Buscar

Hablemos de-presión posparto 

No sabes cómo fue, no sabes cuándo pasó. Tú te habías preparado, informado. Habías leído, buscado, aprendido. Habías comprado mil libros, habías visto varios vídeos y habías estado en distintas clases y formaciones. Pero… Creías que a ti eso nunca te podría pasar. En realidad, ni siquiera te creías del todo que pudiera pasar. 

Ahora, cuando te preguntan, agachas la mirada, avergonzada. Cuando te preguntan cómo fue, cuándo y por qué, dices que llegó sin avisar. Aunque en el fondo, sabes que no fue de repente, que no fue de la noche a la mañana. Sabes que no llegó así, como si nada, sin más. Simplemente no la supiste ver llegar. O, a lo mejor, sí sabías, pero no podías. Qué más da. 

Y es que, a lo mejor, la luz de las miradas ajenas que entraba por tu ventana, te deslumbraba en vez de iluminar. 

Tal vez, las sonrisas que te rodeaban, no te permitieron notar el sabor del agua salada que te subía por el pecho hasta la garganta. 

Quizás, entre tanta alegría e ilusión, sentías que no había espacio para esa sensación tan rara que tanto se parecía a la pena, a la tristeza y al dolor. 

Y, entonces, entre tantas emociones juntas, vueltas y revueltas, llamó a tu puerta la que faltaba: la culpa. La culpa por lo que sí y por lo que no. Llegó fuerte cual borrasca, tormenta, huracán, y arrasó con las poquitas gotas de compasión y amor que quedaban para ti en tu alma y en tu corazón. 

Porque… 

¿Cómo puede ser que esté tan triste en el momento más feliz de mi vida? ¿Cómo puede ser que sienta tanta oscuridad en mí tras haberte dado luz a ti? ¿Cómo puede ser que me haya perdido el día que te he conocido? ¿Cómo puede ser que me convierta en tu abrigo y sienta, aquí dentro, tanto viento y tanto frío? 

¿Cómo puedo ser tu hogar si siento que me he perdido? 

¿Cómo es que te he dado vida si no siento mi latido? 

¿Cómo puedes conocerme con solo olerme si ni yo misma sé quién soy? ¿Cómo puedes recordar mi tacto y mi voz si yo me he olvidado de mí y siento que no estoy? ¿Cómo puede ser? 

¿Cómo puedo ser?

Aún así, había que seguir; cuidarte, protegerte, aprender a quererte, sonreírte, sostenerte, alimentarte, cantarte, bailarte, limpiarte. Hacer todo esto sin saber hacerlo porque el instinto es una cosa y, otra muy distinta, es saber y poder conectar con él. 

Y mientras eras su aprendiz, mientras lo intentabas una y otra y otra y otra vez, había que obedecer: no dejarle mucho en la cuna, pero no cogerle demasiado en brazos, darle pecho «porque es mejor» pero «¿ya le estás dando pecho, otra vez? ¡Por Dios!» Espera, nadie me ha preguntado lo que quiero yo. 

Había que limpiar los bodys y los pijamas sucios, y también aprovechar para «dormir cuando duerme el bebé«.

Darle chupete para que dejara de llorar, pero no cogerla cuando llora «porque le vas a malacostumbrar«.

Ahora lo piensas y no sabes cómo hiciste para, literalmente, no explotar. 

Bueno, y sigo.

Porque también había que fingir, atender conversaciones, responder mensajes, contestar llamadas, recibir visitas y hacerlo, además, con interés, con ilusión, el pelo lavado y la casa recogida. Ah, y una cajita de pastas. 

Había que cumplir. Había que sonreír y tener tiempo para ti, tener ganas de salir. Había que retomar el deporte «porque es importante«, salir a airearte «porque te va a venir bien«. Había que volver a ser, cuanto antes, la que un día fuiste, la que un día fui. Pero, espera, nadie me pregunta qué quiero, qué necesito… A mí. 

No supiste verla venir porque cuando miraste ya estaba ahí, acomodada en tú salón, ocupando tu mente, tus ojeras, y cada pedacito de tu corazón. Ya había conquistado tu casa, tu calma, tu alma, tu sueño, tus sueños y tu colchón. Cuando miraste, ya te había robado la alegría y la ilusión. 

La presión ni sumó, ni apoyó ni aportó, ni ayudó. 

Porque, ahora, piénsalo un poco, por favor: 

¿Cuánta presión crees que hay en esta depresión? 

Del 0 al 10. Un 0 seguro que no. 

Y, aunque, incluso habiéndola vivido y sentido, no sepa muy bien qué es, de qué va ni cómo funciona (ay, ojalá saberlo y encontrar la pócima mágica para regalar), sí que creo que es importante (imprescindible, en realidad), entender que necesitamos miradas bonitas para poder reconocernos y vernos cuando el reflejo de quien somos escuece. 

Silencio para oírnos, escucharnos y entendernos cuando todo son dudas, miedos y millones de emociones. Respeto para poder equivocarnos, caernos sin un: «ves, te lo dije…» Para poder aprender a ser madres. Ni las madres que quieren que seamos ni las que se nos exige ser. Poder ser las madres que podamos ser. Las madres que nos de la gana ser. 

Brazos para abrazarnos y sostenernos a nosotras porque se necesita sostén cuando el centro y el equilibrio se pierden. 

Y comprensión, calma y tiempo para volver a conocernos en un mundo que nos borra del mapa si no respetamos sus tiempos. 

Creo que partir desde aquí sería un buen comienzo. 

Un muy buen comienzo. 

2 respuestas

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Información básica sobre protección de datos Ver más

  • Responsable: Ana Muñoz Hinojosa.
  • Finalidad:  Moderar los comentarios.
  • Legitimación:  Por consentimiento del interesado.
  • Destinatarios y encargados de tratamiento:  No se ceden o comunican datos a terceros para prestar este servicio. El Titular ha contratado los servicios de alojamiento web a WordPress que actúa como encargado de tratamiento.
  • Derechos: Acceder, rectificar y suprimir los datos.
  • Información Adicional: Puede consultar la información detallada en la Política de Privacidad.

Utilizamos cookies propias y de terceros para obtener datos estadísticos de la navegación de nuestros usuarios y mejorar nuestros servicios. Si acepta o continúa navegando, consideramos que acepta su uso.    Más información
Privacidad