Sé paciente.
No grites.
No pierdas la calma.
Acompaña sus emociones mientras regulas las tuyas. Sé una madre presente, consciente, disponible. Hazlo con amor, con ternura, con tiempo.
Y, además, trabaja fuera de casa, sé independiente, realiza tu trabajo con excelencia, prepara meriendas conscientes, mantente en forma, cultiva tu mundo interior y permanece emocionalmente disponible. Siempre.
Mantén la casa limpia y ordenada. Cuida la pareja. Reserva tiempo para ti.
Y, por supuesto, no te atrevas a quejarte.
Porque tú elegiste ser madre, ¿verdad?
La crianza respetuosa ha llegado —y menos mal— para recordarnos algo que como sociedad habíamos olvidado peligrosamente: que niñas y niños son personas. Que merecen dignidad, empatía y cuidado. Que sus emociones importan. Todas. Que educar no es domesticar, ni someter, ni silenciar. En esto, al menos en el plano teórico, parece que estamos de acuerdo.
El problema no es la crianza respetuosa.
El problema es el sistema en el que se nos exige practicarla.
Porque en una sociedad profundamente desigual, patriarcal y capitalista, la crianza respetuosa se ha transformado en un nuevo estándar moral, otro listón imposible que vuelve a colocarse, casi en exclusiva, sobre los cuerpos, el tiempo y la salud mental de las mujeres. Especialmente de las madres.
La llamada “crianza consciente” —tal y como se nos vende desde determinados discursos, perfiles de maternidad y mercados emocionales— no ha venido sola. Ha venido acompañada de una hiperresponsabilización materna, de una idea peligrosa: que si te organizas bien, si sanas tus heridas, si gestionas correctamente tus emociones y si te esfuerzas lo suficiente, podrás criar con presencia plena… incluso en un sistema que te explota, te aísla y no te sostiene.
Y esa es la trampa.
Porque lo que se presenta como empoderamiento individual es, en realidad, una sofisticada forma de despolitización del cuidado. Se nos invita a mirar hacia dentro, a autorregularnos, a ser mejores madres, mientras dejamos intactas las condiciones materiales que hacen la crianza casi inviable: jornadas laborales incompatibles con la vida, ausencia de redes comunitarias, precariedad, soledad, falta de corresponsabilidad real y políticas públicas insuficientes.
No es casual que este modelo recaiga, una vez más, sobre las mujeres.
No es casual que el mandato de la calma, la paciencia infinita y la disponibilidad emocional total tenga rostro de madre.
No es casual que la culpa vuelva a ser el mecanismo de control.
Por eso, este texto no es —ni quiere ser— un alegato contra la crianza respetuosa. Es, más bien, una defensa radical del respeto hacia las propias madres. Del derecho a equivocarnos. A cansarnos. A gritar. A llorar. A poner límites. A no llegar. A criar como podamos en un sistema que no está pensado para cuidarnos.
Porque no puede haber infancias libres si la maternidad está atrapada en la autoexigencia, el juicio constante y la soledad estructural.
Porque no queremos criar desde el sacrificio permanente, sino desde la conciencia colectiva.
Porque nadie —absolutamente nadie— debería verse obligada a maternar en aislamiento.
Sin embargo, eso es exactamente lo que ocurre: pisos cerrados, tribus inexistentes, redes rotas, mujeres sosteniendo solas la vida mientras se nos exige que lo hagamos con una sonrisa, con presencia plena y sin quejarnos. Y así, enfermamos. Física y emocionalmente.
Hablar de crianza respetuosa sin hablar de justicia social es un engaño.
Hablar de acompañamiento emocional sin hablar de corresponsabilidad es una falacia.
Hablar de bienestar infantil sin hablar de salud mental materna es una forma de violencia simbólica.
Y aquí es donde el feminismo tiene un reto urgente: incorporar el relato materno como un discurso político central, no como una experiencia privada, romántica o secundaria. Las madres no solo cuidamos criaturas; estamos construyendo las futuras generaciones. Estamos moldeando vínculos, valores, formas de estar en el mundo. Nuestra experiencia no puede seguir siendo marginal dentro del propio feminismo.
Maternar con presencia, con conciencia y con amor sí es feminista.
Lo que no es feminista es exigirlo en un sistema que no cuida a las madres que lo hacen posible.
Por eso, sí: crianza respetuosa. Claro que sí.
Pero empezando por una misma.
Pero con sostén.
Pero con red.
Pero con políticas públicas, corresponsabilidad y comunidad.
Porque una crianza no puede ser respetuosa si no lo es también con quien cuida.
No puede haber respeto hacia la infancia sin respeto hacia la maternidad.
No puede haber acompañamiento emocional para las criaturas si no existe sostén emocional para sus madres.
Cuando una madre se siente acompañada, libre y respetada, el respeto hacia la infancia no se impone: emerge.
Sin exigencias imposibles.
Sin cargas individuales.
Y, sobre todo, sin culpa.
Solo con amor.
Pero del bueno.
Del que cuida a todas las partes.
Sin olvidar a ninguna.
Un comentario
¡Entre las madres y los jubilados…! A éstos no paran de bombardearles con que cobran demasiado, qué son egoístas, qué hay muchos jóvenes trabajando que cobran menos. Y yo les respondo ¡Qué luchen los jóvenes si quieren conseguir mejores salarios y condiciones, igual que lo hicimos nosotras antes!