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La mirada nublada

Yo quisiera hablar siempre de fitness, pero no todos los compartimentos de mi cabeza albergan mancuernas y kettlebells. Son ya unos años navegando por la red, navegando en internet y algunos menos divulgando, si se puede llamar así a mi labor en las redes sociales.

Qué extraño todo en lo virtual, ¿no? Pienso mucho sobre nuestra presencia en la pequeña pantalla, sobre los códigos de comportamiento que asumimos. Dicen que el uso de plataformas como Instagram altera nuestra capacidad de atención continuada y nos adicciona al estímulo rápido. Me pregunto si nos entrenan a no mirar.

Siento, muy a mi pesar, que las redes sociales rebajan el umbral ético del encuentro. ¿Nos permiten suspender la humanidad?

En lo presencial hay al menos la posibilidad del reconocimiento (o eso quiero abrazar). La mirada del otro, el silencio compartido, el cuerpo esperando respuesta… Algo me llama a responsabilizarme de quien tengo enfrente, porque somos capaces de percibir la no atención.

A través del teléfono, sin embargo, no vemos al otro esperar. No sentimos el tiempo del otro. No sabemos si decide deliberadamente atender o no… y, lo más grave, no tenemos que decidir tampoco nosotros. ¿La atención se vuelve algo opcional? ¿El otro es estímulo y no presencia? ¿Lo virtual legitima la indiferencia?

Podemos argumentar que es el dispositivo el que filtra a los dedos que escriben. Afirmar que es el scroll el que fragmenta la atención. Pero en el proceso de nombrarla red social, el otro no está: se desdibuja. Es una demanda abstracta. Es contenido. Es un sin rostro. Y ante esto, la no atención no se vive como negación del otro que me interpela; es solamente tiempo muerto. Es donde descanso la vista, porque ver, no veo.

¿Cómo sostener el gesto humano en un marco que no lo exige? ¿Cómo no caer en la desesperanza? ¿Cómo resistir la ola que despersonaliza lo que descubro en la pequeña pantalla?

Porque sí, sigo creyendo en la ética del cuidado incluso en lo digital. Sé que, entre un mar de publicaciones, hay palabras que son abrigo para quien lee o escucha en busca de sentido entre tanta incertidumbre. No he renunciado a mirar, porque el coste es demasiado alto para alguien que lleva por bandera la frase del filósofo Josep Maria Esquirol: «existir es, en parte, resistir».

Quizás de eso se trate: de hacer contracultura digital, de politizar la atención y de entrenar la mirada. Repito: de entrenar la mirada. Quisiera un programa de entrenamiento que me ayudara a practicar la pausa, donde programar el reconocimiento a la singularidad del otro. Una planificación que me enseñe a recuperar la atención, a devolverle la agencia a mi forma de mirar a través de la pantalla.

Quiero saber pautar un punto de encuentro, un guiño compartido más allá del like. Quisiera un código que signifique un carácter del esfuerzo elegido, un RPE que diga: te veo, sé que estás.
Y tal vez, mientras siga con intención de mirar, algo de lo humano permanezca. Mientras haya ojos
que no pasen de largo, el mundo seguirá teniendo rostro.

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