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Sobre depilación

La depilación tiene más años que Matusalén y siempre ha estado vinculada al ideal de belleza, a una supuesta mejor higiene, a la clase social y, como no, al control sobre el cuerpo de la mujer. Sin embargo, en Europa durante la Edad Media, nuestro cuerpo fue cubierto por mandato de la Iglesia, por ser considerado la puerta al mismísimo infierno: fuente de la tentación y el pecado. La existencia de nuestro cuerpo debía sacrificarse para evitar que los hombres sucumbieran a Satanás a través de la lujuria.

Con el siglo XX, llegó el capitalismo y el marketing, perpetuando así la idealización de la feminidad desde la mirada masculina. Entre 1910 y 1920, la depilación comenzó a vincularse con la juventud, la inocencia, la corrección social y la feminidad virtuosa. ¿No da cierto escalofrío? ¿No recuerda a una estética infantilizada que roza lo pedófilo? El canon de belleza impuesto por las empresas -que explotaban los ideales sociales para crear nuevas necesidades de consumo- exigía la ausencia de vello corporal en las mujeres, salvo en la cabeza y las cejas. Y se reforzó la idea de que el vello es sucio… pero solo si lo lleva una mujer.

En 1915, Gillette lanza la primera maquinilla de afeitar para mujeres: “Milady Décolleté”, expresión francesa que puede traducirse como “Mi señora escote” o “Dama del escote”. Mientras que la de los hombres era la “Safety Razor”, “Maquinilla de afeitar de seguridad”. ¿Lo veis? En el primer caso, nosotras somos el objeto. Nos liberamos del corsé y nos encadenaron a una cuchilla.

La pornografía tampoco fue inocua. A partir de los años 70 y 80, contribuyó decisivamente a la sexualización estética del cuerpo sin vello. Los subgéneros más populares eran “teen” (adolescente), “schoolgirl” (colegiala), “barely legal” (casi legal). A medida que se normalizaba esta estética, aumentaba la demanda masculina y, con ella, la presión social sobre las mujeres. La moda, el cine y las revistas reforzaban el mensaje: para ser deseada, había que ser lisa, suave, sin rastro de vello. 

En la actualidad, el vello corporal femenino sigue siendo tabú. Basta con mirar la publicidad actual: los anuncios de depilación femenina, las modelos se rasuran piernas que ya están completamente depiladas. No hay ni un solo maldito pelo olvidado, ni siquiera uno simbólico. En cambio, en los anuncios dirigidos a hombres, el enfoque es completamente distinto. Se muestra el vello, se rasura en cámara, se demuestra la eficacia de la cuchilla.

No pretendo convencer a ninguna mujer de que deje de depilarse. No se trata de prohibir ni de juzgar. Pero sí de preguntarnos ¿por qué lo hacemos? ¿Por qué no tener una cuchilla en casa puede ser motivo suficiente para no ponernos unos pantalones cortos a 35 grados a la sombra?

Esta invisibilización no es casual. Es una forma más de borrar cualquier mínima evidencia de que las mujeres nos parecemos a los hombres, como seres humanos, más de lo que les gustaría

Todas tenemos nuestras líneas rojas. Hay espacios donde no nos sentimos seguras para llevar nuestro activismo, donde el juicio social pesa más que la convicción personal. Y no pasa nada, lo hacemos como mejor podemos. Pero al menos, seamos conscientes. Porque el cuerpo es nuestro, sí, pero los discursos que lo moldean rara vez lo han sido. Y cuestionarlos es el primer paso para recuperarlo.

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