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La historia interminable de la cancelación

La historia interminable hablaba de la nada como concepto. De un día para otro, había una «nada» del tamaño de un huevo de gallina. Esa nada se hacía cada vez más grande y estaba a punto de acabar con Fantasía. En el mundo real tenemos una «nada» igual de siniestra, y es la cultura de la cancelación que silencia a las feministas de manera pública y ejemplarizante por decir cosas tan locas como que somos hembras humanas adultas y hemos venido a hablar de nuestro libro. 

¿Sabes qué es lo más curioso de todo? Que nuestro libro ni siquiera va de eso. Tenemos otros espacios para hablar, opinar y debatir sobre la identidad como sentimiento, los bloqueadores de pubertad y ese «¿qué es una mujer?» que trae a Irene Montero de cabeza desde que comprobó que no cabe en su propia definición. En esos espacios, como Isis, Lina y Sahida, hablamos, opinamos y debatimos sobre lo que queramos, como cada una prepara lo que quiera de comer o tiene su casa como le venga en gana. Ahora bien, en nuestro espacio común, que es nuestro libro, somos Niña vieja y hablamos en primera persona sobre abuso sexual infantil. Para nuestra sorpresa, la «nada» canceladora ha llegado hasta aquí. 

Lo de caer mejor o peor es lo de menos. Nada en nuestro libro cae bien. ¡Por favor! En la primera página ya te encuentras a Trump contando que ser rico es genial porque cuando tienes dinero, puedes agarrar a las mujeres por el coño. Hablamos de sentencias judiciales infames, de mensajes pro violación en los macrobotellones universitarios, de la Biblia y de nosotras, tres mujeres absolutamente traumatizadas por todas las veces que nos violaron de niñas. No tenemos que caerte bien: tienes que dejarnos hablar. Ni siquiera por nosotras y nuestros egos de poetas, sino porque eso que contamos en nuestro libro es la realidad de una de cada cinco personas en el mundo y es nuestra manera de decirles que no están solas. Esa es la causa en la que nos unimos como activismo y esa es la causa que queremos defender en paz, porque las cifras de consumo de pornografía y violaciones en manada no paran de crecer mientras nos miran con lupa las cuentas de Instagram a ver qué opinamos de la soldado Francisco Javier. Quizá hemos pecado de ingenuas al pensar que hablamos de una de las poquísimas cosas en las que debería haber un consenso universal, a prueba de balas y de sectarismos. 

¿Incómodo? Sí, es un tema incómodo, pero no por ello menos importante. Todas las sociedades están acostumbradas a mirar hacia otro lado y, como mucho, admitir unos pocos casos aislados que no den la impresión de ser un problema estructural. Cuando ya está ahí, en titulares (siempre sangrientos) imposibles de ignorar, se trata como si fuera una bomba a desactivar en una película de acción y nadie sabe qué cable cortar. Una vez pasado el peligro, el héroe de turno devuelve la conexión a los estudios centrales, donde hay un reportaje precioso sobre el pan de masa madre para hacerte bajar el mal trago de lo que nunca debió salir de debajo de la alfombra. Y es aquí donde entra la hostilidad horizontal: incluso estando de acuerdo con nosotras en que hay que sacudir esa alfombra, nos tratan peor que a quien no quiere sacudirla porque en otros terrenos tenemos opiniones diferentes. 

Puedes decir que no ha pasado nada grave. Un par de microcancelaciones que han quedado hasta tibias y elegantes. El tema es que se empieza a cancelar desde ahí, desde la «nada» más absoluta. Desde un poemario de tres desconocidas en una editorial pequeña. No somos más que una cabeza fácil de cortar que envía un mensaje contundente a quien

se atreva a cuestionar los roles de género. Una patata podrida terf con la que no interesa juntarse, no vaya a ser que el día de mañana te cancelen a ti también por haberte atrevido a cedernos un espacio, invitarnos a tu podcast o presentar nuestro libro. 

Sigue alimentando la idea de que el abuso sexual es una lucha de segunda. Nosotras, a lo nuestro.

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