Las lecciones de Ceuta – 2

Esto a mí no me pasaría, la gente es gilipollas

La socióloga Arlie Russell Hochschild en su libro Extraños en su propia tierra. Réquiem por la derecha estadounidense (Capitán Swing, 2018) describió los mecanismos que llevaron a las clases trabajadoras de EEUU a votar a partidos ultraconservadores. Tras cinco años de conversaciones en el sur del país descubrió que la mayoría de estas personas no partían de posiciones ideológicas extremas, sino de un profundo desencanto con las expectativas que tenían sobre sus propias vidas. El resumen de la metáfora que la autora explica en el capítulo 9 de su libro sería algo así:

Estás en una larga fila que sube por una colina, esperando pacientemente tu turno para alcanzar el progreso económico y social. Has seguido todas las reglas, has trabajado duro y has hecho todo lo que la sociedad te dijo que debías hacer, pero la fila no avanza. De repente, ves que otras personas están por delante de ti negros, mujeres, empleados públicos, inmigrantes, refugiados e incluso pelícanos pardos con la ayuda del gobierno a través de programas de discriminación positiva o asistencia social. Sientes que el presidente los está patrocinando y dándoles prioridad. Además, los colados y sus defensores no solo pasan delante, además te desprecian y te llaman paleto, lo que te convierte a ti en un extraño y un olvidado en tu propio país.

En España esa larga fila está poblada por personas que crecieron con la aspiración generacional de sus padres. No solo quieren que sus hijos vivan mejor que ellos, algo extrapolable a la historia de la humanidad, sino que ese “vivir mejor” se encuadre dentro de la herencia político cultural de su tiempo, algo que desde el estallido del 15M hemos denominado régimen del 78.

El régimen del 78

El régimen del 78 fue una especie de pacto social entre las élites y las organizaciones que representaban a las masas organizadas. Un pacto que, a cambio de no subvertir la jerarquía social, se concedieron libertades individuales, mecanismos democráticos, un modelo de bienestar similar al europeo y un ascensor social generacional mediante la meritocracia formativa que produjese el aumento de poder adquisitivo y las condiciones materiales de vida. Algo que resume de forma sencilla la famosa coletilla de “haber estudiado”.

Este pacto fue una verdad a medias, algo que duró tan solo generación y media. Si bien se modernizó el país acercándolo a estándares políticos europeos, económicamente no se cumplió tanto. Se construyó un Estado social más flaco que el europeo, dando por hecho que las familias, es decir, las mujeres, cubrirían allí donde el estado no llegaba. Se apostó por una economía de servicios de bajo valor añadido que fue incapaz de absorber a la gente que formaba. Se cumplió la parte de estudiar; no la de que eso sirviera para prosperar.

Es decir, aunque en derechos políticos y sociales se cumplieron las expectativas, las expectativas materiales solo se cumplieron, a medias, al principio. Si la generación que protagonizó la transición veía el acceso a la universidad como un garante de prosperidad, sus nietos descubrieron que trabajos no cualificados en la construcción producían mejores salarios que los másteres. Si las vacaciones de los hijos del desarrollismo se basaban en ir al pueblo de sus padres, sus hijos en comprarse una segunda residencia en la playa, sus nietos viajaban por media Europa gracias a las compañías low cost pero no podían comprarse una casa en la que formar una familia.

En suma, cada generación accedió a más consumo, amplificado por el endeudamiento, mientras el acceso al patrimonio se estrechaba hasta cerrarse para los más jóvenes. Y ahí está lo que realmente se jugaba, aunque el pacto se explicara en términos de derechos y progresismo: la propiedad es poder y lo que se juega en el tablero político es el poder. Un juego en el que caben expectativas de victoria, donde a veces individualmente alguna se cumple, pero donde el conjunto de la clase obrera, atomizada, no puede ganar.

El ejemplo más claro: la vivienda

La generación X creyó que si se esforzaba en el mercado laboral lograría vivir en un chalet con piscina, pero la crisis de 2008 le descubrió que su ascensor social se basaba en una burbuja crediticia que le lastraría de por vida. Pasado este período, con una reducción drástica de la construcción y el cierre del flujo crediticio, la problemática se extendió a los alquileres creando una burbuja que hoy impide a los jóvenes emanciparse y, cuando lo hacen, el coste de la vivienda se come prácticamente el total de la renta disponible. Se ha creado así una brecha social enorme entre propietarios de vivienda y desposeídos. Entre rentistas e inquilinos; entre quienes tienen algo de poder y quienes no.

Así llegamos a nuestros días donde, tres generaciones que no participaron de la transición, ven incumplidas sus expectativas a pesar de haber hecho “lo que se suponía que debían hacer”. La generación X, que inauguró la precariedad mediante la temporalidad y las hipotecas abusivas y descubrió que el ascensor social estaba estropeado. Los Milenials, “la generación mejor preparada de la historia” que han crecido o vivido toda su fase adulta en ciclos de crisis económica y una última, generación Z que ve imposible alcanzar estándares básicos que sus padres sí lograron como vivienda, pequeño ahorro y estabilidad laboral relativa.

Por si fuera poco, la apuesta estatal por hacer del turismo la industria principal del país, hace que en las ciudades se observe de manera directa que existe un país lleno de servicios pensado para otros y que la población nacional no se puede permitir. Vemos así cortes de agua a poblaciones enteras, pero no a los hoteles de la zona. Gentrificación en barrios, viviendas turísticas en zonas residenciales y desplazamiento de comercios de proximidad por franquicias mucho más caras. Un parque temático en tu propia casa donde tú te conviertes, una vez más en el último de la fila.

La gasolina ultra: la rabia 

Estas tres generaciones no solo sienten que el régimen del 78 les ha usurpado su futuro, un régimen del que perciben como beneficiarios solo a la población hoy jubilada, sino que están profundamente defraudados por aquellos partidos que se postularon para enmendar el régimen y para crear soluciones, opciones políticas en las que confiaron y que solo han logrado cronificar los problemas aún más a pesar de alcanzar el poder.

Toda esta rabia tiene una pata en lo material y otra en lo cultural. La pata material ha comenzado a asumirse como un elemento cíclico pseudonatural e inevitable del capitalismo. Un síntoma claro de la falta de capacidad discursiva y pedagógica de toda la izquierda a la izquierda del PSOE. La otra pata, la cultural, está fuertemente unida a la idea del “progresismo”, porque la transición fue, entre otras cosas, un anhelo progresista vinculado a la izquierda que sí se cumplió en lo social. Sin embargo, esa misma izquierda ha sido incapaz de mejorar lo material a pesar de mantener un discurso triunfalista completamente desconectado de toda esa clase aspiracional.

Una clase aspiracional que protestó en las calles y plazas durante la crisis inmobiliaria. Que se identificó con personajes de ficción compartidos como Emilio y Belén de la serie “Aquí no hay quien viva” quienes no podían emanciparse debido a su precariedad, pero que se parecía más a Paloma, la mujer del presidente de la comunidad. Se identificaron con la precariedad, pero sus aspiraciones se enmarcaban en la pequeña propiedad y, a poder ser, en un chalet.

Fue una generación que se ilusionó con los logros de organizaciones como la PAH o con movimientos como el 15M, pero a la que le faltó conciencia de clase para revertir el poder ya que aspiraron, principalmente, a que las promesas del régimen del 78 con las que crecieron se hicieran realidad. Así, cuando parte de esa pulsión social llegó a cotas de poder y la falta de cumplimiento se mantuvo, la ilusión se tornó en rabia. Las condiciones materiales mejoraron algo, pero ni el poder adquisitivo, ni el acceso a vivienda mejoraron. El ascensor social, que funcionó y después estuvo roto, fue desinstalado cuando ellos llegaron.

Esa rabia generacional Milenial y X se ha encontrado también con la de la generación Z. Una rabia generacional más profunda y compleja porque no se produce por un incumplimiento de expectativas sino por la negación de un futuro.

 Los Z son una generación que lo único que ha vivido es una crisis económica tras otra y a la que ha sido bombardeada con mensajes políticos catastrofistas sin horizonte de solución: cambio climático, capitalismo en crisis, fin del petróleo, que no tendrán pensiones, que se acabará con la sanidad pública, que serán sustituidos por algoritmos en el trabajo… En definitiva, no solo que carecen de futuro, sino que también de soluciones. Y, cuando no se tiene futuro hacia el que caminar, cuando no hay esperanza hacia delante, solo se puede mirar hacia atrás. El problema de mirar hacia atrás de forma honesta es que no suele haber una época buena en la que fijarse, es por ello que el único consuelo se encuentra en la nostalgia.

¿Se puede tener nostalgia de un pasado que no se ha vivido? Sin duda y el mecanismo es muy sencillo: alguien tiene que ser el culpable de que no exista un futuro posible, por tanto, pensemos en un pasado donde los culpables de esa falta de horizonte no existieran. ¿Son culpables reales? ¿No existieron en aquellas épocas? Esas preguntas no necesitan una respuesta real, ante la ausencia de un discurso centrado en lo material con fuerza organizativa y horizonte de solución, la reinvención del pasado funciona porque ofrece soluciones que no se encuentran en otros lugares. Aunque no sean soluciones reales, lo parecen.

Esto explica también por qué las mujeres Z no encajan bien en esta nostalgia. Ellas ven una clara evolución en la realidad material de sus vidas frente a las de sus madres y sus abuelas. Más libertad individual, más independencia económica y posibilidades reales de ascensor social generacional (si se compara con mujeres de su pasado familiar). El feminismo las ha protegido del discurso ultra porque centra su proyecto político en mejoras tangibles para cualquier mujer. Por eso la ultraderecha no intenta seducirlas atacando frontalmente la teoría feminista, no puede. Necesita de artificios periféricos como promesas con las tradwifes (seguridad económica ante precariedad laboral), figuras descalificadoras como la soledad con gatos (pertenencia afectiva ante crisis de la masculinidad) o figuras punitivas en el discurso como vincular las ETS a la soberanía sexual (idea clásica de la “mala mujer”).

El discurso ultra permite a los varones Z recuperar una posición social que nunca llegaron a tener mediante la recuperación de un pasado inventado que les sirve como un horizonte que la izquierda, con su deriva populista les niega. A las mujeres, sin embargo, les pide que renuncien a la posición que comienzan a disfrutar a cambio de la promesa de seguridad económica que la izquierda es incapaz de construir cuando gobierna.

A mí no me engañarían, la gente es gilipollas

Es imposible entender las protestas políticas sin entender todo lo anterior. La gente no se equivoca votando en las elecciones, ni se vuelve facha cuando hay una crisis migratoria como la de Ceuta. El conflicto político ya estaba ahí, solo necesita una excusa para hacerse visible y las formas en que ese conflicto se organiza depende de quién lea mejor el contexto político. La ultraderecha no está creciendo por su núcleo duro, por fascistas convencidos, sino por las periferias. Por quienes pueden tolerar ciertos discursos siempre que se les ofrezca un marco que explique sus vivencias o le ofrezca soluciones a su rabia.

Una masa consentidora que se ha cansado de no recibir aquello que entienden que le corresponde por derecho. Aquellas garantías de desarrollo vital y bienestar que el sistema prometió tras la transición. Desde no querer esperar más, desde el qué hay de lo mío o desde la decepción de quienes creía capacitados para encontrar soluciones.

Tendemos a creer que todos los votantes de los partidos ultras son fachas de cuna, pero eso es una verdad a medias. Nos creemos a salvo de caer en estos discursos xenófobos y violentos sin reconocer que, durante algún tiempo, creímos que personajes como Roberto Vaquero o Paula Fraga algo de razón tenían. No somos fachas, pero ese machismo o racismo que nos atraviesa por socialización se nos activa cuando se nos limita nuestro desarrollo vital o cuando hay un problema que condiciona nuestra vida de manera tal que la rabia nos ciega.

Una rabia que nos recuerdan una y otra vez que seguimos insertos en una fila que no avanza mientras la juventud se nos escapa entre los dedos. Así, mientras alzamos la cabeza para ver cuánta gente hay por delante de nosotros, siempre hay un reel que, bajo un manto de entretenimiento o divulgación, nos invoca un pensamiento intrusivo: ¿Cuántos negros/migrantes/mujeres/refugiados/MENAs tenemos por delante?

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