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La estafa del autocuidado femenino 

Tras un marketing de colores pastel, se multiplican como setas distintos espacios en internet que parece que se preocupan muchísimo por nosotras las mujeres. Insisto en el parece, porque no es. Parecen perfiles no sólo inofensivos, sino necesarios, que afirman hablar de temas que son tabú, de problemas nuestros de los que nadie habla, y de temas que atañen al sexo femenino. Además, suelen ser dirigidos por mujeres, y con colaboradoras e invitadas mujeres también, y es difícil que nos salten las alertas porque logran crear, al consumir sus contenidos y entrevistas, una sensación parecida a estar tomándote algo con amigas. 

Sin embargo, entre jajas, confesiones y sonrisas, consiguen que se nos olvide el hecho de que no todo lo que hace una mujer es feminista, ni tampoco necesariamente bueno para nosotras. Consiguen que olvidemos, también, que el opresor no sería tan fuerte si no tuviera cómplices entre los propios oprimidos, como afirmó sin fisuras Simone de Beauvoir.

Estos espacios digitales de autocuidado femenino son la versión actualizada a la nueva era de esas revistas femeninas que todas hemos visto cubrir la mesa de cualquier peluquería. Y a las millenials como yo, también nos da un tufillo rancio a esos cuestionarios de cosas de chicas que aparecían en revistas como Bravo o SuperPop, que en base a un puñado de preguntas tipo test, nos facilitaban trucos y recomendaciones.

Los hay de prácticamente todas las temáticas (crianza, deporte, finanzas, psicología…), pero los que más encienden la llama de mi ira, como psicosexóloga, son los que hablan de cuestiones relacionadas con nuestro cuerpo y sexualidad.

Desgraciadamente, la sexología es una profesión que no está regulada en España, y cualquiera puede serlo con hacerse un curso breve (cuyos planes de contenidos tampoco están regulados), y cada vez abundan más las sexólogas y las coach sexuales que, sin tener normalmente ninguna otra formación de base que dé consistencia a su currículum y haga de la sexología una especialización (matronas, fisios, enfermeras, psicos, etc.), ya se creen con El Saber Sexológico en su poder, y delante de un micrófono lanzan mensajes muy dañinos, consumistas y peligrosos.

Con muy pocas excepciones, en estos espacios no sólo divulgan mal nuestra anatomía, mutilando partes importantes de la vulva, haciéndonos creer que el clítoris es sólo su glande, o que tenemos partes que la ciencia ya se ha quedado afónica tratando de desmentir, como el misógino punto G. Y además de confundirnos sobre qué tenemos, nos cuentan muchísimas mentiras sobre ‘cómo debe cuidarse adecuadamente una mujer’. 

Salvo los casos con diagnósticos derma/ginecológicos, donde es frecuente que tenga que formar parte de nuestra rutina genital alguna crema o medicamento para paliar los síntomas de nuestra dolencia, la vulva necesita muy pocas cosas para estar bien, y casi ninguna se compra.

Nos cuentan la mentira de que la vulva huele mal, y que debe de ser limpiada con jabones especiales y productos anti-odor. Nos engañan hablándonos de la vulva adulta como si fuera infantil, y  nos recuerdan que si no queremos una vulva madura y protuberante siempre podemos entrar a quirófano a aclararla, o rellenarla o recortar esos centímetros de más, que tanto recuerdan a los kilos de más de la cultura de la dieta. Nos engañan romantizando el skin-care vulvar con la misma normalidad que, desgraciadamente, rodea al skin-care de la piel de la cara, relacionándolo con el amor propio, la confianza y el autocuidado. Nos invitan a meternos por la vagina cachivaches para sensibilizarla, dilatarla, lubricarla y ejercitarla, como si no hacer nada con ella fuera una especie de imperdonable sedentarismo vaginal, y crecen como la espuma las ventas de innecesarios huevos, pesas, masajeadores y dilatadores. Nos insisten en que es fundamental que nos dejemos un dineral en suplementos alimenticios y en productos especiales cuando ya no menstruamos, hablando del climaterio como si fuera una enfermedad que requiere un tratamiento, en vez de como una época más del ciclo sexual de la mujeres para la que nuestro cuerpo está más que preparado.

Estas falsas gurús del empoderamiento femenino lo que no nos cuentan es ninguna de las grandes verdades. No nos cuentan que los geles y cosméticos van hasta arriba de derivados del petróleo y otros tóxicos que pueden alterar el equilibrio hormonal, y modificar nuestro ecosistema vulvovaginal. No nos cuentan que cualquier intervención con fines estéticos conlleva muchos riesgos, como por ejemplo, perder la capacidad orgásmica para siempre. No nos cuentan que en la vagina, salvo que una matrona o fisio de suelo pélvico así nos lo índice, no necesitamos meter absolutamente nada, y menos objetos porosos que son un nido de microorganismos. No nos cuentan que la menopausia es el inicio de una época generalmente fantástica donde desaparecen las oscilaciones hormonales del ciclo y se homogeneiza nuestra energía.

Como cualquier otra industria, la del autocuidado femenino no busca poner fuerte nuestra autoestima. Lo que busca es confundirnos, crearnos inseguridades y complejos, y vendernos después su “solución”.

Porque lo que pone fuerte la autoestima sexual de las mujeres es conocer la enorme diversidad de vulvas que existen, que hay tantos labios como mujeres y que no hay ningún tamaño de labios a partir del cual debamos preocuparnos. Nos llena de confianza conocer las dimensiones reales del clítoris, cómo es un funcionamiento, y saber que los labios internos son sus alas de cara al placer. Nos da seguridad saber que la vulva huele a vulva, y a vulva tiene que oler, y que lo único que necesitamos para su limpieza es agua y nuestros dedos pasando entre los pliegues. Nos mejora la vida saber que para la sequedad, nada mejor que el aloe vera o el aceite de oliva. Y lo que de verdad es cuidarnos bien, cuidarnos de verdad, es mirarnos y tocarnos la vulva siempre que podamos, para mantener vivas y disponibles las carreteras vulva-cerebro que se encargan de su salud y sensibilidad, y mantener un hueco generoso dedicado a la vulva en nuestro mapa mental cerebral.

Y la siguiente mejor forma de cuidarnos, es no consumir autocuidado femenino que nos invite a comprar cosas que no necesitamos, que nos haga sentir que siempre hay algún aspecto corporal que modificar y que no respete nuestra naturalidad radicalmente.

Porque si algo necesitamos las mujeres, es que nos dejen existir en paz, sin recordarnos continuamente que nuestra naturaleza debe de ser cambiada, mutilada o perfumada. ¡QUE VIVAN LAS VULVAS DE LAS MUJERES EN SU ESTADO NATURAL!

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