Brecha orgásmica


17/09/2021
Secciones: Opinión
Temas: Política, Salud, Sociedad
Autoría: Lola Lúpez
Edición: Anyta Belle
Ilustración: Revoleo

La mayoría de nosotras hemos oído hablar de la brecha salarial, un indicador de la discriminación retributiva por razón de sexo. Sabiendo esto, se hace evidente de qué hablamos cuando hablamos de brecha orgásmica. La brecha orgásmica es la desigualdad entre sexos en el número de orgasmos en relaciones heterosexuales, siendo los hombres quienes más orgasmos viven. De la misma forma que son quienes están en la parte superior de la brecha salarial. 

Podría dedicar este artículo a compartiros datos de estudios relacionados, como un estudio publicado en 2018 en Archives of Sexual Behavoir, donde se entrevistó a más de 50.000 estadounidenses adultos de ambos sexos. Las conclusiones nos muestran un 95% de hombres heterosexuales que afirman tener orgasmos en sus relaciones, frente al 65% de las mujeres heterosexuales. 

Mi intención con este artículo no es la de compartir datos y estudios que podéis encontrar en internet. Mi objetivo es analizar el por qué existe una brecha orgásmica que, además, la inmensa mayoría de nosotras ha experimentado en carne propia. 

Durante muchos años de mi vida he creído que no lograba alcanzar un orgasmo con un hombre porque mi cuerpo no estaba bien. Había oído centenares de veces que las mujeres son difíciles de contentar o que a las mujeres les cuesta más alcanzar el orgasmo, y me lo había creído. Por suerte, el feminismo llegó para abrirme los ojos, una vez más. 

Nuestros cuerpos están perfectamente. Ese no es el problema. Decir que si no tenemos tantos orgasmos como los hombres es porque nos cuesta más, es una visión misógina y muy limitada del problema: es echarle la culpa a la mujer de su propia desgracia y, además, cerrar el tema aquí. No seguir indagando el motivo real de por qué sucede esto.

Empecé a plantearme que mi cuerpo no era el problema cuando me di cuenta de que, cuando tengo sexo conmigo misma y me masturbo, alcanzo el orgasmo sin problema. La brecha orgásmica no se debe a cuestiones fisonómicas. Este descubrimiento me llevó a cuestionarme otros dogmas relacionados con la sexualidad, que la cultura patriarcal nos repite hasta la saciedad. Por ejemplo, que las mujeres solemos tener menos líbido que los hombres. 

De nuevo, se explica el fenómeno apelando a la naturaleza de las mujeres: tienen menos líbido, evitando así analizar el problema en profundidad. Cabe preguntarnos, también, cuál es esta naturaleza femenina a la que el patriarcado recurre para justificarse a sí mismo.

Volvamos a la brecha orgásmica tan evidente en las relaciones heterosexuales. ¿Podría ser precisamente esta la causa de que las mujeres tengan menos líbido que sus parejas hombres? Esta es mi tesis: la sexualidad para las mujeres heterosexuales está profundamente sesgada por el patriarcado y resulta frustrante e insatisfactoria para nosotras. Lo de que tengamos menos líbido es, sencillamente, mentira.

Por tanto, la brecha orgásmica no se debe a una menor líbido femenina ni tampoco a que el cuerpo de las mujeres sea más difícil de contentar.

La desigualdad dentro de las relaciones sexuales se debe a la cultura opresiva patriarcal, más concretamente a la socialización de género

La socialización de género es un concepto que hace referencia a la educación diferenciada que recibimos dependiendo de nuestro sexo. Dicho de otro modo: no se educa de igual forma a niños que a niñas. Estas diferencias pueden ser evidentes, como por ejemplo que a las niñas se les ponga pendientes y vestidos desde su nacimiento, o pueden ser mucho más sutiles. Pensemos en el patio de un colegio de primaria. El campo de fútbol (o el área dedicada a los deportes) ocupa la mayor parte del recinto. Son los niños los que juegan al fútbol en el patio del colegio, en términos generales, porque el fútbol y los deportes son cosas de chicos o porque las chicas no saben jugar (ideas, a su vez, derivadas de la socialización de género). Tenemos a los niños ocupando el grueso del espacio público, que es el patio del colegio durante el recreo, y a las niñas jugando en un espacio mucho menor y con miedo a que les dé una pelota. Podríamos incluso hablar de la típica reacción de los niños cuando una niña entra en el área dedicada al campo de fútbol: la reacción es echarla, dejarle claro que ese espacio es para ellos.

Con este ejemplo no pretendo sentar cátedra, sólo quiero ilustrar cómo funciona y se desarrolla la socialización de género, y cómo puede llegar a pasar por algo natural, que simplemente es así. ¿Por qué son los niños los que consideran como propio el espacio público, y son las niñas las que no? No me gustaría pasar por este tema sin señalar la normalidad con la que vivimos estas desigualdades.

La respuesta es, como ya he avanzado, la socialización de género. Pues bien, esta misma socialización que lleva a los niños a tomar como propio un espacio compartido, es la que explica, años más tarde, la brecha orgásmica.

Podría extenderme durante decenas de páginas y analizar la relación que existe entre la sexualidad que vivimos y el poder masculino, pero voy a intentar ser ligera y concisa. Mientras ellos son educados para buscar su propio placer, ellas son educadas para complacer a los demás. Mientras ellos son educados para que tengan autoestima y seguridad en sí mismos, ellas son educadas en la creencia de que no son suficientemente buenas, que deben mejorarse, que su autoestima depende de la validación masculina. Un ejemplo claro de esto es la imposición de la belleza obligatoria.

En una relación sexual heterosexual media, no hay las mismas exigencias sobre él que sobre ella. Las mujeres tienen muchísima más presión sobre su cuerpo y esto se torna evidente durante el sexo: no tener pelo, que no nos vean la tripa, ni la celulitis, ni las estrías, que la vulva no nos huela a nada o que los pechos luzcan siempre bonitos. Todos estos complejos nacen de la socialización de género en la que se nos dice, desde que nacemos, que nuestros cuerpos están defectuosos y hay que repararlos. Por eso nos arreglamos antes de salir o llegamos a odiar nuestros cuerpos sanos por tener algo tan natural como arrugas.

El patriarcado impone en las mujeres esta nefasta relación con nuestros cuerpos para robarnos poder. Cuando no somos capaces de amarnos, ni siquiera de vernos (pensemos en la cantidad de mujeres que no se reconocen a sí mismas hasta que se han maquillado), es más sencillo que busquemos fuera de nosotras las validación que no encontramos dentro. De ahí que las mujeres busquemos la validación masculina, lo cual tiene una importancia capital en la brecha orgásmica

La sexualidad heterosexual está conformada alrededor del hombre, nace de su deseo y trata de satisfacer su placer. Es falocéntrica, coitocéntrica y perpetúa unas terribles dinámicas de poder patriarcal. Retomando la idea de la validación masculina, pensemos en una típica relación sexual y preguntémonos lo siguiente: ¿cuántas cosas hace ella por complacerle a él? Eso es en lo que se nos ha socializado toda nuestra vida a las mujeres, en complacer, en gustar, en hacer que el resto se sienta bien. Por contra, a ellos se les ha socializado en el amor propio que les lleva a considerar que merecen ese placer.

Si a esta socialización de género le sumamos las directrices patriarcales sobre la sexualidad (dos hechos que están íntimamente conectados), como asumir que el sexo es sinónimo de penetración, tenemos como resultado la brecha orgásmica. Y esto sin nombrar el brutal desconocimiento de las mujeres sobre sus propios cuerpos y el tabú, aún hoy en día, sobre nuestras vulvas, nuestras masturbaciones y nuestros orgasmos y deseos. 

En conclusión, la brecha orgásmica existe porque la sexualidad no es igualitaria

Vivimos en una sociedad opresiva para las mujeres, y la sexualidad no es la excepción, sino más bien lo contrario. En la sexualidad las desigualdades sexistas aparecen con mucha fuerza.

Nos muestran esta sexualidad misógina como única alternativa, cuando no lo es. Desde el feminismo hay que poner estos temas sobre la mesa, y luchar para cambiarlos. 

Para acabar, y volviendo a la brecha orgásmica, yo me pregunto si es posible acabar con la brecha orgásmica sin acabar antes con el patriarcado. Mi respuesta es que no, porque la primera se deriva de lo segundo. Es el patriarcado el que impone una sexualidad que cosifica a las mujeres, que las premia cuando complacen a pesar suyo, que fetichiza su dolor y romantiza su sumisión, que oculta su deseo y que se permite comerciar con su consentimiento. Es el patriarcado, al fin de cuentas, el que crea la brecha orgásmica. Así que la línea de acción es sencilla: para acabar con la brecha orgásmica, hay que acabar antes con el patriarcado.

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