La misoginia en hombres homosexuales

Tradicionalmente, y debido al fuerte sexismo y homofobia interiorizada que imperan en la sociedad, a los hombres homosexuales, debido a nuestra orientación sexual, siempre se nos ha colocado en una posición más cercana a las mujeres que a los hombres. ¿Nos exime eso de ser igual de machistas que los varones heterosexuales? La respuesta es un rotundo NO.

Lo único que nos une a los hombres homosexuales y a las mujeres es nuestra atracción sexual por otros hombres. Decir que somos más cercanos a las mujeres sólo por esto ya supone un uso del género para que los hombres oprimamos a las mujeres, dando por sentado que todas las mujeres deben ser heterosexuales.

Cuando nos enfrentamos a la discriminación de los hombres heterosexuales (voy a hablar de hombres porque, en la mayoría de casos de homofobia que conozco, el atacante suele ser un varón), siempre buscamos la atención y comprensión de nuestras amigas. Les exigimos que tengan un nivel de empatía y una responsabilidad afectiva hacia nosotros que, en un elevadísimo porcentaje, no sabemos corresponder, básicamente porque tenemos tendencia a considerar que lo que nos pasa a nosotros es más importante y que requerimos la mayor parte de la atención (y que ellas si tienen problemas similares, o son unas histéricas o unas exageradas). Estamos, con ello, exigiendo que nuestras amigas sean nuestras cuidadoras.

La misoginia que mostramos hacia las mujeres es más que evidente en el ocio de ambiente o en actos de reivindicación relacionados con, por ejemplo, el orgullo. Las lesbianas están prácticamente invisibilizadas (esto me recuerda a lo que hacíamos de pequeños cuando jugábamos a fútbol en el recreo del colegio, ocupando tanto espacio que relegábamos a las niñas a una esquina del patio),  y es excesivamente más frecuente de lo que me gustaría escuchar expresiones tan desagradables como “hay mucho coño por aquí”, en discotecas y pubs destinadas a público homosexual. La popularidad que hemos dado a los espectáculos de “Drag Queen”, en los que hombres (en una amplia mayoría) homosexuales, ridiculizan mediante burdos estereotipos y un grado superlativo de sexualización la figura de la mujer. Nuestro ego nos ha llevado a pensar que el colectivo y la lucha contra la homofobia es una cosa exclusivamente de hombres; y todo lugar que no esté ocupado por otro hombre con el que tengamos la posibilidad de acabar manteniendo una relación sexual (falta de respeto absoluto por la segregación de sexo en cuartos de baños, manifestaciones del orgullo convertidas en un desfile de masculinidad hiperbólica e hipersexualizada) nos resulta como una especie de ofensa a la que hay que responder con desprecio. Un desprecio que, además, no hace más que confirmar (ese modo de afear la palabra “coño”) que el motivo principal por el que las mujeres reciben violencia es su sexo.

Al mismo tiempo que el tradicional machismo que emana de hombres heterosexuales es fácilmente identificado y señalado por gran parte de la sociedad; encuentra un elevadísimo nivel de tolerancia cuando su origen resulta en un hombre homosexual. Cuanto menos nos resultaría chirriante (por no decir inadmisible) ver a un varón heterosexual realizando tocamientos e intentado dar besos en la boca a sus amigas en una fiesta. Esto, sin embargo, está absolutamente normalizado entre los varones homosexuales, producto también de vivir inmersos en la cultura de la violación que promueve la pornografía, por ejemplo. El acoso sexual de hombres homosexuales a mujeres que pertenecen a su círculo ha sido tradicionalmente como algo “divertido” e “inofensivo”; que no deja de ocultar la denigrante violencia de hacer lo que quieras con una mujer simplemente porque no sientes atracción sexual hacia ella. También la forma en la que vemos a nuestras amigas; que suele basarse en el prototipo que represente nuestra “diva pop” del momento, o en mujeres que siempre nos han cuidado y protegido sin cuestionarnos, como nuestras madres o hermanas. Siempre juzgando su aspecto, comentando sin miramientos su físico y su ropa, y sin aceptar en absoluto la crítica o el señalamiento que, hartas en un momento dado de aguantar los injustos juicios que se emitan sobre ellas, nos transmitan. “Vaya loca, menuda histérica, que exagerada, relaja la raja”; algunas de las “preciosas” expresiones que se utilizan como respuesta a dicho señalamiento; o los grupos de amigos homosexuales que utilizan el lenguaje femenino (y los roles sexuales) para ridiculizarse entre ellos y hacer sentir a unos que son menos hombres (y por lo tanto menos válidos) que otros. Tampoco es un hecho aislado el ver a hombres homosexuales entrar en una especie de competición con mujeres heterosexuales por obtener la validación y el favor sexual de otros hombres, supuestamente también heterosexuales: “me he tirado a un hetero”, “si tu novio prueba conmigo, verás como no vuelve contigo”… Lindezas que desgraciadamente están super naturalizadas y que la inmensa mayoría de mujeres con amigos homosexuales habrán tenido el “privilegio” de escuchar en alguna ocasión”.

Y por último, no me gustaría finalizar este análisis sin hablar de la exigencia que (otra vez usando el género para oprimir al sexo), muchos hombres homosexuales realizan al feminismo para, una vez más, “amadrinar” todas sus vindicaciones; sin mostrar un interés mínimo en, por ejemplo, denunciar los feminicidios y la violencia machista que se sucede a diario, o la defensa a ultranza que muchas asociaciones representantes de los derechos LGBT mantienen sobre legalizar las explotaciones sexual y reproductiva de las mujeres, imponiendo una vez más deseos y privilegios masculinos sobre los derechos y la integridad física y emocional de las mujeres. Homosexuales, que sólo por su orientación sexual, reclamamos estar presente (y abanderar) manifestaciones; las imposiciones por parte de colectivos LGBT a las feministas de aceptar a mujeres transexuales como sujeto de su lucha, el chantaje emocional a las lesbianas por no querer mantener relaciones sexuales con mujeres transexuales; y esa alfombra roja que hemos ayudado ampliamente a extender al patriarcado en la violencia contra las mujeres; el uso del acrónimo “TERF”, bajo el que se ocultan verdaderos discursos de odio y violencia contra las mujeres, que sin embargo encuentran gran aceptación (incluso puede que, por desgracia, amparo legal) entre todas las personas que nunca admitirían que se usaran, por ejemplo, otros términos deshumanizantes y peyorativos como ”Feminazi”. Imposición al feminismo de que acepten que acaparemos todos los espacios feministas, en lugar de reconocer nuestra deuda histórica con el movimiento y deconstruir nuestras parcelas y trabajar en impregnarlas de feminismo.

Conclusión, aunque sea muy básica y su uso esté muy extendido (pero igualmente necesaria de remarcar): todas las personas que nacemos varones recibimos una educación basada en la socialización masculina que se nos asocia por ser hombres; y ni la orientación sexual ni una bonita cobertura de colores y (mal entendido) progreso, nos va a librar de ella si no aceptamos la crítica, la realizamos nosotros mismos y trabajamos a diario y sin descanso en deshacernos de esa forma de socializar. O dicho en otras palabras, lo gay no te quita lo misógino.

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