“Ya sois libres”, dicen.
“Podéis elegir libremente”, insisten.
“Lo que hacéis es porque queréis”, sentencian.
Estas afirmaciones se repiten con la seguridad de lo incuestionable, como si repetir algo con contundencia bastara para garantizar su existencia. Muchas de nosotras hemos tenido que enfrentarnos a ellas en más de una ocasión, acompañadas de apelativos destinados a poner en duda nuestra cordura. Supongo que esto también forma parte de la experiencia femenina: los cuestionamientos constantes, la sombra de la exageración, la responsabilidad injustamente atribuida, las argumentaciones incesantes…
Si se analiza la realidad desde el principio de contraste, esas declaraciones pueden resultar válidas. Ciertamente la situación actual de las mujeres en España no es la de las mujeres de Irán ni la de las mujeres españolas de hace 70 años. Se puede decir que tenemos capacidad de decisión y no tenemos prohibiciones legales. Sin embargo, no toda elección es libre, y no toda ausencia de prohibición equivale a emancipación. Conviene, por tanto, detenerse por unos minutos y preguntarse:
¿De qué hablamos entonces cuando hablamos de libertad?
¿La libertad es algo que se posee o es una capacidad que se ejerce en condiciones determinadas?
¿Garantizar la libertad, supone liberalizar los comportamientos e ideologías que se presenten “en su nombre”?
Actualmente, se están normalizando prácticas y discursos que venden la capacidad de acción y generan desprotección, particularmente de mujeres y menores. La estrategia simula una paradoja histórica: presentar como emancipación lo que opera como una forma sofisticada de control. Ante este escenario, ¿es descabellado preguntarse si en favor de la libertad, no se están legitimando ideologías que erosionan precisamente lo que dicen defender?
Se defiende una identidad que no hace sino reforzar estereotipos sexuales tradicionales. Una libertad que presenta una sexualidad femenina autónoma, pero que responde, una vez más, a deseos masculinos conservadores. Una libertad que asume que las niñas y jóvenes pueden consentir el intercambio de dinero por actividad sexual. En nombre de la libertad se presentan abusos como orientaciones sexuales, se mutilan cuerpos sanos, se romantizan dinámicas de poder y se diluyen responsabilidades.
También, en nombre de la libertad se presume que las relaciones de pareja son intrínsecamente opresivas, mientras se promocionan modelos alternativos funcionales a intereses muy concretos. Se instrumentaliza la capacidad reproductiva, se resignifica la desnudez como símbolo de empoderamiento, se individualizan problemas que son estructurales y se exige celebrar todas las “opciones”, incluso aquellas que reproducen desigualdad, precariedad o violencia, porque, según se entiende, en la variedad de elección está la libertad.
Claro que puedo elegir el camino por el que vuelvo a casa a las 4 de la mañana, pero, en el planteamiento de esta elección, es donde está precisamente la intimidación. Existen múltiples caminos, pero mi decisión no va a depender de la cercanía o de la arbitrariedad del día, sino del camino que me ofrezca mayor seguridad, posiblemente el que esté más concurrido, más iluminado y menos apartado.
Por tanto, la multiplicidad de opciones sin sentido no tiene por qué estar relacionada con una mayor libertad. La vinculación ha de basarse en la posibilidad de elegir sin miedo, sin presiones, en ocasiones, sin explicaciones y, por supuesto, sin que el propio cuerpo o la propia identidad se conviertan en recursos utilizables para encajar o sobrevivir.
Si la libertad ha de consolidarse como una capacidad real y no como una consigna vacía, debería apoyarse también en premisas claras y definidas. Porque sin límites, la confusión abunda y la invención prolifera. Dar carta blanca en nombre de la libertad plantea un problema fundamental: ¿Cómo identificar las presiones económicas, sociales y simbólicas que condicionan las decisiones individuales?
Conviene sospechar cuando solo se permite una narrativa. No es libertad: es adoctrinamiento. Conviene sospechar cuando una opción no puede ser rechazada, cuando una decisión nace de la precariedad o de la necesidad, cuando una defensa invisibiliza deliberadamente los obstáculos reales de la misma o cuando las opciones planteadas nos reducen a objetos. Desconfía sin miramientos de los discursos que supeditan la libertad al silencio o al dinero. No es libertad: es adaptación.
Ante este panorama, más preguntas se vuelven inevitables: ¿infundir miedo a quien discrepa, no contradice frontalmente el ideal de una sociedad libre? ¿Censurar el debate, cancelar la inteligencia y bloquear el pensamiento crítico, no va en contra de cualquier noción honesta de libertad? ¿Encorsetar a las personas en función de su sexo, imponer identidades rígidas o negar la posibilidad de cuestionarlas, no impide el libre desarrollo de la personalidad? Y, en última instancia, ¿no es la libertad radicalmente incompatible con cualquier forma de abuso, por más que este se disfrace de elección personal?
Cuando toda objeción es interpretada automáticamente como moralismo, odio o atraso, el debate se clausura. Y sin debate no hay libertad. La libertad genuina necesita reflexión, preguntas incómodas y la posibilidad de decir “esto no” sin ser castigada, estigmatizada o agredida.
Tal vez la pregunta decisiva sea: ¿y si la libertad, lejos de ser una meta de emancipación compartida, estuviera siendo utilizada en su nombre como una estrategia de control y manipulación para asegurar beneficios particulares?
Esto no es un ataque, es la más sincera declaración de amor a la libertad.