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Ícaro y el brillo del sol

Todos los imperios caen. Cayeron el Imperio Azteca, Otomano, Británico, Español, Ruso, Romano, Bizantino y la Dinastía Han, por diversas vicisitudes y a su debido tiempo. Y como cayeron éstos, a nadie hoy día se le escapa que el Imperio que ha venido dirigiendo los destinos de todo el planeta de manera más o menos uniforme de los últimos treinta y largos años (contando desde la caída del muro de Berlín) como ha sido el Imperio Estadounidense, está cayendo.  

Pero de la misma forma que un gallo viejo no quiere que gallos jóvenes entren en su gallinero y a pesar de ser impotente y malo, lucha y se resiste; los imperios también se enrocan en no reconocer su declive. Y en el caso de nuestros amigos yankis la pataleta tiene un rostro reconocible: Donald J. Trump. 

Desde ahora pido perdón, no soy experta en geopolítica, relaciones internacionales, macroeconomía ni sociología. Simplemente pretendo plasmar mis pensamientos sobre cómo se está viviendo esa caída desde el terreno. Porque como todos sabemos, esto va a arrastrar a muchos por detrás, en mayor o menor medida. Si es para bien o para mal el cambio que le suceda, no me corresponde a mi decidir.  

Vivo en el MidWest, esa suerte de territorio que no es ni la boyante costa este, ni la rocosa cosa oeste. En una zona, eminentemente rural, como lo es casi todo el país. Ser rural no es bueno ni malo, aunque muchos dirigentes de nuestra izquierda patria sean muy rápidos en denominar como “catetos” a aquellos fuera del círculo de la M30 que no votan lo que ellos consideran como bueno al llegar las elecciones. Simplemente hace que las preocupaciones de unos sean diferentes a los de otros. Y muy posiblemente, esta incapacidad de escucha de aquellos considerados como “eminentes intelectuales” ha hecho que movimientos como el MAGA de Trump hayan arraigado con tanta fuerza. Porque para el snob de Tribeca puede ser esencial que en su ciudad haya lugares donde encontrar té matcha de bebida vegetal orgánica ecofriendly a las cuatro de la mañana, pero para el señor que cultiva patatas en Idaho lo puede ser que su hijo pueda estudiar en la universidad estatal nuestro equivalente a un grado de Informática. 

Donde yo vivo acucian mucho esta “falta de escucha” y cómo durante la campaña de 2016, Hillary Clinton despreció moverse bastante por aquí, mientras su competidor Trump se dedicaba a ir a lugares como Detroit a repetir “que les iba a devolver la gloria de la General Motors”. Y es precisamente esa gloria, esa nostalgia, con la que se juega. Durante décadas, este país ha vivido en una burbuja donde unos pocos tenían mucho y vendían que llegar AHÍ era algo al alcance de todos, con esfuerzo y tesón. El sueño americano hacía que incluso en 2009, un señor de raza negra nacido en Hawaii y casado con la tataranieta de una esclava pudiera llegar a ser presidente. El problema ha venido cuando ese sueño de factoría de cine ha demostrado ser frágil, de papel. Sinceramente, a nadie le importaba hasta hace un par de años que la gente se endeudara para pagar facturas médicas, hubiera tiroteos en colegios, se mataran niños en Oriente Medio o la educación fuera un marcado privilegio de clase. Digamos que era algo que le daba “idiosincrasia” al país (suena cruel, lo sé). El problema ha llegado precisamente cuando después de matarte a trabajar para mandar a tu hijo a la universidad, como nuestro señor de Idaho de arriba, vemos que no será contratado por ninguna compañía porque es mucho más barato traer 200 ingenieros indios, que van a trabajar mucho y pedir poco. O como antes, casarte con un médico era garantía segura de tener una muy buena vida y ahora ese único sueldo no da para vivir el lujo que te aseguraron que tendrías. 

Es evidente que hacer examen de conciencia y ver qué se ha hecho para llegar a esa situación tan angustiante es algo duro y se necesita una madurez que no todas las sociedades poseen. Entonces, no van a mirar a su criatura más perfecta, el sistema capitalista y su bandera, el libre mercado, colapsando como algunos pronosticaron. Por ejemplo, mantener una fábrica en EE.UU. es a todas luces más caro que exportarla a Guatemala y que desde allí manden el producto. Pero como Ícaro, de tanto acercarse al sol con alas de cera, se derritieron y cayó.  En ese momento, donde muchos empiezan a escandalizarse, alguien decide buscar algo externo, ajeno, que al escucharlo produce un alivio instantáneo. “Si no es algo nuestro, estamos salvados. Es una acción externa, no tengo que cambiar nada de lo que yo estoy haciendo”.  

Hay que reconocer a Trump fue claro con sus intención desde el primer momento, habló de expulsión de migrantes (porque claro, les roban el trabajo a los locales) y lo está cumpliendo. Y a pesar de ello, muchísimos latinoamericanos lo votaron, porque claro “ellos no eran los malos”. Cuando ves las imágenes de ICE por ejemplo en Minneapolis, no puedes evitar que se te hiele la sangre. Algunos dicen muy a la ligera que son “una Gestapo”, pero otros corrigen “son como las patrullas cazadoras de esclavos”. Este último término me parece mucho más certero, ya que la Gestapo de nuevo nos devuelve a una realidad ajena, extranjera “eso no ha pasado nunca en este país”, cuando lo segundo estaba presente en prácticamente cada condado de cada estado de este país. Y como aquellos pedían la cédula de libertad a cualquier liberto que se encontrasen, ICE pide la documentación a cualquiera que se le cruce, por el simple placer de verlos temblar. Cada mañana, cuando abro X, otrora Twitter, veo un anuncio donde el Tío Sam me señala con un dedo “Join the ICE”. El móvil detecta que hablo español y soy un gancho perfecto, ofrecen recompensas muy interesantes por cazar individuos y no se requiere formación académica alguna. Muchos chavales que no ven un futuro laboral asegurado saben que, en un par de batidas, especialmente si hay niños de por medio, se podrán sacar el dinero para ese coche, esa entrada de hipoteca y sobre todo, van a ser respetados como hombres que devuelven el honor perdido a su país. 

Como mujer, no quiero dejar a un lado lo que sucede con nosotras. Al día siguiente de la victoria de Trump, se agotaron en mi condado las citas con ginecólogos para colocarse un DIU y el equivalente a nuestra píldora del día después subió sus precios. Porque uno de los pilares maestros de este sistema perdido, que añoran, es el papel que tenían las mujeres. Dulces, sumisas, abnegadas esposas. “Barefoot and pregnant” es el equivalente a “en casa y con la pata quebrada” en inglés, que se repite entre cuentas incels que ya no están escondidas y que se frotan las manos anhelando más y más cambios que les permitan acceder a lo que por derecho les pertenece, una mujer. Cada día escucho una barbaridad distinta acerca de lo que claman, y lo peor de todo, es que todo parece tangible. Desde que el voto sea por familia y obviamente sólo el cabeza de familia (varón) pueda ejercerlo, a retirar a las mujeres del ejército porque son un “blanco fácil”, pasando por la prohibición de tratamientos de fecundidad in vitro y anticonceptivos que impidan la implantación del embrión (de ahí lo del DIU de antes) hasta finalmente cuestionarse que porcentaje de estudiantado femenino deberían tener las carreras. Ideas que no sonarían raras en boca de fundamentalistas islámicos, pero que aquí vienen bendecidas y amparadas por una fuerte aura evangelista que hace que no veamos el peligro.  

Pero repitiendo lo que decía Unamuno, “A mí me duele España”. Me duele como todas estas ideas se están exportando y las estamos asimilando. Cada vez hay más jóvenes que niegan la dictadura y pasan vídeos ridículos de AI donde se ve “la España que nos han robado”. Una España donde obviamente no hay droga, obreros con enfermedades laborables prevenibles, mujeres que “se caían de la escalera” ni gays con miedo de que se supiera y lo implícito, que se deja al ojo avispado, ni una sola persona que no fuera blanca.  

Repetir una y otra vez el mantra de “que todos los políticos son iguales” lo único que hace es precisamente que la frustración y el desasosiego calen y desanimen al voto. Pero a la vista está que aquellos nostálgicos (eufemismo televisivo de fascista), son suficientes, tienen medios y se movilizan para sí ejercer ese derecho que le cuestionan a otros. En nuestras manos está que esas imágenes que tanto nos sorprenden del otro lado del Atlántico, no se den en éste.  

2 respuestas

  1. Me ha gustado mucho el artículo, salvo el final, la verdad. Puede que no todos los políticos sean iguales cien por cien, pero vamos… 99’99% lo son. Y para lo q aquí nos ocupa, q es que nuestro país no continúe por el declive hacía el que todo occidente camina, el 100% es innegable. O acaso estamos donde estamos por culpa de esos a los que no queremos que nadie vote y que todos tememos que ganen algún día? Xq esque desde la caida del muro hasta ahora lo unico que hemos tenido es un sistema democrático donde eliges entre asesino o violador, pues no sé rick… A lo mejor es que votar violador para que no salga asesino no es una buena idea?. Tildadme de ingenua si queréis pero ya estoy harta de llamaditas al voto útil cuando llevamos cincueta años de política inutil por culpa del miedo. Basta ya. Ni seamos tan imbéciles como para votar asesino ni tan gallinas como para votar violador. Porque llevamos en este bucle toda mi vida entera y soy del 85, con el mismo discurso una y otra vez cada vez q vienen elecciones, la misma cantinela, la misma inyección de miedo en vena… y damos pena como sociedad.

    1. Muchas gracias por tu comentario Alicia. Personalmente también soy de tu pensamiento y a la vez entiendo el miedo de la gente a que salga la ultraderecha. Esperemos que una vez que salga, porque va a salir, al menos la gente despierte y de una vez por todas salga a la calle. Un fuerte abrazo.

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