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¿Quién inventó el amor romántico?

Historia del arte, poder y el sistema que nos enseñó a amar

El amor romántico es una de esas ideas más poderosas representadas y a la vez, más construidas social y culturalmente que conocemos. Lo hemos leído en novelas, sentido en olores embotellados de perfumes, visto en pinturas, esculturas y en películas: un ideal que funde pasión, deseo y narrativa, mayoritariamente centrado en una pareja hombre-mujer. Pero, si miramos con atención, descubrimos que gran parte de esta construcción ha sido definida por hombres, desde las instituciones hasta la historia del arte y la literatura.

En este artículo exploramos cómo las mujeres, aunque creadoras y testigos de amor, nos hemos visto excluidas, por lo que sea, en su representación visual y de las narrativas que lo han moldeado y modelado, y cómo esta exclusión ha condicionado nuestra percepción histórica del amor romántico.

En literatura, escritoras como Jane Austen, Emily Brontë o George Eliot lograron retratar el amor romántico con sutileza, naturalidad y audacia psicológica. Sin embargo, debemos admitir que su trabajo pasaba inevitablemente por filtros editoriales masculinos que decidían qué se podía publicar y qué no, condicionando así cómo el amor debía presentarse. La sociedad, ciegamente patriarcal, dictaba qué historias merecían ser contadas y cuáles quedaban fuera del relato.

A esta ecuación hay que sumarle otras realidades como que muchas mujeres no tenían acceso a la educación ni a la lectura. No todas podían debatir sobre relaciones amorosas, matrimonio y sentimientos en esferas ilustradas; muchas de ellas permanecían invisibles para la historia y su percepción del amor quedó sujeta al ámbito privado. ¿Qué habrían pensado todas ellas sobre el amor romántico de Austen? ¿O sobre el amor intenso y tóxico que retrata Emily Brontë? Nunca lo sabremos. Ese silencio también forma parte del ecosistema que construyó las narrativas culturales dominantes. 

En la pintura y escultura, la exclusión institucional era más que evidente. Linda Nochlin, en su artículo Why have there been no great women artists?, nos da una clave importantísima con año: 1893. En la Royal Academy de Londres, fundada en 1768, las mujeres no pudieron asistir a clases de anatomía con modelo desnudo hasta 1893, y cuando finalmente se les permitió, el modelo debía estar “parcialmente cubierto”. 

Sin acceso completo al estudio del cuerpo humano, quedaban excluidas, en gran medida, de la pintura histórica, mitológica y de la representación monumental del amor tal como lo conocemos. Si recurrimos a nuestra carpeta cerebral “Arte romántico-apasionado” donde tenemos ejemplos como Psique reanimada por el beso del amor (escultura de Canova, 1793). ¿Cómo podían, entonces, representar un Los amores de Paris y Helena a lo Jacques-Louis David (1788) si se les prohibía asistir a esas clases?

Mientras artistas masculinos como Dante Gabriel Rossetti -pintor del siglo XIX posterior a Austen pero de la generación de las hermanas Brontë- construían imaginarios amorosos cargados de simbolismo literario y mitológico, con la ventaja de tener una educación, referentes masculinos en pintura y legitimación cultural, nosotras tuvimos que crear desde espacios puramente domésticos, con menor visibilidad y reconocimiento. 

No deja de ser revelador que, incluso en la gestación de ese imaginario romántico -entendiendo aquí “romántico” como la idea común que habita en nuestra memoria, de raíz específicamente prerrafaelita-, la presencia femenina fuera decisiva aunque apenas -o, en la mayoría de los casos, nulamente- reconocida: la madre de John Everett Millais (sí, el pintor de la maravillosa Ophelia) por ejemplo, le leía mitología que alimentaría su cosmos pictórico y además confeccionaba vestimentas para las modelos que él pintaría. 

Incluso en la génesis del canon, la participación femenina fue tan esencial como invisibilizada. Aunque algunas lograron crear obras valiosas desde espacios puramente domésticos, su participación en la narrativa visual del amor quedó limitada. Aquí entra la reflexión de Linda Nochlin: no existe una esencia femenina universal que conecte a Artemisia Gentileschi, Berthe Morisot, Georgia O’Keeffe o Suzanne Valadon. Cada artista se relaciona principalmente con su contexto histórico y cultural, y ese contexto estaba definido por instituciones, cargos y cánones que decidían qué era considerado “gran arte” y qué quedaba relegado a lo privado, todas estas esferas dominadas, para sorpresa de nadie, por hombres.

No es que no supiéramos representar el amor.

No es que careciéramos de sensibilidad.

Es que no podíamos decidir sobre qué versión del amor merecía ser elevada y representada a gran formato legitimada por la historia del arte.

Durante siglos, hemos crecido dentro de un marco narrativo que no hemos construido y, a su vez, hemos sido juzgadas por cómo lo habitamos. ¿Acaso no se nos ha tachado alguna vez de ser unas intensas? ¿De ser idealistas? ¿De ser unas dramáticas? O peor aún ¿de ser unas histéricas? No hemos elegido serlo; se nos ha impuesto. La cultura nos ha enseñado a amar románticamente bajo una mirada que no era la nuestra, mayoritariamente tomando bases en modelos normativos tradicionales antiquísimos que podríamos remontar hasta la Biblia o incluso más atrás.

Si el sistema cultural que legitimó todas las enormes narrativas estaba construido y dictado desde el poder masculino, si las instituciones decidían qué representaciones sobre el amor romántico eran dignas de ser inmortalizadas, si la inmortalización del sentimiento pasó por filtros estructurales que nos excluían del poder y decisiones simbólicas…

¿Quién inventó realmente el amor romántico como lo conocemos?

Si el sistema que consolidó todas estas narrativas está mal desde sus cimientos, ¿qué otras formas de amar quedaron fuera de la historia? 

¿Cómo lo habríamos narrado o pintado nosotras si la sociedad hubiese sido puramente matriarcal?

¿Es el amor romántico tan importante para las mujeres como nos han hecho creer? 

¿O nos han hecho tragarnos el cuento para que ellos sigan ocupando todos los espacios  de nuestras miradas y puedan seguir sintiéndose TAN importantes?

Pintura: Ophelia de John Everett Millais.

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