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Proletarias del mundo, ¡a la amistad!

“Hice limpieza de armario y separé unas camisas que seguro te queda”, dice el mensaje de mi amiga. “Me las llevo cuando pase a dejarte los libros que me encargaste”, respondo. “¿Este viernes? Mejor otro día, me voy a quedar con los niños de Sara mientras va a una entrevista ¿la recuerdas? me acompañó a mi endoscopia”. “Sí, claro que la recuerdo, te pasó el dato de aquella contable amiga suya que al final no quiso cobrarme la consulta. Sabes qué te digo, vamos a quedar para que se conozcan. Por cierto, si hace tiempo que no hablas con Loli, llámala, que sigue con su tema y le sentará bien charlar”.

Si algo de esto resuena en ti, felicidades, eres una revolucionaria. Y es que en los tiempos que corren, cultivar la amistad es un acto antisistema. Fíjate, con lo difícil que nos lo ponen en un mundo en el que hemos dejado de ser dueñas de nuestro tiempo y donde cualquier proyecto que desestime la individualidad es prácticamente una hazaña.

Si estás en una semana en la que te has presentado a examen sin terminar de repasar el temario, y has cumplido con el propósito de ir al gimnasio, has mirado junto a tu pareja un capítulo de la serie cada noche —porque es lo único que consiguen hacer sin discutir últimamente—, te has ocupado de averiguar lo de la alarma para la casa de tus padres, has ido al supermercado y llevado al niño al dentista, recordaste que te tocaba comprar el regalo y lo compraste… y aun así, sacas tiempo y ganas de no sabes dónde y le mandas un mensaje a tu amiga sólo para preguntarle cómo está, sabiendo que te va a mandar un montón de audios larguísimos —porque su jefe es un capullo que la tiene frita y porque está preocupada por un lunar que sigue sin hacerse mirar—, y los respondes, al borde del colapso por agotamiento, respondes cada uno de sus audios larguísimos, es porque no puedes dejar de sentir que ella es la hermana que hubieras querido tener desde que naciste y que la vida te la dio en compensación por un par de familiares que mejor te hubieras ahorrado.

La amistad es un vínculo tan necesario para la salud emocional y el bienestar general como particular, y por eso mismo diverso, en su dinámica; un tipo de relación no sujeta a más regla que las ganas, un amor inclusivo, el poliamor que sí funciona para todo el mundo, porque cultivar nuevas amistades no te hace querer menos a las que ya tenías. De hecho, resulta maravilloso cuando le presentas una amiga a otra amiga y entre ellas se entienden y acaban siendo amigas y ampliando sus círculos y multiplicando las posibilidades de más amistades aún. Se genera una promiscuidad bendita entre amigas que eran de una y de otra para ser de todas. En una relación de amistad sana y sincera sería antinatural plantear la monogamia.

Una amiga quiere a tus hijos como si fueran sus sobrinos, te acompaña cuando necesitas cuidado físico o emocional, recuerda tu talla o la medicación que tomas, te manda fotos desde la playa —porque estará de vacaciones con su churri pero se acuerda de ti cuando escucha esa canción—, te ofrece ayuda con gestiones cuando estás corta de tiempo y, en definitiva, hace un poco mejor tu vida, sin que se interponga interés económico ni obligación legal. 

La amistad es de las pocas relaciones que no está mediada institucional o jurídicamente, ni conlleva obligaciones de ninguna índole más allá de unos mínimos de lealtad y cariño que te salen sin esfuerzo y sin pensarlo. No hay que hacer una declaración jurada, ni concurrir con dos testigos y un recibo de la luz, ni exige un proceso de convalidación, ni llenar con letra imprenta un formulario, ni siquiera validar un captcha en internet. Eres amiga de tu amiga porque te da la gana, que es más elegante que decir que te sale de un sitio específico de tu anatomía corporal.

Las amigas se prestan ayuda porque sí, porque les apetece ayudarse, y eso va contra el tipo de relaciones que alienta el capitalismo, porque no hay intercambio financiero en ellas, ni obligación contractual, ni se mantienen con el fin de reproducción del sistema. 

Llamo amistad al trato afectivo basado en la reciprocidad, que implica deseo mutuo y goce genuino, superador del amor romántico —instrumento por excelencia para la producción de mano de obra y consumidores bien avenidos a las reglas del régimen— por sus posibilidades y dinámicas heterogéneas, donde no es necesario atender al consentimiento, ni se establece por compromiso o coacción, justamente por su naturaleza contraria a la asimetría de poder. No se me ocurre nada más antisistema que una buena amistad.

La noción de cultivar que tenemos asociada a iniciar, retener y hacer prosperar una amistad, y que tomamos prestada de la agricultura, está asociada a un trabajo, una serie de tareas que la cultora debe llevar a cabo para conseguir un fin, pero que en el caso de la amistad se alcanza durante el proceso. Una es amiga mientras cultiva la amistad y es en esa acción continuada donde encontramos el goce de ser y tener amigas. La satisfacción de la amistad no se halla al final del camino, es el camino mismo.

Toda amistad que se precie tiene la obligación de ser una relación sospechosa para el poder, cualquier poder, el que sea que cuestione el deleite altruista, el que se niegue a creer que un favor no implica necesariamente intercambio o ganancia material, política o carnal, el que predique que algo demasiado bueno no puede ser real.

Teniendo en cuenta que una amistad suele tener probabilidades mayores de duración que una pareja romántica, debería extrañarnos que las entidades bancarias no tengan previsto conceder créditos hipotecarios a parejas o grupos de amigas, por poner un ejemplo, o que nosotras mismas elijamos convivir, endeudarnos, comprar bienes o compartir crianza con personas que hace dos años eran perfectas desconocidas, en lugar de hacerlo con amigas de toda la vida, personas a las que les conocemos los defectos y les confiamos nuestros secretos. 

No acabo de entender por qué se deduce que la amistad es un tipo de relación que sólo florece en la juventud, que es inherente a un determinado periodo de la vida, una especie de práctica emocional que nos prepara para las relaciones serias, de pareja, las que sí serán estables y se supone que durarán toda la vida. Por eso nos parece normal que al conseguir pareja —porque una pareja, chica, tienes que conseguirla— se descuiden las amistades que tan felices nos hicieron antes de “sentar cabeza”, y ese es un grave error. No hay incompatibilidad de ambos tipos de relaciones, son perfecta y deseablemente conciliables. Tu amiga puede entender que ya no estés tan disponible, como si tienes un trabajo demandante o lo que sea que requiera tu atención. Quienes dejan de cuidar a sus amigas cuando se emparejan tienen todo que perder, independientemente de cómo marche la relación romántica. Las amigas siempre son el lugar seguro y no hay edad mejor que otra para practicar y disfrutar la amistad.

Cuando pedimos o damos consejo, asesoramiento profesional gratuito, prestamos dinero sin intereses u otorgamos aval apostando el poco patrimonio que tenemos —que en ocasiones no pasa de la nómina de un trabajo que cada vez es más difícil conservar— ¿no es ir, al menos modestamente, contra el sistema? El mero hecho de dedicar cierto tiempo a escuchar a una amiga ya lo es, porque se invierten muchos recursos en captar y retener nuestra atención como para que luego tú pases de todo poniéndote al día con una amiga que hace tiempo no ves.

En serio, ¿qué otro tipo de relación o entidad es capaz de superar una amistad? Que el señor Mercado me explique dónde compro un puñado de abnegadas criaturas disponibles domingos y festivos a cualquier hora para sostener mi mano hasta que acabe de llorar o sujetarme el pelo mientras vomito.

Resulta impensable que un artículo del Código Civil y Comercial prevea un contrato para que alguien te preste su vestido más costoso y te evite comprar una prenda que sólo ibas a usar una vez, te abrace cuando ese muchacho tan majo te metió los cuernos, guarde los juguetes que sus hijos ya no usan pensando en el potencial bebé que te gustaría tener en un futuro, evite que caigas a endeudarte en una entidad financiera dejándote sus pocos ahorros, te dice llámame cuando llegues como si fueras una adolescente, te alcance sus gafas de ver de cerca porque tú siempre las olvidas, lidie con tus platos rotos como si hubieras sido capaz de hacerle caso cuando te lo advirtió, o no necesite verte a diario ni vivir en el mismo país para saber que algo te pasa… Y, sin embargo, están ahí, estamos ahí, porque queremos. Nada menos.

Por todo eso, compañeras, honremos nuestro compromiso revolucionario y ¡hagamos la amistad!

Picture of <span style="font-weight: 400">Noelia Poblete García</span>

Noelia Poblete García

5 comentarios

  1. Excelente reflexión sobre la amistad! Nada más explícito cómo éste artículo para definir el importante vínculo que hay entre relaciones de sentimientos puros,de entrega, confidencialidad y cariño incondicional como bien lo expresa aquí!! Sin ningún tipo de de interés,algo que realmente nace,surge para fortalecernos y darnos apoyo!
    Creo firmemente en seguir ampliando círculos de nuevas amistades cuidando y dedicando lo mejor también a las que ya tenemos!!
    Viva la Amistad!!
    Felicitaciones Noelia Poblete ✨

  2. Coincido en varios aspectos , entre ellos que error y horror ( como prefieras ) esto de «sentar cabeza» como etapa posterior a la amistad; como si una etapa sucediera a la otra!. Cómo si la amistad simbolizar el descontrol previo al supuesto eje o como escuché miles de veces: «Debes poner los pies sobre la tierra»! Cuando a menudo es la amistad la que luego de el desamor te rescata, siendo que había quedado olvidada. Rescatemos la amistad que no tiene edad ,cómo decía Noe!

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