Escribo estas palabras desde la rabia, el dolor y la impotencia.
Según el ministerio de igualdad, en dos meses y medio de 2026 llevamos 13 mujeres asesinadas por violencia machista y dos menores, siendo esta la peor cifra en los últimos cinco años.
Este es el resultado de un sistema de protección que falla, denuncias que no llegaron a tiempo, vecinos que callan ante lo que es evidente y de nuevo una sociedad que abandona a las mujeres.
Sin embargo, para mí, como mujer feminista, hay algo que me resulta cada vez más difícil de ignorar: el silencio del movimiento feminista ante quienes tienen la responsabilidad institucional de protegernos.
El feminismo en España ha sido, desde sus inicios, un movimiento contestatario, que confrontaba y exigía responsabilidades a los gobiernos. En la última década, lo vimos en 2018 cuando el caso de La Manada nos sacudió y las calles se llenaron de “Hermana, aquí está tu manada”. También lo vimos con claridad en el debate en torno a la Ley Trans, cuando señalamos con firmeza las consecuencias que tendrían determinadas políticas , cuestionamos a quienes se presentaban como nuestros aliados y exigimos responsabilidad política a la entonces ministra de igualdad, Irene Montero.
En cambio, cuando hablamos de la violencia machista, de las políticas que deberían proteger a las mujeres y de sus resultados, el mismo nivel de exigencia parece desaparecer. ¿Por qué?
En mi opinión, una de las explicaciones es la falsa sensación de seguridad política. Cuando gobiernan fuerzas que se identifican como “progresistas” el movimiento feminista parece asumir que estamos en el lado correcto de la historia, y que criticarlo podría debilitar, a quienes, en teoría, se autoproclama un gobierno feminista.
Aparece entonces un miedo recurrente: exigir responsabilidades puede ser utilizado por la derecha como arma política.
Pero compañeras, cuando un movimiento social deja de exigir cuentas a las instituciones porque teme quién puede aprovechar su crítica, corre el riesgo de perder su independencia, y con ella, su fuerza transformadora.
Las mujeres asesinadas por violencia machista no son solo una cifra, son la expresión más brutal de un problema estructural que exige políticas eficaces, evaluaciones constantes, y, cuando corresponde, responsabilidades políticas.
El feminismo que cambió nuestra sociedad no fue aquel que protegió al poder, sino el que lo vigilaba, el que señalaba los fallos, y exigía mejoras, recordando siempre que las vidas de las mujeres no pueden depender de equilibrios partidistas.
Si el feminismo que no incomoda es marketing, la pregunta es inevitable ¿en qué nos hemos convertido?
El feminismo no nació para ser cómodo, ni para proteger gobiernos, ni para medir sus palabras. Nació para señalar al poder cuando falla y para exigir responsabilidades cuando la vida de las mujeres está en juego.
Tal vez haya llegado el momento de recuperar esa valentía incomoda, de volver a levantar la voz sin miedo, y recordar algo esencial: la lucha feminista es por la vida de las mujeres, y nuestra lucha, nunca puede permitirse el silencio, gobierne quien gobierne.
2 respuestas
Gracias por expresar tan claramente el hartazgo que compartimos tantas de nosotras. Feminismo no molesto, patriarcado manifiesto, lleve las siglas que lleve. Gracias Chari.
Gracias Alejandra por leernos y tu aportación. 🙂