La universalización de la experiencia masculina y la despolitización del feminismo
Fui a ver La bola negra, «la gran obra» de la que todo el mundo habla. Más allá de que me gustaran ciertos detalles, no tenía intención de escribir una reseña. Pero salí del cine bastante incómoda y, como conté después en Instagram, necesitaba decirlo. La película me había parecido un producto androcentrista, homosocial y centrado en la homosexualidad masculina en el que, una vez más, no me sentía representada. No me conmovía ni medio pelo que tuviéramos que volver a una dictadura para que sus protagonistas perdieran el único privilegio que, según decía irónicamente, todavía no tenían: poder ser gays. Tengo cosas bastante más graves y urgentes de las que preocuparme. Incluso sin que llegue ninguna dictadura. También señalé algo que parecía haberse perdido entre tanto elogio: el blanqueamiento del abandono paterno. La represión sexual ayuda a comprender las decisiones del protagonista, pero no justifica que las obligaciones afectivas, educativas y económicas hacia su hija desaparezcan del relato como si fueran un asunto menor. Mi crítica fue deliberadamente provocadora. No porque ignore la persecución de los hombres homosexuales durante el franquismo, que fue real, injusta y brutal, sino porque reconocerla no obliga a aceptar cualquier relato sobre el sufrimiento masculino sin someterlo a una crítica feminista. Tampoco presentaba la homosexualidad masculina como un privilegio. Señalaba que sufrir discriminación por orientación sexual no elimina los privilegios asociados a la condición masculina ni impide participar de las relaciones de poder que sostienen la subordinación de las mujeres.
Ese es el fondo de mi crítica. La película de los Javis entrelaza las historias de tres hombres de distintas épocas, atravesadas por el deseo, la represión y la memoria. Nada que objetar a que cuenten esas experiencias. Lo que me incomoda es que, una vez más, una historia sobre hombres se reciba como una gran reflexión universal sobre la libertad, el amor y la opresión.
La homosocialidad masculina, basada en relaciones de identificación, reconocimiento y poder entre hombres, no desaparece porque estos sean homosexuales. La orientación sexual tampoco impide reproducir solidaridades masculinas y relaciones de poder que subordinan a las mujeres. Una película puede ser profundamente homosexual y, al mismo tiempo, profundamente androcéntrica. Los hombres se desean, se reconocen, se
comprenden, sufren y protagonizan las grandes tragedias. Sus experiencias adquieren dimensión histórica y política; sus vínculos atraviesan generaciones. ¿Y las mujeres? ¿Qué lugar ocupamos en esas historias cuando las decisiones de los hombres tienen consecuencias directas sobre nuestras vidas?
Lo que más me indignó de La bola negra fue el tratamiento del abandono paterno. La persecución de la homosexualidad explica parte de las circunstancias del protagonista, pero no lo exime de responsabilidad hacia su hija. A ello se añade el desprecio hacia la madre, a quien llega a llamar «menuda hija de put4», una frase que incluso provocó risas en el cine. La película toma partido por el protagonista masculino y deja a madres, hermanas e hijas en una posición accesoria. Introducir una intervención crítica de una mujer no basta para corregir el androcentrismo de fondo, sobre todo cuando la narración sigue concediendo a los hombres la comprensión y la centralidad.
La calidad estética tampoco debería impedirnos examinar lo que cuenta una película. Una fotografía cuidada, unas interpretaciones conmovedoras o la presencia simbólica de Federico García Lorca no hacen políticamente
irreprochable una obra. La emoción estética no puede sustituir al pensamiento crítico ni hacernos pasar por alto lo que se representa o se omite. La película parece insinuar, además, una transmisión hereditaria de la homosexualidad entre abuelo y nieto, dejando fuera de esa continuidad a la madre. Esa lectura me recuerda la crítica de Sheila Jeffreys al determinismo biológico de la sexualidad en The Lesbian Heresy (1993). Durante décadas se ha intentado defender la homosexualidad alegando que es innata e inevitable, aunque la investigación científica no permite reducirla a una herencia genética simple. Pero ¿por qué habría de depender nuestra libertad sexual de demostrar que no hemos podido elegir? Y, volviendo a la película, ¿se prescinde de la
madre para sugerir esa supuesta herencia o porque, una vez más, el reconocimiento entre hombres prevalece sobre la existencia de las mujeres? Por todo ello, me sorprende la admiración casi unánime que ha despertado La
bola negra, tanto entre mujeres como entre hombres. No niego sus aciertos cinematográficos, pero me pregunto cómo hemos llegado a celebrar con tanta facilidad relatos profundamente androcéntricos sin cuestionar apenas sus contradicciones. Y ahora me pregunto qué habría pasado si la película hubiera tratado sobre tres lesbianas. Haz la prueba si me estás leyendo: párate unos segundos e imagínate una película sobre lesbianas con semejante repercusión y reconocimiento. ¿Ya? Pues ahora intenta recordar el nombre de alguna poeta lesbiana de aquella época. ¡Exacto! Y todavía nos preguntamos por qué hablo tanto de androcentrismo…
Sin embargo, lo que más me hizo pensar llegó después de publicar mi crítica en Instagram es que me escribieron muchísimas mujeres. Algunas habían salido del cine con la misma incomodidad; otras habían reparado en el
abandono paterno o en la ausencia de una mirada feminista. Y varias me contaron que les habían hecho sentir locas y solas por no compartir el entusiasmo general. Eso me impresionó sin sorprenderme. Una cosa es que una película guste y otra que cuestionarla parezca una falta de moral. En determinados ambientes progresistas, discrepar de una obra celebrada puede interpretarse como falta de sensibilidad o como una forma de situarse en el bando equivocado. Entonces dejamos de discutir la película y empezamos a discutir si una mujer tiene derecho a formular esa crítica sin que se le desacredite.
El mecanismo es conocido. Durante siglos se ha cuestionado el criterio de las mujeres apelando a nuestra supuesta irracionalidad, exageración o inestabilidad emocional. Hoy no hace falta recurrir abiertamente a esos argumentos ya que basta con hacernos sentir que somos las únicas que no hemos entendido lo que, al parecer, todo el mundo ha comprendido.
No hablo de una campaña organizada para cancelar a quien critique La bola negra. Hablo de presión de grupo y del coste de disentir. Por eso me impactaron aquellos mensajes privados. Muchas mujeres que se habían sentido solas al cuestionar la película descubrieron que no eran las únicas que pensaban así. Poder reconocernos y contrastar nuestras experiencias sigue siendo necesario. No es ninguna novedad para el feminismo. Compartir lo que nos pasa ha sido una de las formas de dejar de tratar como problemas individuales situaciones que responden a relaciones sociales entre mujeres y hombres.
Esa misma sensación regresó días después mientras veía a David Broncano entrevistar a Pedro Sánchez en La Revuelta. Broncano le reprochó al presidente la tardanza en afrontar el problema de la vivienda y le preguntó por
la crisis de Ceuta. También hubo tiempo para hablar de censura cultural, de ayudas al cine y de una obra sobre Federico García Lorca cuya suspensión había provocado denuncias. Claro que debe preocuparnos la censura artística. Pero ¿por qué no encontramos una preocupación comparable cuando feministas críticas con los discursos sobre identidad y deseo individual denuncian su exclusión o desautorización en determinados espacios? No son situaciones idénticas, pero sí ponen de manifiesto qué libertades suscitan una respuesta pública inmediata y cuáles se dejan al margen.
De la aparición de Candela Peña lo que me sorprendió no fue su humor, sino que, tras reprocharles que apenas habían hablado de mujeres, aquella ocasión de interpelar al presidente terminara entre bromas, elogios y comentarios sobre su físico. Candela dijo que cuando la política se complica las minorías salen
perdiendo, y las mujeres las primeras. Pero, querida Candela, conviene precisar que las mujeres no somos una minoría numérica. Somos aproximadamente la mitad de la población y estamos presentes en todas las
demás minorías sociales. Nuestra subordinación por razón de sexo atraviesa clases y situaciones muy distintas; no es una reclamación sectorial más. ¿De qué sirve advertir que apenas se habla de nosotras si, cuando tenemos delante al presidente del Gobierno, tampoco aprovechamos para preguntarle por nuestras condiciones materiales de vida?
Sánchez ha presentado recientemente a España como un referente mundial de feminismo y progreso. Es verdad que algunos indicadores reflejan avances, como el Índice de Igualdad de Género de 2025, del Instituto Europeo de la Igualdad de Género (EIGE), que sitúa a España en cuarto lugar de la Unión
Europea, con 70,9 puntos sobre 100. Sin embargo, el registro de Feminicidio.net ofrece otra parte de la realidad, ya que hasta el 20 de octubre de 2026 contabilizaba 82 feminicidios y otros 4sesinatos de mujeres cometidos por hombres en España. Ochenta y dos mujeres 4sesinadas. En Ceuta, entre el 30 de julio y el 14 de septiembre, los juzgados abrieron 37 procedimientos por presuntas agresiones s3xuales. Según el Consejo General del Poder Judicial, se registraron 39 víctimas: 38 mujeres, entre ellas 14 niñas y adolescentes menores de edad, y un hombre. Los 37 presuntos agresores eran varones. Catorce menores de edad.
El Ministerio de Igualdad identificó en su macroestudio de 2024 a 114.576 mujeres distintas anunciadas en páginas de pr0stitución. No es un censo completo, pero sí una aproximación a la magnitud del problema. Ciento catorce mil quinientas setenta y seis mujeres anunciadas para satisfacer la demanda sexual masculina.
Hace unos días, Elba Camisa Vicente planteó en Revoleo una pregunta que deberíamos hacernos más a menudo: «¿Por qué no nos moviliza que nos maten?». Su artículo señalaba una contradicción que comparto: somos capaces de movilizarnos masivamente ante el problema de la vivienda, pero no sostenemos una respuesta colectiva semejante frente a la violencia que sufrimos las mujeres.
Y no porque la vivienda importe menos. Es una necesidad material básica y condiciona también la independencia económica de las mujeres. Lo que merece una explicación es por qué la violencia masculina, que nos afecta específicamente por razón de sexo, no consigue suscitar una movilización comparable. Elba nos instaba a reconocer esa violencia obligándonos a mirar también las relaciones con los hombres de nuestro entorno. Es mucho más sencillo señalar a un Gobierno, una empresa o una élite económica que examinar las relaciones de poder que reproducimos o toleramos en nuestras casas, trabajos y vínculos afectivos.
El contexto político tampoco invita a relegar estas cuestiones. En Andalucía, el Gobierno de coalición del Partido Popular y Vox atribuyó al vicepresidente Manuel Gavira, de Vox, las competencias sobre violencia de género relacionadas directamente con la Administración de Justicia. No son todas las competencias autonómicas de igualdad, pero sí responsabilidades relevantes en manos de un partido que cuestiona la legislación específica contra la violencia machista.
El 23 de octubre, Alberto Núñez Feijóo anunció que, si llega al Gobierno, integrará las competencias de Igualdad en otros ministerios y dejará de existir una cartera independiente. También propuso reabrir el debate sobre la
intervención de los padres en la decisión de abortar de las adolescentes de 16 y 17 años. Son propuestas, no cambios legales consumados, pero precisamente por eso hay que discutir sus consecuencias antes de que se
lleven a cabo.
Y así regreso a La bola negra. En el cine celebramos historias de libertad masculina sin detenernos demasiado en las mujeres que asumen sus consecuencias. En televisión celebramos que se mencione el feminismo, aunque las preguntas concretas sobre nuestras vidas queden sin hacer. En política presumimos de progreso mientras las cifras de violencia y explotación sexual siguen ahí. Cambian los escenarios, pero la experiencia masculina vuelve a ocupar el centro. Cuando alguna mujer señala esas contradicciones, todavía tiene que defenderse de la acusación de exagerar, de ser insensible o de hacerle el juego a la derecha. Como si criticar el machismo de los espacios progresistas equivaliera a renunciar a los derechos que hemos conquistado.
Hay otro desplazamiento que llevo tiempo observando, también en redes sociales. Algunas mujeres han ganado visibilidad participando en actividades y colaboraciones feministas y, una vez consolidada esa presencia, han dejado de identificarse con el feminismo para presentarse bajo fórmulas como «perspectiva obrera y de clase«. No pretendo atribuirles a todas los mismos motivos. Me interesa el efecto político de ese cambio cuando la desigualdad por razón de sexo desaparece de su análisis.
Y mientras discutimos si nuestras reivindicaciones deben esperar, la política ofrece ejemplos muy concretos. En 2025, el Ministerio del Interior registró 374 víctimas de trata con fines de explotación s3xual y otras 397 de explotación s3xual sin trata acreditada. La proposición para prohibir el proxenetismo en todas sus formas fue rechazada en el Congreso en 2024, por 184 votos en contra, 122 a favor y 36 abstenciones. La ley integral contra la trata seguía pendiente de aprobación por el Consejo de Ministros cuando se convocaron las elecciones generales del 29 de noviembre de 2026; el adelanto electoral también interrumpió la tramitación de la ley de violencia vicaria y la reforma constitucional para proteger el aborto.
Las mujeres no necesitamos esperar a que llegue una dictadura para encontrar razones suficientemente graves y urgentes por las que preocuparnos. Las tenemos delante. Y quizá haya llegado el momento de dejar de preguntarnos por qué no nos emocionan determinadas historias y empezar a preguntarles a los hombres por qué continúan sin conmoverse lo suficiente ante las nuestras.