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Ylenia y la cancelación de las mujeres

Hay mujeres a las que solo se les permite existir mientras hacen gracia.

Mientras son ruido de fondo. Meme. Caricatura. Mientras entretienen sin incomodar demasiado.

Luego, cuando dicen algo que no encaja, cuando dejan de ser cómodas, cuando ya no caben en el molde que otros les construyeron… desaparecen.

No siempre de golpe. A veces es más sutil. Un silencio que no eligieron del todo. Una retirada que se disfraza de descanso. Una voz que se apaga porque hablar sale caro.

Ver de nuevo a Ylenia Padilla en televisión no es solo volver a verla. Es mirar de frente todo lo que hicimos —y lo que se permitió desde plató, desde titulares, desde redes— cuando dejó de hacernos gracia.

Porque Ylenia no fue solo criticada. Fue desactivada.

Descalificada. Reducida. Humillada.

No hace falta irse muy lejos para recordar cómo se hablaba de ella. Los adjetivos no eran inocentes. Tampoco nuevos.

“Enferma mental”. “Límpiate la nariz”. “Nazi”, “fascista”. “Borracha”. “Polioperada”. “La silicona te ha afectado al cerebro”. “Solo sirve para f*llar”. “Odiadora”, “homófoba”.

No era debate. Era un proceso de desgaste.

Porque, cuando a una mujer se la convierte en cuerpo, en exceso, en descontrol, en enfermedad, ya no hace falta escucharla: basta con invalidarla. 

Y eso ocurrió en público. Con cámaras. Con audiencia. Con beneficio.

También con algo especialmente delicado: su salud mental.

Se insinuó, se utilizó, se convirtió en argumento. No para entenderla, sino para anularla.

Incluidas las amenazas de muerte.

Y aun así, el relato dominante hoy es otro: tiene que pedir perdón.

Por sus palabras. Por sus formas. Por sus críticas, entre ellas las que hizo sobre la Ley Trans.

Se puede estar más o menos de acuerdo. Se puede cuestionar cómo lo dijo. Pero la pregunta sigue ahí: ¿Por qué la reparación siempre va en una sola dirección?

Parte del colectivo LGTBI le exige disculpas. Pero, ¿quién se disculpa con ella? ¿Quién responde por el linchamiento sostenido? ¿Quién nombra la violencia cuando la destinataria es una mujer incómoda?

Porque mientras tanto, otros nombres siguen ocupando espacio sin haber pasado por ese mismo proceso de expulsión. Como Kiko Matamoros, por ejemplo.

No es solo lo que hacen. Es lo que se les permite.

A él se le discute. A ellas se las desautoriza.

A él se le señala. A ellas se las convierte en personajes.

Y cuando eso ocurre, ya no hay conversación posible. Solo ruido.

Hay algo más, y quizá más incómodo todavía: el contexto ha cambiado, pero no tanto como parece.

Hubo un tiempo —no tan lejano— en el que la televisión empujaba a las mujeres a un lugar muy concreto:

ser objeto, ser cuerpo, ser espectáculo.

Callar cuando tocaba. Exagerar cuando convenía. Aguantar cuando hacía falta.

Ser, en definitiva, sujeto pasivo.

Hoy, en cambio, la televisión se reviste de discurso. De conciencia.

De un feminismo que aparece cuando conviene, en el formato adecuado, con el mensaje correcto y el timing perfecto.

Pero el mecanismo de fondo sigue intacto: cuando una mujer incomoda, se la aparta.

Solo ha cambiado la forma de hacerlo.

Antes era burla. Ahora es corrección.

Antes era ridiculización. Ahora es superioridad moral.

El resultado, en muchos casos, es el mismo.

Ylenia encajó en el primer modelo… hasta que dejó de hacerlo. Y tampoco encajó del todo en el segundo.

Quizá por eso desapareció. Y quizá por eso su vuelta incomoda.

Porque rompe el relato limpio. Porque recuerda lo que se dijo.

Porque obliga a mirar lo que no se ha reparado.

Y porque señala algo que no gusta reconocer: que el problema no era solo lo que decía.

Era que no se podía controlar.

Por eso su vuelta no es solo una vuelta. No es redención. No es ejemplo. Ni siquiera debería serlo.

Porque también hay una trampa ahí: exigir a las mujeres que representen algo. Que sean impecables. Que sean correctas.

Y ella nunca pretendió serlo. Ni tenía por qué.

Su regreso es otra cosa. Una grieta. Un espacio recuperado. Una forma de decir que no todas desaparecen para siempre.

Y quizá por eso no es sólo incómodo.

Para algunos, es una amenaza. Porque obliga a revisarse. A recordar qué se dijo. Qué se rió. Qué se permitió.

Para otras, en cambio, tiene algo de victoria compartida.

Pequeña. Imperfecta. Contradictoria.

Pero victoria al fin y al cabo. Porque hay mujeres a las que nunca se les pidió que mejoraran. Se les pidió que se fueran.

Y algunas, aún así, volvieron.

Vuelven.

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