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El fútbol también es nuestro  

Hay mujeres que heredaron el fútbol de sus padres. Otras, de sus hermanos.
Yo lo heredé de mi abuelo bético y de una ciudad donde el fútbol se respira, aunque una no quiera mirarlo demasiado.

En Sevilla el fútbol nunca es solamente fútbol. Está en las conversaciones familiares, en los bares, en la calle, en la forma de entender el barrio y la identidad. Durante años conviví con esa presencia como algo lejano, casi prohibido. No porque no me interesara, sino porque aprendí demasiado pronto que había aficiones que no me correspondían.

Mucho tiempo estuve en una relación de maltrato con un hombre al que no le gustaba el deporte. Ningún deporte. Y aquello, lejos de parecer irrelevante, se acabó convirtiendo en otra forma de control: yo era “torpe”, ver deporte era “absurdo”, interesarse por el fútbol o la lucha libre era poco menos que ridículo.

Siempre recordaré que yo quería ver el Mundial de fútbol que ganó España y él no me dejó.

Con el tiempo he entendido que aquello no iba solo de fútbol. Iba de mi cuerpo. De ocupar un espacio. De permitirme disfrutar. De reconciliarme con lo físico, con la pasión colectiva, con el entusiasmo sin vergüenza.

Cuando conseguí salir de aquella relación y atravesé la extraña semilibertad de la adultez, volví a acercarme al deporte sin pedir permiso. Y en ese recuerdo apareció otra vez mi abuelo, el ruido de los partidos en casa, la dicotomía Sevilla-Betis, la emoción compartida.

Pero cuanto más me acercaba al fútbol, más aparecía también la contradicción.

Porque una intenta construir una vida feminista, y el fútbol masculino profesional es, demasiadas veces, un escaparate obsceno del capitalismo, el machismo y la mercantilización de los cuerpos. La prostitución atraviesa muchos grandes eventos deportivos. La homofobia sigue presente en las gradas. El racismo continúa marcando quién puede jugar, hablar o existir en determinados espacios.

Y las mujeres seguimos siendo cuestionadas constantemente: si sabemos de fútbol, si de verdad conocemos las reglas, si realmente nos gusta o si simplemente estamos acompañando a un hombre.

Sin embargo, abandonar el fútbol no solucionaría nada. El patriarcado no desaparece porque las mujeres salgamos de los espacios históricamente ocupados por hombres. Si así fuera, no podríamos habitar prácticamente ningún lugar. Lo político también consiste en disputar estos espacios, incomodarlos y transformarlos.

La lucha libre, por ejemplo, ha sabido construir en los últimos años relatos de empoderamiento femenino (con todos sus límites comerciales). El fútbol, en cambio, sigue despertando sospechas incluso dentro de algunos espacios feministas, como si disfrutar de él implicara automáticamente legitimar toda la violencia que lo atraviesa.

Y ahí aparecemos nosotras, mujeres agotadas de estar en tierra de nadie: si disfrutas del fútbol femenino, los hombres te infantilizan y te explican el deporte constantemente; si disfrutas también del masculino, algunas compañeras te miran como si hubieras traicionado una especie de pureza política.

Pero nosotras no necesitamos el permiso moral de nadie para querer y disfrutar del fútbol.

El fútbol femenino ha empezado a abrir grietas importantes. Las campeonas han roto techos históricos y ojalá los clubes sigan apostando por ello más allá del oportunismo económico. Cada niña que hoy juega, arbitra, comenta partidos o sueña con entrenar está ensanchando el mundo un poco más. Ahí está también la primera entrenadora de la Bundesliga, desmontando otra frontera que parecía imposible.

Y aun así escuchamos constantemente discursos paternalistas. Seguimos viendo ruedas de prensa como las de Florentino Pérez, que condensan décadas de soberbia masculina alrededor de este deporte. También estamos cansadas de que se nos trate como visitantes en algo que forma parte de nuestras vidas. 

Porque sí, el fútbol está atravesado por el capital y por estructuras profundamente patriarcales, pero precisamente por eso merece ser disputado políticamente.

Hay que señalar la prostitución ligada a ciertos circuitos deportivos. Hay que denunciar la violencia machista, el racismo y la homofobia. Hay que incomodar a quienes quieren un fútbol construido sobre la exclusión. Pero nada de eso exige que las mujeres desaparezcamos de las gradas, de las conversaciones o de la pasión futbolera.

Al contrario.

Si lo personal es político, el fútbol, que es cultura popular y espacio colectivo, también lo es.

Y nosotras también tenemos derecho a habitarlo.

Así que acostúmbrense: las mujeres hemos venido a hablar, jugar, entrenar, gritar y vivir el fútbol. Y esta vez no pensamos movernos.

Y musho Betis.

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