Y volvió a salir el sol

La conclusión de las lecciones de Ceuta

El historiador E. P. Thompson explicó en La economía moral de la multitud que los motines de subsistencia del XVIII inglés no eran estallidos ciegos de hambre. La multitud no arrasaba al azar: asaltaba el granero del acaparador, vendía el trigo a lo que consideraba un precio justo y, a veces, incluso, le entregaba algo del dinero al dueño. Sabía a quién señalar porque tenía claro qué era legítimo y qué no. Algo parecido ha ocurrido tras el desahucio de Mari Carmen.

El 26 de septiembre la capital vivió dos manifestaciones. Por la mañana, una clamaba que Ceuta seguía “invadida” por la inacción del Gobierno. Por la tarde, otra marchó para denunciar un desahucio, el de Mari Carmen, culpando también a los fondos de inversión y grandes tenedores, y al Gobierno por no ponerles límite. La primera movilización centrada en el discurso de lo simbólico y de la identidad que, a pesar de aparentar una gran fuerza acabó diluyéndose. La segunda que ahondaba en las cuestiones materiales de vida y que aparentaba tener menor potencialidad acabó en la acampada de Sol, en una convocatoria de huelga general y en una convocatoria de elecciones.

Estas dos movilizaciones son dos ejemplos perfectos para ilustrar lo que ya venía explicando en mis dos artículos anteriores (Las lecciones de Ceuta 1 y 2) y que nos van a servir de modelo para concluir aquí la pregunta principal que pretendo explicar: por qué la izquierda está teniendo dificultades crecientes para conectar con su población objetivo.

La degeneración de la izquierda

Como ya apunté en los artículos anteriores la izquierda socialdemócrata europea fue transformándose progresivamente en socioliberal y la comunista en socialdemócrata mediante el eurocomunismo. Ambas izquierdas tienen dos elementos comunes: aceptación-validación del marco económico a través del Estado (materialidad) y pugna política por reformas a través del combate cultural-discursivo.

Esto, en la práctica significa que bajo este prisma no existe posibilidad política al margen de la institucionalidad y, cuando se sale de ella, se usa una suerte de movilización externa que desemboca de una u otra forma en un cauce institucional (huelgas sindicales que persiguen una reforma legal, protestas tipo 15M que desembocan en listas electorales). El problema es que los cauces institucionales se topan siempre con los límites del Estado liberal, es decir, lo que entendemos hoy como países capitalistas. Estados diseñados para tres cuestiones; preservar la propiedad, la empresa y el lucro que lleva asociado.

Así, nuestra historia política reciente nos muestra que solo dos movimientos han sido capaces de superar este corsé: la PAH y el movimiento feminista. El primero porque puso en cuestión la propiedad y el lucro crediticio poniendo el cuerpo frente a los desahucios, el segundo porque pone en cuestión la división sexual del trabajo mediante la insurrección femenina y la no colaboración patriarcal. Ambos cuestionaron el orden material, pero ninguno de esos movimientos partió desde las estructuras políticas clásicas de la izquierda (partidos o sindicatos). Sin embargo, los dos sacudieron profundamente la izquierda de su momento, transformándola.

El origen de la desconexión

La izquierda hoy tiene grandes problemas para conectar porque no puede prometer reformas que permitan, por un lado, mantener la propiedad y el lucro, y por otro las promesas progresistas de ascensor social y mejora progresiva de las condiciones de la clase obrera. La derecha por su parte no tiene estos problemas y canaliza la rabia generacional con discursos de orden y promesas de prioridad nacional. Es decir, solo para los propios, para los nativos. Identidad frente a conciencia de clase, lo cultural frente a lo material, las cosas del comer solo para quien porte la bandera adecuada.

Pero esta desconexión de la izquierda no parte solo de una incapacidad de gestionar excedentes productivos a través del estado, sino que tiene unas raíces profundas en cómo ha variado las fórmulas de organización y militancia política y cómo se ha vehiculizado el discurso de la izquierda.

Si un joven en los años 70 iniciaba su formación militante en la fábrica o en la universidad, los años 80 produjeron una desindustrialización progresiva a la que los sindicatos no supieron adaptarse. Las grandes centrales sindicales mantuvieron su estructura centrada en grandes empresas con estructuras sindicales fuertes dejando desamparadas las microempresas que acabaron siendo la norma. Veinte años más tarde, cuando explotó la crisis del ladrillo, la afiliación sindical se concentraba en el funcionariado y trabajadores maduros. La juventud, principalmente temporal y precaria que sufriría esta crisis apenas pisaba el sindicato.

Por su parte, esa juventud que a finales de los sesenta se organizaba en la universidad se desarticuló con la propia Transición. Desde entonces, los campus se han movilizado a golpes, contra cada reforma educativa, pero sin organizaciones que sobrevivieran a la siguiente promoción: los partidos, que antes servían de puente entre una generación y otra, dejaron de hacerlo. Los Milenials encontraron su escuela política fuera del aula y del trabajo, en la plaza del 15M y en las asambleas de la PAH, aunque la convocatoria les llegara por internet. La generación Z ya ni eso: su principal fuente de politización han sido las redes sociales e Internet.

El problema de internet y la revolución digital

Internet y la revolución de la comunicación digital que se produjo con la llegada de los smartphones supusieron una ruptura generacional en la comunicación política y la ideologización de las masas. En sus inicios, la izquierda institucional vio las redes como algo ajeno a sus rutinas, mientras los movimientos ya las usaban para convocar, como V de Vivienda, #NoLesVotes o Juventud Sin Futuro. Los Milenials las vivieron como una plaza pública; la generación Z llegó cuando la plaza ya tenía dueño y algoritmo.

Con la llegada de la campaña en redes de Obama y la explosión del ciberactivismo que desembocó en el 15M, la izquierda política fue asumiendo progresivamente las redes sociales como un vehículo más de su propaganda de forma acrítica. Era un medio muy eficaz. El mismo cartel que antes había que diseñar, imprimir y pegar de noche, vigilando que no lo arrancaran y con un alcance limitado al barrio, ahora llegaba a miles de personas con un clic. Pero en el camino se perdió algo: la pegada de carteles no era solo propaganda, era la escuela donde se hacía militancia.

Nadie se cuestionó que las Big Tech, proveedoras de los soportes informáticos que permitían esta comunicación, podían en algún momento influir en este nuevo canal de difusión. Las advertencias existieron realmente, desde Snowden a Cambridge Analytica, pero la izquierda institucional apenas las escuchó: nadie quiso ver que la plaza tenía dueño, y que el dueño decidía quién se oía más. El canal funcionaba, era cómodo y el lema de Google era Don’t be evil ¿por qué desconfiar?

Así tanto la socialdemocracia devenida en socioliberal como la eurocomunista devenida en socialdemócrata siguieron la misma inercia: validaron a las grandes tecnológicas igual que habían validado el orden capitalista y el Estado liberal para centrarse en el combate discursivo y cultural dentro de ese marco. No construyeron nada que no dependiera de ellas, nada alternativo a Instagram, Facebook o Twitter y lo que fue mermando progresivamente era su propia organización fuera de la red.

Mientras tanto, la derecha entendió mejor el medio. Las redes premian señalar a un enemigo y los discursos que generan odio. Nada funciona mejor que señalar al de al lado en la fila, especialmente cuando el algoritmo te favorece (como hizo Elon Musk en Twiter). La izquierda socioliberal tampoco es inocente: la campaña de Obama usó los datos de Facebook con la complicidad de la empresa, porque “estaban de su lado”. Cuando Cambridge Analytica hizo algo parecido para Trump, esa misma izquierda puso el grito en el cielo. La técnica era la misma; cambió quién la usaba.

¿Son los jóvenes de derechas?

Así llegamos hasta nuestros días. Un tiempo donde nos han hecho creer que las generaciones más jóvenes, las más descontentas, son más derechistas que nunca. Una de las razones de esta creencia es porque el principal medio de comunicación que utilizan (las redes sociales) esta copado por el discurso de la derecha, la otra, menos evidente, es porque estas generaciones apenas conectan ya con la izquierda institucional y visible. Una izquierda incapaz de resolver sus problemas materiales a través de la institución y con enormes dificultades para impactarles desde la perspectiva cultural.

Sin embargo, la acampada de Sol y las movilizaciones por el desahucio de Maricarmen han puesto de manifiesto que existía una izquierda sociológica y generacional, aunque menos visible. Una juventud que quiere pelear por las cuestiones materiales que lastran su futuro alejándose de las lógicas identitarias de la derecha. Si una parte de la juventud clama por el etnicismo y la identidad nacional, la otra lucha desde la materialidad del acceso a la vivienda y los salarios bajos. Si una propugna que los servicios públicos prioricen a los nacidos en España la otra exige que todas las personas gocen de la misma accesibilidad a cuestiones básicas como vivienda o sanidad. 

La izquierda institucional, la hoy socioliberal y socialdemócrata tiene una oportunidad de oro para ser algo más que el mal menor. Tiene la posibilidad de reconducirse políticamente hacia las cuestiones materiales y superar el corsé del estado liberal que un día asumieron. Oportunidad para desandar el camino y volver a ser socialdemócratas como lo era Rosa Luxemburgo y comunistas como lo eran antes de la transición. De lo contrario se verán superados por la propia realidad política y acabarán reconvertidos en una rémora o absorbidos por la derecha moderada.

Ha vuelto a salir el sol en las plazas en forma de juventud organizada. No basta con esperar para ver si ese sol brillará con fuerza a mediodía o se va a encontrar con nubarrones de tradiciones e inercias incapaces de leer el tiempo en el que viven. Si queremos que este sol no vuelva a apagarse toca organizarse, recuperar la política al margen de la institución y forzar a la izquierda institucional a transformarse o dejar paso. Está en nuestras manos, en nuestros barrios y en nuestras calles.

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