Diseccionando la carga mental de las mujeres.

¿Qué pasa con los hombres?

La carga mental de las mujeres no está reconocida socialmente a pesar de tener unas consecuencias devastadoras en el bienestar de quienes la padecen. De hecho, existe gran desconocimiento alrededor de este concepto.

En 1996, en el estudio de la socióloga Susan Walzer “Thinking about the baby: gender and transitions into parenthood” (algo así como ‘Pensando sobre el bebé: género y transición a la paternidad’), se constató que las mujeres asumen mayoritariamente la carga de cuidados del hogar y de la familia con el consiguiente desgaste a nivel mental y emocional.

Esta división histórica de los roles de género, ha hecho que sean las mujeres quienes se preocupen y piensen continuamente en todo, que se encarguen de organizar el día a día de toda la familia y que sean quienes delegan las tareas que las y los demás tienen que realizar.  

Las investigaciones más recientes no son muy halagüeñas: se ha comprobado que, incluso en hogares corresponsables que comparten tareas, siguen siendo las mujeres las que tienen que encargarse de la lista de cosas por hacer. La dedicación de tiempo y esfuerzo que hacen continuamente en un trabajo que resulta invisible y poco valorado acaba provocando estrés en ellas y, a la larga, problemas tanto a nivel físico como psicológico (fatiga crónica, dolor crónico…).

Ante esta situación ¿qué hacemos los hombres? Raro es aquel que no deja caer un “yo te ayudo” sin ser consciente de que eso supone toda una declaración de intenciones: vendría a decir ‘no es mi responsabilidad pero yo te ayudo con lo que “tú” tienes que hacer’.

Para aquellas mujeres que están en proceso de deconstrucción de la feminidad tradicional impuesta, ese “yo te ayudo” cae como una losa de mármol del bueno, del que pesa. Y como nosotros no nos damos cuenta (o no nos queremos dar), cuando las mujeres nos sacan el tema, aparecen los conflictos.

Explicar que la sociedad avanza y que las responsabilidades de cuidado deben ser compartidas, independientemente de la situación laboral de cada persona, ya no basta. Los hombres no podemos seguir escaqueándonos y, por favor, espero que nadie esté diciendo “es que yo trabajo fuera de casa”. Los estudios del tiempo llevados a cabo en 2019 dejaban claro que en parejas formadas por hombre/mujer, en las que ambas partes trabajan fuera de casa, el peso de la carga mental recae en la mujer. Incluso cuando ella trabaja fuera de casa y él no. Por tanto, no se trata de estar ocupado, sino que es una cuestión cultural.

Y ya sabemos que cuando mencionamos las palabras “malditas” (feminismo, igualdad, machismo, patriarcado, género) suele haber una reacción negativa de parte de la sociedad, mayoritariamente de nosotros, los hombres.

Esto tiene que ver con el proceso de socialización, con la forma en que nos enseñan a ser personas en esta sociedad. No es un proceso equitativo, es decir, no ocurre igual para hombres que para mujeres, sino que es un proceso diferenciado, por eso le llamamos socialización de género. En nuestra cultura a los hombres se nos enseña a ser personas de forma diferente que a las mujeres, se nos construye de manera distinta: a los hombres para ser para nosotros mismos, mientras que a las mujeres para ser para otros.

Además, se nos enseña que esto es así, que es inamovible, que no tiene discusión ni debate. Por eso cuando cualquier mujer toma conciencia de lo que está pasando y trata de ponerle solución, suele encontrar que su pareja se resiste. Y hay muchas formas de ofrecer esa resistencia o de darle la vuelta a la tortilla (para que nos entendamos), pero casi todas pasan por algo que se ha venido en llamar micromachismos, o sea, estrategias, actitudes y comportamientos que, por estar basados en la cultura machista (tan normalizada en nuestra sociedad) pasan inadvertidos. Y no es que sean ‘pequeños’, no. En filosofía micro hace referencia a imperceptible, a sutil, a algo que resulta invisible por esa normalización de la que hablamos (no por ser algo menor).

Este concepto, que definió el psicoterapeuta Luis Bonino en la década de los 90 y que revisó recientemente, incluye algunas de las reacciones que los hombres podemos mostrar ante aquellas mujeres que nos interpelan a la hora de hacer un reparto real y equitativo de la carga mental.

Uno de los más comunes tiene que ver con las promesas y hacer méritos, es decir, si ella demanda un cambio, nosotros lo hacemos de manera puntual, parcial o temporal, hasta que todo vuelva a su ser. O también el pseudoapoyo, que sería que digamos que nos vamos a comprometer pero luego no hacemos nada, lo cual genera en ellas una frustración añadida a la sobrecarga que ya sienten.

Otra estrategia muy utilizada tiene que ver con dar lástima para que ella ceda una vez más. Solemos usar argumentos sobre lo cansados que estamos o cuantísimo hemos trabajado hoy fuera de casa (o similar). Incluso podríamos llegar a provocarnos “malestares” para confirmar que es mejor que lo sigan haciendo ellas, como supuestos daños o accidentes en la realización de dichas tareas (por ejemplo, quemaduras cocinando).

Hay hombres que rehuyen de la crítica y de la negociación para evitar que la situación cambie y no perder así nuestros privilegios. Tiene que ver con el uso de diferentes estrategias de manipulación o chantaje emocional encaminados a culpabilizar a la mujer: yo soy así, qué más quieres de mí, no puedo dar más de mí… desviando el foco de atención de lo importante y ganando tiempo o dejando que pase “el temporal”.

Pero cuando alguno se siente acorralado o no puede evitar el debate sobre la sobrecarga de responsabilidades que tiene su pareja, muestra una dejadez consciente o, incluso, una actitud pasiva. Luis Bonino llamó a esto resistencia pasiva y distanciamiento. Aunque también pueden mostrar silencios enojosos, manifestando enfado y dejándole de hablar durante días o semanas, buscando que ella ceda nuevamente.

Duro ¿verdad? Tiene que ser difícil y doloroso llevar tiempo sobrecargada y padeciendo las consecuencias en la salud, que te des cuenta de ello y decidas hablarlo con tu pareja (esa persona que “se supone” que te quiere) buscando que él también se de cuenta y que haya un reparto equitativo de las responsabilidades, para que, sin embargo, reaccione de cualquiera de estas formas que acabamos de explicar y que, incluso, podrían estar en la base de una relación de violencia machista.

Debemos acabar con el modelo jerárquico de familia tradicional patriarcal e instaurar relaciones de pareja basadas en relaciones democráticas e igualitarias. No podemos seguir sosteniendo un modelo de familia que oprime, amarra, cansa y daña a las mujeres. No tiene sentido ni es justo.

Y para ello los hombres tenemos que empezar a observarnos, a analizarnos, para conocernos mejor y darnos cuenta de lo que sucede, con el objetivo de tomar conciencia y cambiar. Deconstruir ese modelo de masculinidad que nos han impuesto que, a pesar de todos los privilegios que nos otorga, también nos daña y hace que dañemos a quienes nos rodean. Deconstruir primero, para volver a construirnos con una masculinidad diversa, sana e igualitaria.

Y al irnos deshaciendo de las trazas de machismo que la sociedad nos impuso y, aún hoy, nos sigue imponiendo, nos iremos liberando emocionalmente y, además, podremos empatizar con mayor facilidad y no rehuir de los problemas ni “hacernos los locos”.

Para quienes ya estéis en este proceso de deconstrucción, no estáis solos… yo soy uno más. Y para quienes no hayáis empezado aún animaros a hacerlo. La sociedad espera y reclama una revolución emocional masculina. No le hagamos esperar.

@psicologofeminista

JOSÉ OTEROS BASCÓN
Psicólogo experto en el abordaje psicológico integral en violencias machistas

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