El dilema de matar a Hitler de bebé es un experimento mental clásico en ética y filosofía moral. La pregunta básica es: “Si pudieras viajar en el tiempo y matar a Adolf Hitler cuando era un bebé, evitando así el Holocausto y la Segunda Guerra Mundial, ¿sería moralmente correcto hacerlo?” Y mi pregunta es: “¿Para qué?”
Hablamos de los grandes dictadores como si no fueran reemplazables. Como si la maldad de Pol Pot, de Franco o de Castro fuera inimitable, incapaz de desarrollarse en otro cuerpo o en otros entornos. Y es ahí cuando nos entran ganas de matar a baby Hitler y salvar a la humanidad ¿de qué? ¿De otro igual o peor que surgiera en el mismo contexto, en las mismas circunstancias y llegara a las mismas conclusiones? ¿Tenemos que matar a Hitler, o a todos sus votantes?
El año ha empezado tan fuerte que es difícil pasar la resaca navideña y asimilar una invasión al mismo tiempo. Y es que ese concepto de Hitler como encarnación del mal habita hoy otros cuerpos. A Hitler le votaron judíos y a Trump le votan latinos, y si pudieran viajar atrás en el tiempo, ¿quién sabe? Quizá le votarían otra vez. Y algunos lo hacen porque creen que es un genio, lo mejor de lo mejor que pudo pisar la Casa Blanca, y otros lo hacen porque les parece mejor el malo por conocer que el malo conocido. Y ahí, en ese “malo por conocer”, me acuerdo de José Luis Sastre cuando dice que la verdad necesita tiempo. Hay que esperar a la verdad. Miles de venezolanos salieron a las calles a celebrar la caída de Maduro, y lo entiendo, no les quiero quitar la alegría de haberse quitado ese peso de encima. También hubo alegría cuando Fidel murió, y eso que fue de viejo, tranquilamente, en una cama que nadie sabía en qué casa estaba porque su lugar de residencia nunca fue público. Es inevitable alegrarse del fin de los tiranos, porque pensamos, con toda nuestra ingenuidad, que ese será el fin del hambre, de los presos políticos, de las restricciones económicas, del éxodo que vivimos porque, una vez más, es más grande el miedo al malo conocido que al malo por conocer. Es inevitable alegrarse, aunque esa alegría dura dos minutos, porque luego ves quién ha protagonizado los hechos y dices: WTF?? Y entonces te das cuenta de que el malo conocido y el malo por conocer son, básicamente, la misma persona. Igual de exterminables que baby Hitler si tuviéramos la oportunidad.
Y luego viene la parte que no entiendo. No entiendo cómo esa alegría se transforma en gritos de “Pedro Sánchez, hijo de p*ta”, porque no entiendo cómo alguien que ha vivido una auténtica dictadura puede pensar que un país en el que le puedes gritar eso al presidente en una manifestación espontánea es una dictadura. Y no entiendo cómo la reacción a esa estupidez es decir que aquí se les trata genial y que si no les gusta, que se vayan, porque también estoy hasta el mismísimo c*ño de que las personas migrantes tengamos que estar eternamente agradecidas de que se nos deje respirar, de que se nos tenga que dar permiso para opinar, de que la cabeza siempre tenga que ir un poquito más abajo y es sólo porque se nos ve como una masa homogénea, como si entre nosotros no hubiera las mismas divisiones políticas, las mismas diferencias de criterio, los mismos fachas y los mismos woke que en el resto del mundo.
La verdad necesita su tiempo porque no sé si quedan venezolanos felices después de la proclamación de Delcy Rodríguez como presidenta. Dudo mucho que Trump haya leído El Gatopardo, pero supongo que eso de cambiarlo todo para que todo siga igual no necesita un manual de instrucciones literario. Y me da miedo México, me da miedo Groenlandia, me da miedo Nicaragua y, egoístamente, me da miedo Cuba, porque la tierra de una siempre pesa más y en esto soy terriblemente humana. Me da miedo toda la gente
dentro y fuera de mi país que está deseando una invasión, y lo entiendo, porque necesitamos un cambio, y no lo entiendo, porque Trump ya ha dicho alto y claro que en Cuba no hay nada, que Cuba ya no aguanta más presión, que sólo queda bombardear. Me da miedo Cuba no porque estemos genial, sino porque ya no podemos ir a peor.
El problema no son los individuos monstruosos, sino los contextos que los producen y legitiman; y el deseo de “matar al malo” es una fantasía simplista que nos impide entender nuestra propia responsabilidad colectiva. Quizá no podamos hacer mucho, pero podemos empezar por no invitar al malo por conocer a invadir nuestro país.
Un comentario
Impotencia es lo que siento cada día.
Es agotador.