El patriarcado es un sistema social creado por nosotros, los hombres, y para nosotros, los hombres. A través del machismo, este configura lo que nosotros entendemos por la identidad y el funcionamiento psicológico y relacional de un hombre.
Esta identidad patriarcal supone que los hombres somos ontológicamente superiores a las mujeres y que, por lo tanto, la única relación que podemos tener con ellas es la de dueños y señores: una relación profundamente misógina.
Esta identidad también nos lleva a funcionar desde un profundo egoísmo, en virtud del cual nuestros deseos y necesidades siempre están por encima de todo y de todos. Esta construcción de nuestra identidad de “hombres”, si bien es cultural y la incorporamos desde niños en nuestra socialización, en la adultez es una elección consciente. Los hombres elegimos funcionar de una manera machista por los privilegios que este funcionamiento patriarcal nos otorga.
Este es el escenario que configura la violencia con la que los hombres hemos oprimido y violentado a las mujeres a lo largo de la historia de la humanidad; violencia que ha ido mutando de rostro con el tiempo, pero cuyo origen y fin son siempre los mismos: el cruel delirio de creernos superiores a las mujeres.
¿Qué papel podemos cumplir entonces los hombres frente a este sistema que violenta a las mujeres? Un sistema que nosotros mismos hemos creado y sostenemos, y que configura nuestra identidad y funcionamiento como hombres.
Lo primero es asumir que nosotros somos ese sistema. No sus víctimas ni quienes lo padecen. El patriarcado somos nosotros, los hombres. Si no nombramos con claridad esto, sin justificaciones ni victimismos, todos nuestros intentos para enfrentarlo no pasarán de ser meras simulaciones performáticas para mantener el statu quo.
Si los hombres no somos capaces de mirarnos al espejo y reconocer que somos parte de ese sistema cruel que ha destrozado la vida de millones de mujeres a lo largo de la historia de la humanidad en todo el mundo, no podremos sentir la culpa y la vergüenza suficientes para plantarnos frente a él y decir: “ya no quiero ser parte de esto”.
Asumir que mis violencias individuales sostienen y fomentan este sistema es fundamental para no quedarnos en la mera “mejora personal” para ser un “buen hombre”. Lo personal es político, señalan las feministas, y es urgente que los hombres lo entendamos y lo apliquemos a nuestras vidas.
Solo un hombre que es capaz de nombrar sus propias violencias machistas y entender cómo estas sostienen el patriarcado puede, con honestidad, preguntarse: ¿qué puedo hacer yo frente a este sistema del que soy parte?
Asumiendo la realización del primer paso, viene lo que, a mi parecer, es la brújula ética que todo hombre debe tener a la hora de luchar contra sus propias violencias patriarcales: “yo nunca voy a dejar de ser parte de este sistema”.
Como hombres cuya identidad y funcionamiento psicológico y relacional se dan desde y para el patriarcado, es imposible que dejemos de ser hombres patriarcales, hombres machistas. No existe proceso psicológico ni social que nos “exorcice” del patriarcado. Siempre seremos hombres patriarcales, siempre.
¿Entonces qué nos queda? Pues, para enfrentar al patriarcado de una manera real, debemos asumir y nombrar con claridad nuestra identidad y funcionamientos patriarcales, que siempre van a estar ahí, para luego desertar de él. El único movimiento psicológico y político posible ante esta realidad es la “deserción”.
Un desertor es alguien que reconoce su origen, que sabe de dónde viene y qué lo constituye como persona, y que, justamente en virtud de esto que “conoce”, decide traicionar a su propio bando para luchar contra él, apoyando al bando que, hasta ese entonces, era el enemigo.
Desertar del patriarcado es, primeramente, un proceso interno de incendiar la propia casa que hasta ahora nos dio privilegios y comodidad. Es un autoexilio de nuestro modo de ser “hombres”. Es ver arder eternamente esa identidad que hasta ahora nos sostuvo y sostuvimos como hombres. Y digo arder eternamente porque esa casa no se terminará de consumir nunca y siempre nos llamará para habitarla nuevamente.
El hombre que deserta del patriarcado es, así, un hombre sin hogar, que debe luchar día a día contra las voces propias y extrañas que lo invitan a volver a la morada en la que nació y que lo vio crecer. Es un autoexilio ético frente a la barbarie de un sistema cruel que oprime y violenta a las mujeres para instalar su delirante lógica de superioridad.
Esta orfandad identitaria y relacional se da también en relación con el bando que hasta ahora era el enemigo y por el cual el desertor decide luchar, porque abandonar el propio bando para luchar contra él no nos convierte en parte del otro bando.
Como hombres, como ya dije, siempre seremos parte del patriarcado. Luchar contra las violencias con las que este oprime a las mujeres no nos convierte en aliados ni compañeros de las mujeres. Siempre seremos los opresores, y un opresor nunca puede ser aliado de quien oprimió. Como hombres, solo podemos ser desertores.
Mantener lúcidamente esto último es imprescindible; no podemos ser aliados porque nuestra identidad y funcionamiento de opresores siempre van a estar ahí, agazapados, esperando tomar nuevamente el control. Esta lucidez de quiénes somos y de dónde venimos nos permite no ser ingenuos con nosotros mismos y, desde un lugar de revisión y vigilancia constantes, poder relacionarnos con las mujeres desde un lugar más honestamente igualitario.
La deserción es, así, habitar un lugar vital de constante tensión e incertidumbre: una elección ética, constante, consciente y voluntaria que se realiza cada día, cada hora, cada segundo y en todos los ámbitos en los que desplegamos lo que somos.
Dejado en claro qué significa la deserción a nivel ontológico, psicológico y político, ahora toca ver las condiciones materiales necesarias para que esta sea posible.
La primera condición es que esta nunca se puede hacer en solitario. Sería muy ingenuo pensar que, como hombres, podemos revisarnos y cuestionarnos con honestidad en solitario. La deserción solo se puede hacer con otros y otras que nos ayuden a mirarnos con sinceridad.
Un grupo de hombres con el mismo deseo y camino de deserción, profesionales de la psicología con perspectiva feminista o amigos con un claro posicionamiento feminista son espacios donde esta deserción se puede incubar y tomar forma. Repito: creer que lo podemos hacer solos es solo patriarcado con perfume de “hombre bueno”.
La segunda condición es la de detener de manera tajante toda violencia personal hacia las mujeres. Esto es soltar de manera consciente las armas que nos dio el patriarcado para dejar de lastimar a las mujeres concretas con las que nos relacionamos día a día.
Es una tarea cotidiana de revisión, cuestionamiento e interrupción de nuestras violencias hacia las mujeres. Sin esta interrupción concreta y consciente de nuestra violencia personal hacia las mujeres, no puede haber ninguna deserción.
La tercera condición es la de romper de manera radical con el pacto patriarcal con otros hombres. Cuando hablaba más arriba de incendiar la propia casa, lo hacía de manera literal, no metafórica. El patriarcado funciona como sistema porque nosotros, los hombres, lo fomentamos, lo sostenemos y dejamos impunes sus violencias.
Es fundamental no tener concesiones de ninguna clase conDesertar, como ya dije, es una tarea diaria, siempre inacabada, que los hombres debemos asumir como responsabilidad hasta el último día de nuestras vidas. Es lo mínimo que podemos hacer frente a todo el daño que, como hombres, le hemos hecho a la humanidad, sobre todo a las mujeres. Se lo debemos: es justicia.
cualquier hombre, sea amigo, familiar, conocido o desconocido. La violencia machista se nombra y se denuncia de manera clara y contundente, en lo privado y en lo público. No hay otra manera de destruir la impunidad patriarcal que hemos construido durante todos estos años sobre el cadáver físico y emocional de millones de mujeres.
Solo si se dan estas tres condiciones materiales podemos decir, como hombres, que estamos desertando del patriarcado. Como hombres tenemos que entender esto: no hay redención para nosotros dentro de esta historia, solo la responsabilidad de no dejar de traicionar, una y otra vez, este sistema cruel e inhumano que hemos construido y que nos sigue construyendo como hombres.