El modelo de sexo único

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Hay una creencia social común de que cualquier ciencia es neutra y objetiva pero lo cierto es que no lo es. La ciencia está influenciada por intereses políticos, económicos, ideológicos y sociales, externos e internos a los propios científicos o investigadores. Todas las ciencias y, en concreto, la médica nacen sesgadas ya que partían de la base de que estudiar al hombre permitía deducir que las manifestaciones, el tratamiento y el pronóstico de la enfermedad eran idénticas para ambos sexos. El sexo es una realidad biológica inmutable y de él sobrevienen características fisiológicas y anatómicas diferenciales entre hembras y varones de la especie humana. Estas diferencias no han sido estudiadas en profundidad y además han sido utilizadas (y tergiversadas) a lo largo de la historia para colocar a las mujeres en subordinación de los hombres a través del género.

Dentro del marco de una sociedad patriarcal el sistema médico-científico ha sido el brazo ejecutor para, bajo la premisa de objetividad y neutralidad, crear y difundir la falsa idea de que las mujeres somos inferiores, el ‘sexo débil’ o las defectuosas no-hombres. De esta forma, no sólo se han invisibilizado nuestros procesos fisiológicos, sino que se han patologizado, es decir, han convertido el ciclo menstrual o la menopausia en enfermedades a tratar. Por todo esto podemos decir que el sistema médico-científico, al haber sido construido con el varón como único referente y medida, es profundamente androcéntrico.

En 1991 la cardióloga americana Bernadine Haley fue la primera en evidenciar el primer sesgo de la medicina respecto a las mujeres: no se incluían a las mujeres en los trabajos de investigación y los resultados no se diferenciaban por sexo. La doctora Haley describió el síndrome de Yentl que hace referencia a la invisibilidad de las mujeres en los estudios de enfermedades cardiovasculares y a las diferencias en la utilización de procedimientos diagnósticos y terapéuticos en los servicios de urgencias. Las mujeres que presentaban infartos que no se correspondían con la clínica típicamente masculina corrían el riesgo de ser infradiagnosticadas o ni siquiera ser tenidas en cuenta. Gracias a este descubrimiento y a la presión de colectivos feministas por la salud de las mujeres como el de Boston, se pusieron en marcha diversos estudios que incluyeron a mujeres y comenzaron a estudiarse las diferencias sexuales en diferentes disciplinas médicas. Una vez visibles los resultados se ha podido constatar que existen diferencias entre sexos en la manifestación de enfermedades cardiacas, respiratorias, endocrinas, autoinmunes y mentales. Estas diferencias se atribuyen a la propia biología diferencial pero también al contexto social, es decir, las normas y los estereotipos de género (feminidad/masculinidad).

A pesar de las nuevas evidencias que están apareciendo sobre la forma de enfermar entre hombres y mujeres, se ha hecho muy poco para incorporar la ciencia de la diferencia en la práctica clínica diaria y en las guías de atención a las y los pacientes. Sabiendo todo lo anterior, es fácilmente deducible que la formación que se ofrece en las universidades además de estar enmarcadas en un sistema médico-científico patriarcal y androcentrista, aún no contempla la perspectiva feminista que ha demostrado mejoras sociales, económicas y en salud. La transmisión a los y las estudiantes de conocimientos sesgados, sexistas y desactualizados favorecerá la creación de profesionales sanitarios que nutren y perpetúan el modelo androcéntrico de investigación y que sean incapaces de reconocer el binomio sexo-género como determinante de salud. A través del curriculum nulo, aquellos temas que no se enseñan o ni siquiera se mencionan, se invisibilizan cuestiones tan importantes como la violencia contra las mujeres y niñas, su relación con la salud y cómo prevenirla, detectar y acompañar a las victimas desde el ámbito sanitario. Otro ejemplo de currículum nulo es la inexistente representación anatómica del cuerpo completo de las mujeres en las clases o en los libros de anatomía.

Por otro lado, el curriculum oculto, definido como las lecciones, valores, perspectivas e ideología no intencionadas que aprenden los estudiantes, de las universidades de medicina se sustenta en tres ejes esenciales: androcentrismo (el hombre blanco como única referencia), esencialismo biológico (atribuir cualquier malestar al hecho biológico diferencial, por ejemplo, decirle a una paciente que su malestar emocional es debido a la menstruación) y la naturalización de la desigualdad, responsabilizando a las mujeres de sus malestares y transmitiendo la idea de que no podemos hacer nada por ellas. Los comentarios despectivos y las opiniones subjetivas vertidas sobre las pacientes tras las consultas son ejemplos de curriculum oculto con una influencia poderosísima en los y las estudiantes. Otro ejemplo de currículum oculto es el constante cuestionamiento de las mujeres estudiantes de medicina y las agresiones sexistas que recibimos por parte del profesorado, alumnado, tutores clínicos y pacientes hombres.

Esta es la forma que tiene el patriarcado de recordarnos que somos intrusas y no merecemos ejercer como profesionales de la salud. Aunque el panorama es sombrío, no podemos olvidar que el 70% de estudiantes de las distintas ramas de ciencias de la salud del sistema universitario español son mujeres. Es cuestión de tiempo que se produzca el cambio de paradigma. Quizá ahora cobre más sentido que nunca la frase: ‘Si no puedes con tu enemigo, únete a él.’

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