¿Por qué no nos moviliza que nos maten?

Hay algo que me produce una profunda disonancia al observar las movilizaciones sociales de estos días. Cuando veo las calles llenas, las acampadas, las pancartas y a personas organizándose para defender el derecho a la vivienda, no puedo más que alegrarme, compartir la reivindicación y participar de esa indignación. La vivienda no es un privilegio ni una mercancía, sino una condición material básica para poder desarrollar una vida digna.

Sin embargo, mientras contemplo esa capacidad colectiva para organizarnos alrededor de una causa justa, no puedo evitar hacerme una pregunta incómoda: ¿por qué no somos capaces de movilizarnos con tanta fuerza frente a la violencia que sufrimos las mujeres?

No hablo únicamente de la violencia de género en su expresión más visible. Hablo de la violencia machista, de todo un sistema de violencias, desigualdades, explotación, abuso y miedo que atraviesa nuestras vidas por ser mujeres y que muchas veces ni siquiera identificamos como tales. No porque todas vivamos nuestras vidas desde el miedo o nos sintamos víctimas, sino porque muchas de esas desigualdades se han integrado de tal manera en nuestra cotidianidad que hemos aprendido a convivir con ellas, a esquivarlas o, simplemente, a no cuestionarlas. Hablo de asesinatos, violaciones, violencia sexual, prostitución, acoso, violencia institucional, violencia estructural, violencia obstétrica y de tantas otras formas de violencia que hemos aprendido incluso a nombrar como si fueran inevitables.

Nos están matando. Y lo más inquietante no es solamente que ocurra, sino que hemos aprendido a convivir con ello.

Cuando la violencia y la desigualdad recaen de manera específica sobre las mujeres, seguimos encontrando una resistencia mucho mayor a entenderlas como una cuestión que concierne al conjunto de la sociedad. Como si aquello que afecta a la mitad de la población pudiera ser considerado, todavía, un problema particular. Y quizá convenga recordar que, si son los hombres quienes ejercen y perpetúan estas violencias, son también ellos quienes deberían sentirse especialmente interpelados a transformarlas.

¿De verdad nos quieren libres? ¿O es que realmente no nos quieren libres?

Cada año contamos mujeres asesinadas y después seguimos con nuestras vidas. Imaginemos por un momento que, año tras año, miles de personas fueran asesinadas sistemáticamente por pertenecer a un determinado grupo. ¿Aceptaríamos que la respuesta colectiva consistiera fundamentalmente en contabilizar a las víctimas y condenar cada asesinato individual?

Probablemente no. Entonces, ¿qué nos ocurre con las mujeres? ¿Por qué no nos moviliza que nos maten?

Quizá una de las respuestas tenga que ver con algo profundamente incómodo: la violencia machista no nos coloca frente a un enemigo lejano. Nos obliga a mirar a nuestro alrededor.

El problema de luchar contra una injusticia estructural es que, en este caso, el agresor no es necesariamente una figura abstracta, lejana o fácilmente identificable como «el otro». Es relativamente sencillo construir una movilización social contra aquello que identificamos como un poder externo que nos perjudica. Cuando podemos señalar hacia arriba, hacia una institución, hacia un gobierno, un mercado o cualquier estructura de poder que sentimos ajena, resulta más fácil reconocernos como colectivo, aunar fuerzas y dirigir nuestra indignación hacia un mismo lugar. Es mucho más incómodo cuando aquello contra lo que tenemos que luchar no está lejos ni por encima de nosotros, sino que forma parte de nuestro entorno más próximo. Cuando el problema puede tener la cara de alguien a quien queremos, respetamos o reconocemos como uno de los nuestros. Y eso hace que señalar la violencia resulte mucho más difícil.

El feminismo no pide solamente que cambien las leyes. Nos pide que cambiemos nosotros. Y eso duele. Quizá por eso resulta tan fácil que determinadas luchas sociales consigan una adhesión transversal, mientras que el feminismo continúa generando defensas y una necesidad permanente de justificar su propia existencia. Sobre la mesa sigue apareciendo la preocupación por si estamos señalando demasiado a los hombres, cuando, en realidad, no es necesario que cada hombre se reconozca personalmente en una conducta para preguntarse qué responsabilidad tiene en transformar las condiciones sociales que permiten que la violencia continúe.

Hay una parte de mi vida que me hace tener muy presente todo esto. Soy enfermera y la Enfermería es una profesión profundamente feminizada. No obstante, quienes nos dedicamos a ella sabemos perfectamente lo poco que esa feminización se ha traducido en poder, reconocimiento o capacidad real para transformar nuestras condiciones laborales. Conocemos la realidad de la precariedad, la sobrecarga, la subordinación, la dificultad para ser escuchadas, la normalización de determinadas formas de abuso y de ciertas jerarquías. Sabemos también lo que significa que una profesión sostenida por mujeres continúe ocupando, en demasiadas ocasiones, una posición subordinada dentro de la estructura sanitaria.

Hay una paradoja, entonces, que me resulta muy difícil ignorar: ¿cómo puede ser que una profesión ejercida mayoritariamente por mujeres continúe estando profundamente atravesada por estructuras de poder que no se corresponden con esa mayoría? Basta con mirar quién ocupa los espacios de decisión y liderazgo para entender que la feminización de una profesión no significa que las mujeres hayamos conquistado la autoridad dentro de ella. Hemos aprendido a cuidar y a continuar y, tal vez, esa capacidad de sostenerlo todo se haya convertido en una forma de domesticación.

Y aquí es donde creo que debemos recuperar la palabra REVOLUCIÓN.

Una revolución exige incomodar e incomodarnos. Como parte de la sociedad en la que quiero vivir, pido que dejemos de aceptar como normal aquello que jamás aceptaríamos como tal en cualquier otro contexto.

El problema no es que no sepamos movilizarnos.

Sabemos hacerlo. Lo estamos demostrando.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Información básica sobre protección de datos Ver más

  • Responsable: Revoleo.
  • Finalidad:  Moderar los comentarios.
  • Legitimación:  Por consentimiento del interesado.
  • Destinatarios y encargados de tratamiento:  No se ceden o comunican datos a terceros para prestar este servicio. El Titular ha contratado los servicios de alojamiento web a WordPress que actúa como encargado de tratamiento.
  • Derechos: Acceder, rectificar y suprimir los datos.
  • Información Adicional: Puede consultar la información detallada en la Política de Privacidad.

Utilizamos cookies propias y de terceros para obtener datos estadísticos de la navegación de nuestros usuarios y mejorar nuestros servicios. Si acepta o continúa navegando, consideramos que acepta su uso.    Más información
Privacidad