de población que sufrió la zona. Algo demostrado en numerosas investigaciones y que se estima en una reducción del 80% de la población. Sin embargo, la mayor parte de estas muertes se deben al contacto de los pueblos indígenas con enfermedades que desconocían y para las que sus sistemas inmunológicos no estaban preparados. Así, la hepatitis, la viruela, el sarampión, la gripe, el tifus, la difteria y la tuberculosis produjeron el mayor colapso demográfico de la historia de la humanidad. Una cuestión de la que los españoles son responsables involuntarios, pero, sin duda, no son culpables. No solo es que no se conociera el origen de las enfermedades, sino que fue mucho más tarde cuando los europeos usaron técnicas de guerra bacteriológica en sus conquistas. Concretamente en 1763 en Fort Pitt y fueron los británicos quienes la usaron contra los ottawas. 

Así, a modo de conclusión podemos decir que efectivamente fue un choque entre imperios. Un imperio, el invasor, que pretendía enriquecerse con los recursos del otro, tal y como han hecho todos los imperios a lo largo de la historia. Sin embargo, la conquista no fue fruto de batallas heroicas ni de una superioridad militar apabullante. Más bien fue fruto del oportunismo y el azar. Por un lado, los españoles se encontraron pueblos diezmados y decadentes fruto de las enfermedades, como se recogen en muchas cartas de la época. Por otro, los españoles supieron aliarse con los pueblos sometidos para acabar con los grandes imperios y alzarse con el dominio de los territorios.

A nivel bélico había diferencias importantes, pero no trascendentales. Es cierto que los españoles contaban con armas de fuego como los arcabuces, pero no eran más eficaces en esos siglos que las propias flechas. La artillería y la metalurgia sí que fue decisiva, sobre todo en muchos asedios, pero requerían de una capacidad logística que era bastante limitada para los españoles. Los pueblos amerindios contaban con una abrumadora superioridad numérica (la expedición española más numerosa, la de Hernán Cortés, contaba con unos 600 hombres), una gran capacidad logística y con un incuestionable conocimiento del terreno.

Es decir, hubo resistencias indígenas, por supuesto, como había habido resistencias a las conquistas de los grandes imperios amerindios, pero el colaboracionismo y las alianzas con los europeos fueron la norma. Así Hernán Cortés se alió con Tlaxcaltecas, Totonacas, Texcocanos, Huejotzingas y Chalcas. Pizarro con Huancas, Chachapoyas y Cañaris, Pedro de Almagro con los Yanaconas y Cañaris o Pedro de Valdivia con los Picunches.

Probablemente sin el colapso demográfico y, sobre todo, sin la alianza de los españoles con los pueblos amerindios sometidos a los imperios precolombinos, la conquista de América habría sido imposible.

 De esclavización, maltrato y evangelización forzosa

Uno de los temas más recurrentes en las discusiones sobre el pasado colonial español es el trato que se dio a los pueblos nativos sometidos. Aunque suele ser muy complicado analizar tiempos pasados sin imbuir el análisis de cierto presentismo, vamos a intentarlo.

No cabe duda de que no es posible cambiar por completo la cultura y la religión de un territorio sin violencia. Del mismo modo, hay que entender que el sistema económico cambió por completo y se moldeó en función de las necesidades de la metrópoli. Para conseguirlo se utilizaron todo tipo de estrategias.

En primer lugar, los pueblos que se aliaron con los españoles recibieron trato diferenciado frente al resto y se les permitieron pequeñas cotas de poder (quizá el ejemplo más conocido es el de los Tlaxcaltecas y los Kurakas). De esta forma se impuso una pequeña nobleza indígena a los que se les concedieron títulos, escudos de armas y se les eximió del pago de tributos o de trabajos como la mita o la encomienda. También se les permitió portar armas, poseer tierras y el uso de caballos (que estaba prohibido para el resto). Esta “nobleza indígena” será crucial para que los españoles, mediante matrimonios forzados o pactados, se establezcan como herederos legítimos de la autoridad sobre las tierras. 

En segundo lugar, se produjo una invasión de órdenes religiosas cuya misión era evangelizar a los americanos. Esto supuso la destrucción de arte y simbología religiosa indígena, así como la educación forzosa de la infancia en torno a las iglesias, la movilización y concentración forzosa de pueblos en grandes ciudades y la prohibición absoluta de cultura, folclore y simbología nativa. 

Por último, se obligó a los nativos a trabajar bajo diferentes fórmulas. Una de las fórmulas empleadas era la encomienda. La encomienda consistía en una concesión de la corona para “proteger” a un grupo de nativos, cristianizarlos y recibir a cambio trabajo y tributo de estos. En teoría, el encomendero no podía esclavizarles ni venderles, pero en la práctica fue una forma de esclavización encubierta y de abuso contra la población indígena que generó muchos problemas.

Otro método, posterior, fue la mita. Esta consistía en que un porcentaje de la población masculina de cada pueblo iba a trabajar durante largos periodos de tiempo y, acabado este periodo era relevado por el siguiente turno de hombres de esos mismos pueblos. El caso más extremo fue el de las minas de Potosí, donde los mitayos trabajaban 12 horas diarias durante 4 meses, descansaban otros 4 meses y tenían que volver a las minas (aunque el volver a sus pueblos podía llevarles semanas). El salario que recibían apenas costeaba la manutención diaria durante la mita por lo que muchos mitayos contraían deudas con el dueño de las minas. Deudas que se heredaban familiarmente y que condenaban a la ruina a comunidades enteras. 

Estas formas de maltrato y esclavización encubierta fueron combatidas por las órdenes religiosas, especialmente dominicos y jesuitas. Sus protestas llegaron a la corte y obligaron a un tenso debate sobre cuál era el trato que debían recibir los indígenas. Consecuencia de ello fueron las Leyes de Burgos (1513) que declaraba a los indígenas como personas libres y se prohibía el castigo físico (que apenas se cumplieron) y las Leyes Nuevas (1542) donde se limitaba el poder de los encomenderos, se suspendía la herencia de la encomienda y se reforzaba la autoridad de los funcionarios reales (virreyes). Estas leyes supusieron grandes resistencias, incluso rebeliones, lo que llevó a nuevas prácticas como las mitas anteriormente mencionadas.

En resumidas cuentas, se produjeron abusos, maltratos, violaciones, castigos físicos y torturas además de trabajos forzosos. De esto hay ingentes pruebas documentales. Por otro lado, también hubo un intento de regular las condiciones de los nativos y de dotarles de derechos que fueron desarrollándose con el paso de los siglos a través de las denominadas Leyes de las Indias. En concreto, la controversia de Valladolid (1551), es decir, el debate sobre si los indígenas tenían alma o no, fue decisivo para comenzar un proceso de concesión legal de derechos que, aunque en la práctica no tuvo una aplicación inmediata, fue un avance legal sin precedentes: se reconocían como súbditos libres, derecho al trabajo remunerado, reconocimiento del derecho al uso de las tierras comunales, prohibición de destruir templos de culto indígena, etc. 

Así, el maltrato y la violación de lo que hoy entendemos como derechos humanos es incuestionable. Todo ello con la ayuda de una nobleza indígena colaboracionista y beneficiaria de su situación de privilegio. Pero no se puede desconocer el esfuerzo de la metrópoli de dotar de derechos a la población nativa y controlar la situación aumentando el poder de los virreyes y autoridades funcionariales locales. Algo que con el paso del tiempo, y una compleja sucesión de acontecimientos, va a ser fundamental para entender los procesos de descolonización.

El oro robado a América

Otro de los temas recurrentes en los debates sobre el pasado colonial español es la demanda de devolución del “oro robado”. Una suerte de demanda de compensación ya que los países que se descolonizaron no han podido disfrutar de las riquezas que le eran propias y, según este discurso, la metrópoli tiene una deuda histórica con las personas latinoamericanas. 

Por un lado, es innegable que quienes vivimos en Europa hemos recibido una herencia histórica (involuntaria) fruto de la colonización americana. Así, el desarrollo europeo posterior al siglo XV hubiese sido imposible sin la ingente entrada de capital procedente de América. Un capital decisivo en el surgimiento posterior del capitalismo y en crecimiento del resto de imperios europeos que salieron a colonizar el mundo hacia el siglo XVII, multiplicando con ello el capital entrante en Europa. 

Este desarrollo del que somos herederos fue posible también por ciertos productos americanos como la patata. Un tubérculo que no solo permitió afrontar hambrunas como la del siglo XVII, sino que facilitó la explosión demográfica del siglo XVIII y que llevó a duplicar la población europea en menos de 150 años. 

Sin embargo, es importante entender qué sectores de la población se beneficiaron masivamente de este desarrollo y que países fueron mayoritariamente beneficiados. La población europea mayoritaria, las clases populares, no eran partícipes del capital incorporado de América. Capital, que estaba en manos de la nobleza y la burguesía, mientras que el campesinado, la mayor parte de la población, seguía viviendo en condiciones de miseria, atraso y pobreza.  

Y es que el destino de las riquezas extraídas en América fue curioso. La mayor parte del oro y la plata que obtuvo España la gastó en financiar guerras para mantener el Imperio Español y en comprar manufacturas al extranjero. La industria española no estaba desarrollada y, en lugar de invertir para desarrollarla, la nobleza prefirió comprar en el extranjero lo que en España no se producía. Así, ese capital acabó principalmente en la banca genovesa y flamenca durante los siglos XVI y XVII. A partir de ese momento, se compró mayoritariamente a Francia y, a partir del XVIII a Inglaterra. Fueron estos países (especialmente Inglaterra), quienes aprovecharon estos capitales para modernizar su industria, su producción y sus líneas comerciales beneficiándose así, de forma indirecta, de la explotación colonial española. 

Una vez que Inglaterra se convirtió en la vanguardia industrial mundial, y que poseyó la mayor red colonial y comercial del mundo, los capitalistas ingleses acudieron a implantar su industria a España o a los países latinoamericanos descolonizados. Va a ser en estos procesos de renovación productiva y económica donde surgirá el movimiento obrero y será a partir de entonces donde las clases populares lucharán encarnizadamente por ser partícipes de los avances de este desarrollo.

De hecho, las condiciones de partida del movimiento obrero en España son similares a las que se vivían en muchos lugares de las colonias. Tras el hundimiento económico del campo, las guerras carlistas y la liberalización económica, el campesinado se vio obligado a emigrar a las ciudades para subsistir. Unas ciudades sin infraestructuras para acogerles y con una industria que no tenía ningún tipo de regulación para sus actividades. Así, el trabajo infantil a partir de los cinco años, las jornadas diarias de doce o catorce horas, el hacinamiento, la mala alimentación (a veces con productos de deshecho), las epidemias y las altas tasas de mortalidad eran la norma a mediados del siglo XIX. 

Es en estas condiciones en las que nació el movimiento obrero en España. Unas clases obreras que no lucharon por disfrutar de los beneficios del capital, sino por retener en sus manos un mayor porcentaje de la plusvalía que generaban con su trabajo a los capitalistas. Es decir, los derechos que fueron conquistando los obreros se pagaban con el dinero que generaba su propio trabajo y que, sin esas conquistas, hubieran acabado en el bolsillo de los capitalistas.

La élite criolla y la descolonización

El siglo XVIII, con las guerras de sucesión española, se produce un cambio social fundamental en las colonias americanas que es clave para entender los procesos de descolonización americanas. 

El final de estas guerras de sucesión supone el inicio de la dinastía borbónica en España y el fin de los Austrias. La dinastía entrante impulsó una serie de reformas importantes que intentaron sacar a España de la crisis económica que arrastraba durante todo el siglo anterior. Estas reformas borbónicas supusieron importantes cambios para la élite criolla. 

La élite criolla era heredera de los conquistadores españoles y la nobleza indígena y durante el siglo anterior se había hecho fuerte. Habían consolidado su poder económico, primero heredando las encomiendas (s. XVI) y posteriormente con las mitas y la acumulación de tierras (s. XVII). Así, los criollos tenían en su poder la mano de obra indígena, eran terratenientes, propietarios de minas e importantes comerciantes, en ocasiones, incluso, importantes contrabandistas con potencias extranjeras. También alcanzaron durante el siglo XVII cotas de poder político importante a través de los cabildos y ocupando puestos funcionariales importantes que quedaron vacantes por el retorno de funcionarios a la península (como los oidores). 

Las reformas borbónicas del siglo XVIII crearon nuevos puestos funcionariales (como los intendentes), solo leales al rey, que ocupaban exclusivamente españoles peninsulares. Igualmente fueron desplazados de los altos mandos del ejército y la administración, se aumentó la presión fiscal sobre las explotaciones mineras, agrícolas y ganaderas, y, también, se reforzó el monopolio comercial de la corona. Se centralizó la administración política y económica creando nuevos virreinatos y recortando el poder de los cabildos. Todas estas reformas perseguían mejorar el control económico, la recaudación de impuesto y los flujos de capital hacia la península. En la práctica, se desplazó del poder económico y político a una casta, la criolla, que era más rica que nunca y que vio frustradas sus aspiraciones de ser la clase dominante.

En este caldo de cultivo, y con la fuerte influencia del pensamiento ilustrado y el ideario liberal, el estallido de las revoluciones americana y francesa fueron el detonante de la descolonización americana. Así, la burguesía criolla, una élite rica, terrateniente y que había explotado la mano de obra indígena durante los últimos tres siglos se va a aliar con el imperio inglés para trazar un nuevo rumbo político fuera del dominio español. Este cambio supuso el fin del marco legal colonial basado en castas raciales a un orden liberal de ciudadanos libres. Aunque, en la práctica, esto no fue del todo así

En la práctica, el orden post colonial siguió siendo profundamente racista ya que la riqueza, la educación y la propiedad estaba fuertemente ligada al origen étnico y al color de piel. Así, el poder económico y político se mantuvo en manos de la élite criolla (americanos españoles), es decir, en la burguesía. La pequeña burguesía la siguieron conformando criollos pobres, mestizos adinerados y blancos de orilla. Las clases pobres siguieron siendo mestizos, indígenas y negros libres (pocos). Y, tal y como había ocurrido durante el colonialismo español, los nuevos países libres de Latinoamérica mantuvieron el esclavismo de las personas negras. 

De hecho, se produjo una paradoja terrible, tanto libertadores como realistas prometieron a la población negra la libertad, pero, una vez que Simón Bolívar ganó la contienda, otorgó libertad exclusivamente a los combatientes, dejando desamparadas a las mujeres negras y a su descendencia. 

Otra paradoja del conflicto fue que, aunque se prometió que todos los ciudadanos serían libres e iguales, la abolición de las leyes coloniales dejó en desamparo legal a la población indígena y mestiza. Por un lado, perdieron la protección de Audiencia y el Defensor de los Indios (una figura similar al defensor del pueblo), por otro, vieron como su principal sustento, las tierras comunales, fueron desamortizadas tras la descolonización (se las quitaron). Además, fueron objeto de reclutamiento militar obligatorio (cosa que no ocurría con criollos) y de un proceso de asimilación cultural forzosa, ya que durante el siglo XIX se veía a las poblaciones indígenas como un obstáculo para el progreso. 

En resumen, los procesos de descolonización no supusieron procesos de liberación de las masas oprimidas, sino la sustitución de unas élites españolas por unas élites regionales que eran descendientes de españoles. Además, la población negra, indígena y mestiza siguieron siendo la clase social desposeída pero con menos protecciones legales frente al abuso, la explotación y la violencia que sufrían por parte de la pequeña y alta burguesía. 

Qué hacemos con todo esto

Una vez repasados los acontecimientos históricos que nos han traído hasta este punto, toca pensar en qué hacer. Algo evidente es que en esta disputa existen dos planos, uno objetivo: la festividad del 12 de octubre, el pasado colonial español y la descolonización; y otro subjetivo: el mito español del progreso llevado a América y los mitos de cada país Latinoamericano que defiende las bondades de su proceso emancipador. ¿Podemos crear una subjetividad alternativa? Yo creo que sí.

En primer lugar, debo decir que pensar en otra fecha como día nacional es complicado. No tenemos apenas fechas que nos encajen bien. Es muy difícil pensar historiográficamente España como una nación antes del s. XVII con la guerra de sucesión o, si nos vamos a la visión más subjetiva, a antes de la Guerra de Independencia y los fusilamientos del 2 de mayo. Estas fechas son complejas por lo contradictorio: si bien una es una sucesión dinástica, en la otra el pueblo se levantó contra quienes traían el progreso y clamaron por el retorno de Fernando VII. Por otro lado, tendríamos la aprobación de la constitución de Cádiz, que, sin ser una mala efeméride, sigue siendo una constitución que clama por la vuelta de Fernando VII. 

Las fechas propias de la II República Española no van a producir consensos mayoritarios en la sociedad, al menos actualmente. No es algo que exprese con gusto, sino que constato un hecho fruto de las derrotas políticas sufridas. Así, hasta que no cambie la hegemonía política y podamos celebrar como día nacional el de la III República Española; y en vista que celebrar como fiesta nacional el día que España ganó el mundial de fútbol parece poco serio (a pesar de ser un elemento político incuestionable), creo que no queda otra que asumir el 12 de octubre como festividad nacional, pero resignificándola.

En segundo lugar, creo que es un completo despropósito que se plantee este día como un momento en el que expiar culpas colectivas. No todos participamos del proceso colonizador, ni masacramos, violamos y torturamos para explotar el continente, ni disfrutamos del capital sustraído a esas tierras ni sus beneficios. Es más, la mayoría de quienes lean esto difícilmente serán capaces de llevar su árbol genealógico más allá de tres o cuatro generaciones. Son aquellos que pueden rastrear sus apellidos hasta los confines de la historia, aquellos que gozan de esa herencia de sangre quienes quizá tengan que expiar alguna culpa. 

Mis antepasados, presumiblemente obreros y campesinos, pobres y explotados parias de una tierra que jamás poseyeron, vivieron bajo el yugo explotador de las mismas familias que expoliaron el continente americano. Así, por tanto, me niego en rotundo a aceptar lecciones morales históricas de descendientes criollos, de blancos de orilla o de mestizos adinerados con el suficiente capital como para emigrar en vuelo trasatlántico en lugar de a pie o en burro como hicieron mis bisabuelos. 

Tampoco creo en el oportunismo de ciertos partidos y movimientos sociales que tratan de mostrarse beligerantes frente al nacionalismo español en estas fechas amparándose en un discurso que tiene más de mito fundacional latinoamericano que en realidad histórica. No tiene sentido tratar de dar la batalla hegemónica en España usando para ello mitos creados en el antagonismo nacionalista. Y es que, confundir nación con patria (o nacionalismo y patriotismo) es una enfermedad propia del izquierdismo un tanto infantil.

Patria es un concepto subjetivo que tiene más que ver con la cultura y cotidianeidad de los sujetos que con su origen geográfico. Aunque con el paso del tiempo y la globalización se ha desdibujado mucho el concepto, caben muchas patrias en un mismo país ya que la experiencia es completamente diferente según tu clase social, sexo o región en la que vivas.  A pesar de ellos, hay muchos nexos de unión entre quienes comparten cultura, idioma o clase social. 

Por otro lado, las naciones son áreas geográficas donde se defienden órdenes económicos, políticos y sociales concretos, cuyos intereses están reforzados ideológicamente por el nacionalismo. Es decir, la primacía de una nación y sus intereses, sobre otra. En palabras de Romain Gary: “Patriotismo es el amor por los tuyos, nacionalismo es el odio a los demás”.

Y es que los mitos fundacionales nacionales tienen más de nacionalismo que de patriotismo. Sirven más a los intereses de las élites que dominan que a las clases populares. De ahí la importancia de despojar nuestros discursos de mitos falaces y de nacionalismos: si queremos enmendar el orden existente, podemos apoyar un sentimiento de patria, pero no uno de nación y, desde luego, no sucumbir ante las ideas nacionalistas. 

Para ello es fundamental desenmascarar los mitos fundacionales. Es importante reconocer el daño que la corona española hizo en América igual que es importante desenmascarar el proceso de descolonización criollo. Al final, no podemos olvidar que las mayorías sociales a un lado y otro del océano estaban igualmente subyugadas.

Por todo ello, propongo un esfuerzo real y decidido por resignificar el 12 de octubre desde una perspectiva de patria propia de quienes hemos construido este país con nuestras propias manos y no pretendemos rivalizar con otros, sino cooperar para lograr un desarrollo mutuo. Un día donde hablar de la patria que queremos ser y no del folclore impuesto por las élites. Pasar de un “nada-que-celebrar” a un “mucho-por-hacer”. Un día que no hable de reparación entre iguales, sino de que rindan cuenta los poderosos. Un día para pensarnos en propositivo.

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