Los antecedentes de lo que décadas después se conocería como la ‘Tríada de la Mujer Deportista’ pueden situarse entre 1960 y 1970, cuando diversos investigadores comenzaron a documentar una mayor incidencia de alteraciones menstruales severas -amenorrea y oligomenorrea- en deportistas, especialmente en corredoras. 1 Este fenómeno emergió en un contexto histórico caracterizado por la creciente participación de la mujer en el deporte competitivo. En 1966 Bobbi Gibb desafió al director de la maratón de Boston —cuya inscripción había sido rechazada alegando que las mujeres no eran fisiológicamente capaces de correr dicha distancia — al convertirse en la primera mujer en completarla de forma no oficial. Un año después, Kathrine Switzer logró inscribirse en la misma prueba utilizando sus iniciales (K.V. Switzer) -forma habitual en la que firmaba- lo que le permitió eludir la prohibición y convertirse en la primera mujer en participar oficialmente en la maratón. Por su parte, la promulgación en 1972 del Título IX -ley federal histórica en Estados Unidos que prohibió la discriminación por sexo en cualquier programa educativo financiado con fondos federales- actuó como catalizador indirecto del desarrollo del deporte femenino. Cabe destacar que esta ley fue impulsada en gran parte por Bernice Sandler, considerada la ‘Madrina del Título IX’. En este contexto, tanto las deportistas como algunos sectores de la comunidad científica expresaron su preocupación ante la posibilidad de que la identificación de un problema médico -atribuido exclusivamente a la mujer y vinculado a la práctica deportiva- pudiera emplearse como argumento para socavar los avances logrados en materia de igualdad. 2,3 No resulta sorprendente, por tanto, que la publicación en el suplemento dominical de un periódico de Portland (Oregón, 1977) de un cuestionario perteneciente al estudio de Leon Speroff y David Redwine, bajo el titular: “¿Es perjudicial correr para la salud de la mujer?” generara un fuerte rechazo.3 Muchas mujeres les acusaron de reforzar estereotipos sexistas mediante un titular sensacionalista que, lejos de promover el conocimiento científico, contribuía a perpetuar mitos sobre la supuesta fragilidad biológica de la mujer. Aun así, la participación fue considerable, con casi 900 cuestionarios completados y numerosa correspondencia personal. Esta respuesta evidenciaba, por un lado, la emergente demanda social de mayor investigación científica sobre la fisiología de la mujer deportista y, por otro, una reivindicación generalizada de los beneficios del ejercicio físico en la calidad de vida de las mujeres.
En la década de 1980, el trabajo de investigadoras pioneras — entre las que destacan la Dra. Barbara Drinkwater y la Dra. Lindberg — permitió establecer una asociación causal entre el estado hipoestrogénico de las deportistas con amenorrea y su menor densidad mineral ósea. 4,5 Ante la evidencia acumulada de una tríada de trastornos graves con repercusiones potencialmente irreversibles, 6 el Grupo de Trabajo sobre Cuestiones de la Mujer en Medicina del Deporte del Colegio Americano de Medicina del Deporte (ACSM) convocó, en junio de 1992, un panel de especialistas. En este contexto, se definió el síndrome de la Tríada de la Mujer Deportista, concebido inicialmente como la interrelación entre las conductas alimentarias desordenadas, la amenorrea y la osteoporosis. 7 Posteriormente, en 2002, se fundó la Coalición de la Tríada de la Mujer Deportista, cuya junta directiva integró desde sus inicios a investigadoras destacadas en el estudio de la fisiología de la mujer, con el objetivo de promover la salud de las deportistas y mujeres activas.
Desde sus inicios, la investigación orientada a comprender la fisiopatología de las alteraciones menstruales generó un fructífero debate científico. En 1970, la Dra. Rose Frisch — quien dedicó su vida al estudio de la fertilidad femenina — propuso su controvertida “hipótesis de la masa grasa crítica” según la cual se requiere un porcentaje mínimo de tejido adiposo para la menarquía y el mantenimiento de ciclos ovulatorios regulares. Otras corrientes, en cambio, apuntaban al estrés fisiológico inducido por el ejercicio o al elevado coste energético de la actividad física. 8 Estudios posteriores — entre ellos los denominados estudios Excalibur, liderados por la Dra. Anne Loucks — demostraron que la baja disponibilidad energética compromete la función reproductiva y el metabolismo óseo. 9 En esta línea, la Declaración de Posicionamiento del ACSM de 2007 redefinió el síndrome como la interrelación entre la disponibilidad energética, la función menstrual y la salud ósea. Tras décadas de investigación, se confirmó que el factor etiológico clave de la Tríada era la baja disponibilidad energética — definida como la energía disponible para las funciones fisiológicas básicas, tras restar el gasto energético del ejercicio a la ingesta dietética —, que puede manifestarse a través de cuatro vías: conductas alimentarias desordenadas, trastorno de la conducta alimentaria (TCA), pérdida de peso intencionada o ingesta insuficiente involuntaria. En la actualidad, se siguen investigando las secuelas clínicas y fisiológicas, incluyendo la disfunción endotelial, el perfil lipídico alterado, el incremento del riesgo de lesión y el menor rendimiento físico, entre otros. 10 En 2021 se publicó la Declaración de Consenso de la Tríada del Hombre Deportista, evidenciando que nunca fue una condición médica exclusiva de las mujeres. 11,12 La literatura científica disponible sugiere que los hombres pueden presentar alteraciones relacionadas con la deficiencia energética, como oligospermia, disminución de la libido, y osteoporosis con o sin fractura por estrés. No obstante, diversos estudios señalan que, en comparación con las mujeres deportistas, los hombres parecen requerir un grado de deficiencia energética más severo para que se vean comprometidas su salud reproductiva y ósea. 11
La tríada de la Mujer Deportista: una mirada con perspectiva feminista
El modelo biopsicosocial propuesto por George L. Engel en 1977 plantea la necesidad de considerar las dimensiones psicosociales de la enfermedad, en contraposición al modelo biomédico, centrado exclusivamente en las variables biológicas medibles. 13 Desde esta perspectiva biopsicosocial, resulta imprescindible incorporar una mirada feminista que analice de forma crítica los determinantes sociales y culturales que contribuyen al riesgo de la Tríada en adolescentes y mujeres físicamente activas.
Cowley y colaboradores 14 analizaron la proporción de participantes masculinos y femeninos de los estudios publicados por las seis principales revistas de ciencias del deporte (2014- 2020). Los resultados evidenciaron que únicamente el 6% del total de las investigaciones se llevaron a cabo exclusivamente en mujeres. Este sesgo tiene implicaciones importantes, ya que numerosas guías actuales se basan en estudios realizados en población masculina, que extrapolan los resultados a las mujeres, ignorando así las diferencias anatómicas, fisiológicas y endocrinas entre sexos. Asimismo, es frecuente que los títulos de los artículos incluyan el término “humano” cuando los participantes son exclusivamente hombres. De este modo, la continua discriminación de las mujeres en la ciencia del deporte y el ejercicio menosprecia las notables diferencias entre sexos en aspectos como el riesgo de lesión, la biomecánica, la termorregulación, el metabolismo energético, la fuerza y la hipertrofia o los patrones de sueño, desatendiendo el ciclo vital femenino y, en particular, el ciclo menstrual.
Se han señalado diversos factores responsables del sesgo de sexo en la literatura de las ciencias del deporte y el ejercicio. Por una parte, las fluctuaciones hormonales de la mujer asociadas al ciclo menstrual suponen un reto metodológico, con el consiguiente aumento del coste económico de los experimentos. Además, existen menores subvenciones y financiación por parte de las organizaciones deportivas femeninas, cuyos presupuestos son más reducidos. Asimismo, existe una notable infrarrepresentación de las mujeres en diversos campos científicos, incluyendo la investigación médica, con una baja contribución en la elaboración de guías clínicas, así como una presencia limitada en puestos de liderazgo. Martínez-Rosales y colaboradores 15 analizaron 4841 artículos publicados en revistas de ciencias del deporte entre el año 2000 y 2020, reportando que solo el 19.7% de los puestos en los consejos editoriales estaban ocupados por mujeres, y ninguna, de las 14 revistas seleccionadas, contaba con una mujer como editora jefa. Dado que los editores toman decisiones relacionadas con los temas de investigación relevantes, la baja representación de las mujeres en los consejos editoriales constituye un factor clave que explica, al menos en parte, la menor priorización de determinadas líneas de investigación relacionados con la mujer en las ciencias del deporte. Otro aspecto que merece un análisis en profundidad es la ausencia de perspectiva de género en los planes de estudio (incluyendo el Grado de CCAFyD). 16 En esta línea, es interesante mencionar la importante infrarrepresentación de las mujeres en el Grado de CCAFyD, que, en Cataluña, pasó de representar un 32.8% (curso 2001-2002) a un 23.9% (curso 2021-2022).
Otros aspectos de suma relevancia son la hipersexualización, los estereotipos de género, así como la exposición del cuerpo en determinadas disciplinas deportivas. A su vez, la estigmatización y tabú de la menstruación reportados en el estudio de Sánchez-López y colaboradores, 17 así como las emociones negativas asociadas a la misma (vergüenza, miedo, preocupación), ponen de manifiesto la baja alfabetización menstrual en España. De forma adicional, la normalizada medicalización del cuerpo de las mujeres sigue favoreciendo la prescripción de anticonceptivos hormonales orales en mujeres con amenorrea hipotalámica funcional, a pesar de que la evidencia científica lleva años desaconsejando esta práctica. 18
Si bien este artículo no ofrece un análisis exhaustivo, es importante reflexionar sobre los factores que respaldan la necesidad de abordar la Tríada de la Mujer Deportista como entidad propia desde una perspectiva feminista.
Prevalencia de la Tríada de la mujer deportista: España, 2025
En 1977, Leon Speroff coincidió con las críticas al titular sensacionalista publicado en un periódico de Portland, escogido por el editor sin consultarles. No obstante, el objetivo de su esfuerzo se centraba en reclutar participantes que permitieran detectar tendencias que abrieran vías para futuras investigaciones. 3 Más de cuatro décadas después, se publicó el primer artículo que analizaba la prevalencia de riesgo de la Tríada en mujeres españolas físicamente activas. 19 Al igual que ocurrió con aquellos primeros investigadores, los mensajes personales recibidos por multitud de deportistas evidenciaban un vacío en el reconocimiento y abordaje de la Tríada por parte de profesionales sanitarios y del ámbito deportivo. Los resultados obtenidos fueron preocupantes: de una muestra de 1154 (edades comprendidas entre 15-45 años), el 40% (n=462) de las encuestadas estaba en riesgo de la Tríada, el 24,3% (n=280) en riesgo de trastorno alimentario subclínico y el 7,3% (n=84) en riesgo de trastorno alimentario clínico. Ante los hallazgos obtenidos, es esencial que la investigación contribuya a avanzar en la comprensión de la fisiología femenina, desarrollando estrategias efectivas para optimizar su salud y rendimiento deportivo. Adicionalmente, un enfoque del ejercicio físico y el deporte basado en la equidad, comprometido con erradicar los estereotipos de género, sesgos y prácticas discriminatorias que oprimen a las mujeres, brindaría la oportunidad de desafiar los discursos hegemónicos sobre sus cuerpos, aceptando y celebrando la diversidad corporal. 20,21
DOI: https://doi.org/10.1080/15502783.2025.2590641
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